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Armando Durán / Laberintos: Venezuela, el ruido y la furia

 

Nadie lo pone en duda. Por una parte, el país, incluso parte del chavismo, rechaza, con la furia de tanto desamparo, y con el ruido cada día más atronador de la impaciencia sin consuelo, la idea de que Nicolás Maduro permanezca en el Palacio de Miraflores, sede oficial del gobierno venezolano. Por otra parte, Juan Guaidó, en apenas 6 semanas, como autor imprevisto de esta auténtica renovación de los sueños ciudadanos, ha dejado de ser un simple y más bien desconocido diputado a la Asamblea Nacional para convertirse en el líder aglutinador de las dispersas fuerzas de la oposición y en el hombre capaz de poner al fin en marcha a una sociedad civil que parecía resignada a adaptarse a la situación más desoladora de la historia republicana de Venezuela, o decidida a escapar como sea a cualquier lugar del planeta en busca desesperada de una vida no tan contaminada por el miedo y el hambre.

El imprevisto impacto generado por la súbita aparición de Guaidó en este inestable escenario de crisis política y económica que en los últimos años ha pasado a ser una insostenible crisis humanitaria, le ha devuelto a los ciudadanos, en un cerrar y abrir los ojos, la esperanza de que sí, ahora sí es posible recuperar la democracia, la racionalidad económica y la convivencia ciudadana. Una esperanza que surgió con fuerza inusitada a partir del 23 de enero, cuando ante decenas de miles de hombres y mujeres entusiasmados por su mensaje de cambio político profundo, y resueltos a poner en sus manos el destino del país, Guaidó asumió la responsabilidad de recurrir, en su condición de presidente de la Asamblea Nacional, al artículo 233 de la Constitución nacional para encargarse de una Presidencia de la República políticamente vacante porque la elección presidencial del 20 mayo, sin presencia de la oposición y en condiciones que nada tienen que ver con mecanismos mínimamente democráticos, le impuso a los venezolanos la fraudulenta reelección de Nicolás Maduro para un segundo período presidencial.

Desde ese día, los gobiernos democráticos de los cinco continentes, con algunas raras excepciones, Italia, por ejemplo, se unió al pueblo venezolano para desconocer el resultado de aquella parodia electoral y reconocer en cambio a Guaidó como legítimo presidente encargado del Ejecutivo Nacional, con la misión precisa de conformar un amplio gobierno de transición que le devuelva su legalidad y equilibrio a las instituciones y poderes del Estado, paso imprescindible para convocar, en el menor plazo posible, la celebración de elecciones generales libres y transparentes.

A partir de este punto del proceso político venezolano, las cartas del régimen y de la inmensa mayoría de los ciudadanos están sobre la mesa. Punto indiscutible de inflexión, que para hacerse realidad primero debe superar un gran obstáculo. En sus primeros días como presidente de la Asamblea, Guaidó le había advertido al país y al mundo que estaba resuelto a aceptar el reto decisivo de ocupar la Presidencia vacante, pero siempre y cuando contara con el respaldo de la población, de la comunidad internacional y de las fuerzas armadas. Al juramentarse como presidente interino de Venezuela, el pueblo venezolano le había demostrado en las calles su apoyo, y numerosos gobiernos democráticos del mundo habían anunciado que lo reconocerían tan pronto como jurara su cargo. En cambio, el Alto Mando Militar, que durante casi dos días guardó un silencio inquietante, al fin declaró ese fin de semana que reconocía la legitimidad de Maduro y, en consecuencia, sus componentes rechazaban la decisión de Guaidó y de la Asamblea Nacional.

Este respaldo militar, y el muy expreso apoyo de los gobiernos de Rusia y Cuba, más la más extrema y muy controversial “prudencia” diplomática del nuevo gobierno mexicano, de los gobiernos socialistas de Bolivia y Uruguay y de la paradójica “neutralidad positiva” de un Vaticano que con ese inexplicable argumento ha justificado su cómodo distanciamiento de la crisis venezolana desde el año 2016, le ha permitido a Maduro ignorar lo que a todas luces parece ser una realidad irreversible. En gran medida, además, bajo la presión implacable del régimen cubano, que a todas horas debe recordarle que en sus 61 años de existencia ha tenido suficiente voluntad suicida para resistir todos los embates y peligros imaginables, incluso la destrucción total de la isla y su gente en el holocausto nuclear que estuvo a punto de producirse cuando la crisis de los cohetes en octubre de 1962. En todo caso, los jefes cubanos, que a lo largo de años y más años han podido lo más, no creo que vayan ahora a permitir que el régimen chavista, de cuya exclusiva generosidad depende el porvenir inmediato de la dictadura cubana, en tiempos que ya no son los de Obama sino los de Trump, se rinda ante un desafío tan insignificante para ellos como el que le presenta Guaidó a Maduro desde hace apenas 6 semanas.

Esta es la muy dura y compleja realidad política de Venezuela en este punto de inflexión crucial de su historia. Un presidente “usurpador”, que solo cuenta por ahora con el respaldo de unas fuerzas armadas purgadas hasta la saciedad desde el sobresalto del 11 de abril de 2002 y bajo estrecha vigilancia cubana, y un presidente “encargado”, que también por ahora cuenta con el respaldo inequívoco de casi 90 por ciento de la población y de los principales gobiernos de América y la Unión Europea, más Japón y Australia, ambos cohabitando en un mismo y reducido espacio de elevada tensión, la ciudad de Caracas, creando de ese modo un conflicto institucional y una grave ausencia de gobernanza, que sólo se superarán el día que este extraordinariamente inestable equilibrio se rompa en una u otra dirección.

Mientras Guaidó y la dirigencia política de una oposición unida en torno suyo continúen pedaleando la bicicleta de su hoja de ruta, el gran proyecto de restaurar la democracia en Venezuela seguirá avanzando, a mayor o menor velocidad según las cambiantes circunstancias del momento. Por otra parte, mientras Maduro, cada día más aislado política, financiera y comercialmente, sienta sobre sus hombros la presión implacable de los jerarcas militares cubanos y si las fuerzas armadas continúan resistiendo la tentación de intervenir y facilitar una negociación cuya única finalidad sea el cese de Maduro y compañía y el inicio de un período de transición hacia el restablecimiento del hilo constitucional, o si Guaidó termina por desfallecer y deja de pedalear, el régimen habrá ganado la partida y los venezolanos tendrán que aceptar el hecho de que Maduro, infinitamente más rabioso que nunca, le imponga a los venezolanos, durante largos e insoportables años, las coordenadas de la más absoluta naturaleza totalitaria.

La otra opción sería que Maduro y Guaidó se mantengan indefinidamente firmes en sus posiciones, en cuyo caso, en lugar de la deseada transición, nada podrá impedir que en Venezuela se produzca una ruptura política violenta, y una más que posible intervención de fuerzas militares extranjeras. El detonante de esta explosión sería el ingreso a Venezuela de la asistencia humanitaria, fulminante que ya está encendido, y sólo quedaría por ver lo que acuerden Guaidó y los representantes de la comunidad internacional en reunión anunciada por él el domingo, a realizarse el próximo jueves en Washington. Si la caravana de camiones llenos de alimentos y medicinas que han comenzado a llegar a la frontera colombo-venezolana finalmente recibe la orden de ingresar a territorio venezolano sin que haya un acuerdo previo entre Guaidó y Maduro, los actores del drama venezolana tendrán que afrontar en ese momento las consecuencias de una confrontación ineludible y definitiva: O las fuerzas armadas le niegan a Maduro autoridad para ordenar que al precio que sea se impida la entrada de esos camiones, o la impiden por la fuerza.

¿Qué ocurriría entonces? Es evidente que en el primer caso la debilidad de Maduro haría insostenible su permanencia en el poder, y las fuerzas armadas, árbitros de este final no violento, pasarían a ocupar la posición de fiel de la balanza. En caso contrario, sin embargo, o Guaidó y la comunidad internacional, con los gobiernos de Estados Unidos, Brasil y Colombia a la cabeza, reaccionan con fuerza y se enfrentan a los militares venezolanos leales a Maduro, lo cual significaría el inicio de una auténtica guerra civil, o se rinden ante la imposibilidad de marchar hacia Caracas en paz y se limitan a denunciar la violencia oficial con la esperanza de que esa situación precipite una condena universal que obligue finalmente a las fuerzas armadas venezolanas a darle la espalda a Maduro.

En cualquier caso, la actual crisis venezolana se aproxima a su desenlace. Si su existencia se prolonga en el tiempo, la oposición se desinflaría, como ha ocurrido en otras situaciones. Si no, el desenlace de la crisis dependerá de la posición que adopten las fuerzas armadas venezolanas ante una situación que cada día que pasa se hace más descabellada y absurda. Es decir, ante la prolongación de la realidad presente, o las fuerzas armadas se unen a la tesis de la transición como única solución deseable del conflicto,  o se oponen a ella y precipitan una ruptura definitiva entre los hombres de uniforme y la sociedad civil, aupada y resguardada por efectivos militares extranjeros. Mientras esperamos que llegue ese quiebre final de todos los equilibrios, me vienen a la memoria los versos terribles de Shakespeare en el quinto acto de Macbeth:

 

Mañana y mañana y mañana

Se desliza en este mezquino paso de día a día

El camino de la muerte polvorienta

Que la vida no es más que una muerte andante

Un cuento de ruido y furia

   ¿Es eso lo que en verdad nos depara el destino nada más doblar la esquina?

 

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Un comentario

  1. Falta el escenario que la tropa se niege a seguir las ordenes de los generales.¡¡ La tesis de GandI !! y que Maduro, sus generales y ministros busquen su papel toilett ellos mismos. Solo tienen poder porque la tropa todavía cumplen sus ordenes.

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