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Armando Durán / Laberintos: La Venezuela del día de mañana

 

La actual pesadilla venezolana arrancó hace 37 años, el viernes 18 de febrero de 1983, cuando el gobierno de Luis Herrera Campíns devaluó el bolívar por primera vez en un cuarto de siglo. Meses antes, para frenar la tendencia inflacionaria que ya causaba sus primeros estragos en una Venezuela inundada de petrodólares hasta las orejas, sus ministros de economía y finanzas decidieron mantener los intereses de la banca muy por debajo de los elevados niveles internacionales de entonces y propiciar por esa vía disparatada una fuga masiva de capitales que a su vez redujera el tamaño de la masa monetaria en circulación. El remedio, por supuesto, resultó peor que la enfermedad, aunque casi nadie quiso percatarse de que con aquella devaluación también desaparecía del horizonte nacional el espejismo de la multiplicación de los panes y la suicida creencia de que el petróleo era inagotable y bastaba para financiar el sueño de todos.

 

En esa remota Venezuela de exuberancia tropical y fantasías desmesuradas, la gente sencillamente optaba por no ver que mientras el tamaño de sus ilusiones crecía a diario, una verdad inexorable se abría paso a través de la hojarasca: a medida de que en términos reales la renta petrolera era cada día menor, la población del país, dependiente casi exclusivamente de ella, se había duplicado. El saldo de esta discrepancia aritmética fue la gradual aparición de desajustes macroeconómicos, la progresiva debilidad económica y financiera del país, el creciente empobrecimiento de sus ciudadanos y, por supuesto, años de crisis política que culminaron con la desintegración de los partidos políticos que desde 1958 sostenían el sistema democrático. ¿La consecuencia? El cataclismo electoral de 1998, cuando Hugo Chávez conquistó por la vía democrática del voto popular el poder que no pudo tomar por asalto el 4 de febrero de 1992.

 

Los entonces gobernantes de Venezuela, Hugo Chávez, y de Cuba, Fidel Castro, hoy fallecidos. (Twitter)

 

Venezuela ha vivido aquellos años de confusión como suspendida en el espacio por un hilo siempre a punto de romperse, pero seguía sin querer percibir el abismo que separaba los deseos de la cruda realidad. De ahí que a pesar de tener evidentes razones para no hacerlo, en esa crucial encrucijada de 1998, más de 60 por ciento de los electores que sufragaron votaron por Chávez. El sombrío deterioro de la situación, el fracaso manifiesto de una clase política consumida por el oportunismo y la corrupción, sumado al ansia colectiva de encontrar dónde y cómo fuera a un redentor que le permitiera a Venezuela volver a ser lo que ya no era, le abrió entonces a Chávez, de par en par, las puertas del Palacio de Miraflores. El amargo despertar de ese mal sueño se produjo en el último trimestre del año 2000, cuando los venezolanos al fin comprendieron lo que en verdad el ex teniente coronel golpista se proponía hacer. Huérfanos de conducción política, media Venezuela depositó entonces su confianza en las fuerzas combinadas del sector militar, la Iglesia, los sindicatos obreros y los gremios empresariales, las únicas instituciones que aún conservaban en la imaginación colectiva del país algo de credibilidad. El 11 de abril de 2001 ese movimiento logró destronar a Chávez, pero por muy pocas horas: apenas tres días más tarde, sin necesidad de disparar un solo cañonazo, Chávez volvió a ocupar el despacho presidencial.

 

Lo cierto es que los venezolanos habían vuelto a caer en la trampa de confundir sus deseos con la realidad; la realidad se ocupó de demostrar que ni los generales rebeldes ni los responsables civiles del derrocamiento de Chávez sabían qué hacer con lo que se traían entre manos. Chávez, en cambio, comprendió que a pesar de su extrema debilidad no todo estaba perdido y asumió su restauración en el poder con una mezcla sorprendente de falsa humildad y gran astucia táctica. Con crucifijo de buen cristiano arrepentido de sus pecados en la mano le pidió público perdón a quienes se sintieran agraviados por sus acciones, juró modificar a fondo el rumbo de sus pasos y convocó a los dirigentes políticos de los moribundos partidos de oposición a sentarse a dialogar con el gobierno sobre el futuro de la nación, porque “o nos entendemos o nos matamos.”

 

Mentira podrida, por supuesto, pero los venezolanos, ansiosos de ver la luz, cualquier luz, al final del túnel, de nuevo decidieron creer en lo que no era. Y la dirigencia de los viejos partidos, conscientes de que estaban a un paso de desaparecer para siempre aceptaron de muy buen grado este caramelito envenenado de entenderse con el régimen, porque gracias a ello tenían la oportunidad de rescatar algo, sin duda muy poco, de protagonismo político. Y ahí siguen, 20 años después, aferrados con las uñas a ese clavo ardiente del colaboracionismo y la cohabitación. Por su parte, Chávez no tardó en apreciar lo que significaba esa interesada disposición de la minusválida dirigencia política de oposición y se mostró más que generoso con esos falsos profetas de la acera de enfrente, cuya sabiduría de burdel les hacía tener muy en cuenta que a caballo regalado no se le miran los colmillos.

 

El proyecto chavista contó por esos días con otros dos factores decisivos. Por una parte, el incremento súbito y vertiginoso de los precios del petróleo, que hizo llover sobre Venezuela una danza de los millones, circunstancia que Chávez aprovechó para armar y financiar un formidable universo clientelar, dentro y fuera de Venezuela. Por otra parte, la sociedad civil, paralizada por el horror de la sangre derramada el 11 de abril, también llegó a la conclusión de que mejor que nada era volver al terreno del juego político, por insignificantes que fueran sus posibles resultados, porque al fin y al cabo, vivir en paz y entenderse con el adversario, como proponía Chávez y repetían los dirigentes políticos de la oposición, era mejor que dejarse matar en vano.

 

El resto de este cuento es historia harta conocida.

  1. Quienes habían prometido luchar sin cuartel contra la corrupción y en favor de un socialismo a la cubana como vía para ponerle fin a las diferencias sociales que acorralaban en la miseria presente y por venir a buena parte de la población, demostraron ser más corruptos y más salvajes que los neoliberales que decían combatir, cruel estafa ética que convirtió el espejismo de la revolución liberadora de las cuatro raíces de la propaganda oficial, en una dictadura cada día más dura y letal, cuyo único objetivo era conservar el poder político para continuar enriqueciendo a sus jefes desenfrenadamente.
  2. Por otra parte, la dirigencia de aquellas fuerzas políticas de oposición no partidista, o sea, de la sociedad civil y del estamento militar que en abril de 2001 consiguieron derrocar y meter preso a Chávez, con algunas admirables excepciones, se han venido disolviendo desde entonces en una nada insubstancial, construida sobre la reiterada ficción de cartas anuales a los reyes magos, declaraciones de buenas intenciones y frases hechas, mientras la vieja y degradada clase política continuaba jactándose de ser los representantes del pueblo, como si a pesar de todos los pesares fueran lo que ciertamente no son.
  3. A lo largo de estos 20 años, los venezolanos de a pie, los que hoy padecen los males que propagan estos despiadados jinetes del apocalipsis venezolano, tras la gran traición de sus presuntos dirigentes en julio de 2017, cuando con tal de participar en elecciones regionales y municipales convocadas fuera de la ley por un ilegítimo poder legislativo paralelo al electo democráticamente en diciembre de 2015 desmovilizaron las manifestaciones de protesta que desde hacía cuatro meses acorralaban a Maduro y su gente, salvando in extremis la vida al régimen, despertaron al fin del sueño y dejaron de escuchar los cantos de sirena del gobierno y la oposición.

 

Esta larga y decepcionante singladura de mentiras y obscenidades de parte y parte les arrebató a los venezolanos sus últimas esperanzas y ese mismo verano de 2017 se inició la peor experiencia migratoria de la historia latinoamericana. Desde entonces, casi 5 millones de ciudadanos, la mayoría a pie, acosados por la crisis y la desesperación, se embarcaron en un éxodo sin destino conocido, alimentado por la sinrazón de que por mal que se les presentase el día de mañana lejos de esta Venezuela arrasada por el chavismo, esos eventuales sufrimientos resultarán menores de los que dejaban atrás.

 

En el marco de este hondo vacío político y existencial, el 5 de enero de 2019, un joven y desconocido diputado, de nombre Juan Guaidó, con un discurso pronunciado al asumir la Presidencia de la Asamblea Nacional, le dio un vuelco imprevisto a la situación. El cese de la usurpación, el fin de la dictadura y la pronta transición de regreso a la democracia y al Estado de Derecho pasó a ser ese mediodía la nueva santísima Trinidad de los venezolanos. En un instante asombroso resurgieron todas las ilusiones de cambio acumuladas en la memoria del país y los venezolanos de nuevo pensaron que el futuro que soñaban sí era real. Y que si bien eso no equivalía volver a soñar con el espejismo del paraíso perdido y ahora recuperado por la acción milagrosa de Guaidó, al menos representaba una vuelta a la esperanza de superar a corto plazo las múltiples miserias del momento.

 

Lamentablemente, esa esperanza no duró mucho. En pocos meses, porque después de tantas frustraciones y malas experiencias el país ya no tenía paciencia para seguir aguardando nada indefinidamente, el fenómeno Guaidó comenzó a desfigurarse en los fiascos de Cúcuta, del llamado a la sublevación cívico-militar del 30 de abril, de las mismas infructuosas negociaciones de siempre que ahora se repetían en Oslo y Barbados. La desesperanza se adueñó de nuevo del alma nacional y sobre Venezuela volvió a extenderse una noche oscura.

 

La reciente gira internacional de Guaidó le dio un repentino impulso a su averiado liderazgo, pero bajo condiciones. ¿En verdad la autocrítica que insinuó Guaido en Madrid primero y después en Miami, presuponía un auténtico propósito de enmienda, o era más de lo mismo? En otras palabras, ¿será esa aburrida sucesión de tropezones iguales o parecidos lo que nos depara la Venezuela del día de mañana, o de veras estamos a punto de ser testigos de una reveladora resurrección del proyecto con que un día Guaidó conmovió al país y a la comunidad internacional?

 

Esa es la gran pregunta que se hacen los venezolanos en vísperas de la gran de la gran marcha que ha convocado Guaidó para el próximo 10 de marzo con la finalidad de recuperar para la democracia el Palacio Federal Legislativo, espacio físico pero de inmenso valor simbólico por ser la sede de la democrática Asamblea Nacional, ocupados militarmente por el régimen al cumplirse este 5 de enero un año exacto del discurso de Guaidó anunciando la hoja de ruta del cese de la usurpación y la dictadura. ¿Comenzará a perfilarse ese día una renovada Venezuela o lo que vendrá será una profundización irremediable de la catástrofe actual?

 

 

 

 

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