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Armando Durán / Laberintos: El regreso de Juan Guaidó a Venezuela

 

El día, 4 de febrero, 28 años exactos después de la fallida intentona de Hugo Chávez por conquistar el poder a cañonazos. El lugar, el Capitolio de la capital de Estados Unidos, donde Donald Trump le rendía cuentas a la nación por tercera vez. Su audiencia, los 535 miembros del Senado y la Cámara de Representantes, profundamente divididos por el juicio político a que ha sido sometido Trump. Lugar, momento y ocasión más que propicios para colocar a Venezuela en un espacio particularmente especial.

Hasta esa noche se temía que Trump repitiera el desaire protagonizado en Madrid por el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, al negarse a recibir a Guaidó. Pero de pronto, cuando nadie se lo esperaba, estalló una nueva realidad política para Venezuela. Por la tarde, la Casa Blanca informó que Juan Guaidó asistiría al acto como invitado de honor, y ahora, a mitad de su discurso, Trump habló del compromiso de su gobierno y del pueblo estadounidense con la causa de la libertad en Cuba, Nicaragua y Venezuela, y sentenció que “Maduro es un tirano que oprime a su pueblo y pronto será derribado” y alzó la vista hacia donde se encontraba Guaidó para hacer un anuncio impactante:

  “Con nosotros está acá un hombre muy valiente que lleva consigo la esperanza, los sueños y las aspiraciones de todos los venezolanos, el verdadero y legítimo presidente de Venezuela, Juan Guaidó.”

La ovación fue atronadora. Todos los presentes saltaron de sus asientos y, de pie, durante un minuto emocionante, aplaudieron a Guaidó con un entusiasmo cuyos ecos aún deben resonar en las paredes del Palacio de Miraflores. Luego, cuando el estruendo se apagó, Trump añadió: “Señor Presidente, por favor, llévele este mensaje de vuelta a su pueblo: todo Estados Unidos está con ustedes en la lucha por la libertad.”

Hace apenas dos semanas, al salir clandestinamente de Venezuela por la frontera terrestre con Colombia, Guaidó atravesaba el peor momento de su difícil travesía como presidente interino de Venezuela. Tras este categórico espaldarazo del presidente Trump y del gobierno de Estados Unidos, puede regresar a Venezuela por la puerta grande, en olor de multitudes, su liderazgo y su poder de convocatoria repotenciados al máximo y con la certeza de que el régimen, en su desesperación, por mucho que quiera reprimir con saña su reaparición en el escenario venezolano, no podrá hacerlo. Una victoria de muchísima importancia.

Lo cierto es que este reconocimiento público de Trump y del Congreso de su país era el ingrediente que necesitaba Guaidó para darle una vigorosa vuelta de tuerca al complicado proceso político venezolano. Una circunstancia que hoy, miércoles 5 de febrero, mientras escribo estas líneas, adquiere una dimensión en verdad extraordinaria, pues después de haberse reunido por la mañana con el vicepresidente Mike Pence y su equipo, veo en la pantalla de mi televisor a Guaidó llegar a la Casa Blanca, donde es recibido por Trump con honores de Jefe de Estado. Respuesta contundente a la pretensión del régimen de silenciar a Guaidó y borrar la legítima Asamblea Nacional de Venezuela de la faz de la Tierra.

A partir de este momento, sin embargo, Maduro y compañía tendrán que pensar muy bien sus próximos pasos. ¿Profundizar las acciones emprendidas el pasado 5 de enero para neutralizar por la fuerza la existencia de la Presidencia interina de Guaidó, o tolerar esa Presidencia paralela aunque sus aliados rusos y cubanos exijan su liquidación? ¿Adoptar la actitud numantina de la revolución castrista de resistir hasta el último hombre sin tener en cuenta las consecuencias porque en definitiva resistir es vencer, o buscar una salida más o menos honorable que le permitan a él y a su gente minimizar las consecuencias de un final de la dictadura, cada minuto que pasa más inevitable?

No sabemos los verdaderos alcances de la reunión de Guaidó con Pompeo en Bogotá hace dos semanas, lo tratado con Pence hoy por la mañana ni lo que habló a las 3 de la tarde con Trump en el Salón Oval. De lo que si podemos estar seguros es que la plana mayor del gobierno de Estados Unidos no va a sostener estas reuniones para dialogar con un dirigente político de la oposición sobre temas intrascendentes. Para la primera potencia mundial de occidente, estas reuniones deben haber tenido un sentido muy concreto. Es decir, que el único tema que puede justificar tantas horas y tanto esfuerzo dedicados a estas reuniones es el análisis de la estrategia a seguir en los próximos días para enfrentar al régimen chavista y lograr en el menor plazo posible el cese de la usurpación y el inicio de la transición hacia la democracia.

Unos diálogos de tal hondura determinan que el regreso a Venezuela de Guaidó, con el sólido respaldo estadounidense, al que debemos añadir el de las democracias latinoamericanas, el de un sector importante de la Unión Europea y el de Canadá, le imprime ahora al movimiento que comanda Guaidó un carácter inexorable y coloca al régimen en una situación de extrema precariedad política, económica y financiera. Ni siquiera la revolución cubana, en sus años de mayor aislamiento, se sintió tan sola y abandonada. Hoy en día la orfandad de Maduro no tiene límites. Cuba, en un mundo dividido por la Guerra Fría, contaba con el socorro inconmovible de la URSS, del entonces llamado bloque socialista y de China, sostenes que le permitieron a sus dirigentes capear el temporal y frenar los embates de innumerables gobiernos estadounidenses. Nada de eso tiene a sus espaldas la Venezuela de Maduro. Ni siquiera le queda la teología marxista-leninista y la admiración de vastos sectores sociales en todo el mundo que despertó y conservó durante muchos años la revolución cubana.

En estas condiciones, y bajo la protección total del gobierno de Estados Unidos, Guaidó vuelve al ruedo político venezolano con una fortaleza internacional que ni remotamente ha tenido otro jefe político latinoamericano. Por supuesto, esto no basta para devolverle a su olvidada hoja de ruta del cese de la usurpación un nuevo y decisivo impulso, mucho menos para hacer factible un pronto final de la dictadura, pero sí es un fundamento suficientemente concreto para sustentar el trabajo que hagan los venezolanos para llevar a buen término la agenda de la transición aprobada hace un año por la Asamblea Nacional con fuerza de ley.

El resultado final de esta opción dependerá de otros factores.

Uno, que Guaidó tenga la audacia y la determinación para trazar una nueva y acertada estrategia de lucha. Para ello cuenta con el respaldo absoluto de la comunidad internacional y con el compromiso real de Trump y su gobierno, una coalición inaudita que pone en sus manos un poder que nunca ha tenido otro líder político latinoamericano. Si sabe manejarlo como es debido, tendrá el éxito asegurado.

Dos, que Guaidó tenga la necesaria fuerza de voluntad para implementar sin vacilaciones esa estrategia, cuyo primer paso debe ser aprovechar el formidable espaldarazo de Trump para unificar en torno suyo a todas las fuerzas políticas venezolanas, al margen de mezquinos intereses partidistas, sin convocar a los venezolanos a unirse como artimaña con fines exclusivamente electorales y de cohabitación con el régimen, sino con el propósito real de generar una unidad muy diferente, cuyo único objetivo sea sacar del poder político a Maduro, a su gobierno y al régimen.

Desde esta perspectiva puede afirmarse que Guaidó ya dio el primer paso en esta dirección al pedir perdón en Madrid y en Miami, aunque no mencionó los pecados cometidos. Quizá ha llegado la hora de hacerlo y de dirigirse los venezolanos de a pie, sin remilgos paralizantes y sin recurrir a la retórica de las frases hechas y los lugares comunes, con argumentos convincentes y teniendo muy presente que todo arrepentimiento, para ser creíble, supone, por una parte, hacer penitencia. Por otra, asumir de verdad-verdad el compromiso de enmendarse.

Si lo hace, todo, absolutamente todo, se le hará posible.

 

 

 

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