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Armando Durán / Laberintos: Venezuela – Los alcances de la transición

 

   “En Venezuela no hay vuelta atrás”, anunció con firmeza el presidente Donald Trump la tarde del lunes en la Universidad Internacional de la Florida ante centenares de venezolanos que habían acudido a la cita para escucharlo fijar la posición definitiva de su gobierno sobre la confrontación de este sábado, a todas luces final, entre la sociedad civil venezolana y Nicolás Maduro. Por esta sencilla y dramática razón, después de denunciar a Maduro y al régimen chavista de ser una tiranía al servicio de los intereses políticos y económicos del comunismo cubano, añadió que su deseo es que la inevitable transición de Venezuela hacia la democracia se logre pacíficamente, pero que su gobierno, comprometido a fondo con la lucha de los venezolanos por restaurar en su país el hilo constitucional y el estado de Derecho bajo la conducción de Juan Guaidó, “está abierto a todas las opciones.”

Esta categórica afirmación del presidente de Estados Unidos lo que en realidad quiere decir es que el pulso que desde el 5 de enero sostienen Guidó y Maduro se resolverá, por las buenas o por las malas, el sábado 23 de febrero, fecha señalada para que el acopio de alimentos y medicamentos que se vienen acumulando en la ciudad fronteriza de Cúcuta ingrese a Venezuela. Día, por supuesto, en el que los jefes militares venezolanos tendrán que decidir si obedecen la orden impartida por Maduro de impedir por los medios que sean lo que el régimen chavista califica de invasión imperialista, o la desobedecen. Y para que nadie ponga en duda el sentido exacto del dilema, Trump que esta decisión es en realidad entre “la generosa oferta de amnistía que les ha ofrecido Guaidó, o seguir apoyando a Maduro, pero si eligen este camino no tendrán salida fácil ni refugio. Lo perderán todo.”

Una experiencia fallida y la transición

Tras 20 años de intentar reproducir en Venezuela la fallida experiencia de la revolución cubana, cuyo único logro ha sido la destrucción sistemática de Venezuela como nación independiente y democrática, la confrontación del sábado aspira a ser el punto de partida de una nueva etapa de la historia venezolana. De ahí que la palabra que con mayor frecuencia se escucha estos días en Venezuela sea la palabra “transición”, término al que el diccionario de la Real Academia de la Lengua le da un significado bien sencillo: “la acción y el efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto.” En este caso, de la dictadura actual a la democracia por venir. Y ahí, precisamente en el marco de un objetivo nacional con el que 90 por ciento de los ciudadanos está totalmente de acuerdo, es que surgen las dudas. En primer lugar, sobre cómo se producirá esa transición, pacífica o violentamente, y cuáles serán las etapas de su desarrollo y cuáles efectos que se persiguen con este profundo cambio político.

Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional y desde el pasado 23 de enero encargado de la Presidencia de la República de acuerdo con el artículo 233 de la Constitución Nacional, ha señalado que el proceso que se inició con su juramentación del cargo consta de tres etapas perfectamente definidas: cese del gobierno de facto, instalación de un gobierno con la misión urgente de restablecer la legitimidad de todos los poderes del Estado y, finalmente, la celebración de elecciones libres y transparentes. Ni él ni nadie, sin embargo, se ha adentrado en explicar los detalles de esta hoja de ruta.

En estos detalles por esclarecer sobresalen, de manera muy especial, los alcances de la ley de Amnistía y el papel que representarán el día de mañana destacados dirigentes civiles y militares del chavismo, responsables de innumerables delitos políticos, incluyendo incontestables violaciones de los derechos civiles y políticos y civiles de sus adversarios, y del enriquecimiento ilícito, en magnitudes escandalosas, de funcionarios, pero que en los últimos años o meses han roto y denunciado a Maduro. Personajes que van, desde funcionarios culpables de haber diseñado y aplicado políticas económicas y sociales responsables del hambre y la muerte de millones de venezolanos, la ruina de la otrora riquísima y ejemplar industria petrolera y el asesinato y la tortura de muchos disidentes, hasta la administración de la justicia y de la actividad electoral con la intención de poner la justicia y el voto al servicio exclusivo del alto mando de la revolución del siglo XXI, como por ejemplo, romper el hilo constitucional y violentar, una y otra vez, las normas constitucionales y electorales, cuyo ejemplo más vergonzoso ha sido la parodia electoral del 20 de mayo pasado para garantizar de antemano, sin la presencia de un candidato opositor y de observadores internacionales, la fraudulenta reelección presidencial de Nicolás Maduro.

La segunda gran incógnita a despejar es si basta que algunos actores del drama político nacional acepten la necesidad de normalizar el funcionamiento institucional de Venezuela de acuerdo con la Constitución y las leyes para que la turbulenta y opresiva vida que se sufre en Venezuela se haga, a partir de algún punto del proceso, vida tranquila. Peor aún, porque para algunos sectores de la oposición y de la comunidad internacional, de buena fe o con muy torcidas intenciones, la única solución aceptable a la crisis venezolana generada por el proyecto político de Hugo Chávez, debe alcanzarse pacífica y electoralmente, sin necesidad de hacer cambio alguno previo alguno, tal como acordaron hace 16 años los representantes del gobierno y de la alianza opositora Coordinadora Democrática en la Mesa de Negociación y Acuerdo servida por el ex presidente estadounidense Jimmy Carter y el entonces secretario general de la OEA, el ex presidente colombiano César Gaviria para oxigenar el mandato de Hugo Chávez. La participación de esa oposición que había fracasado el año anterior en la tarea de obligar a Chávez a renunciar, ahora, ante ese fiasco, ya no aspiraba a cambiar nada en el ordenamiento político del país, sino simplemente a cohabitar con el régimen como oposición “oficial” reconocida, fue el factor que en gran medida facilitó el éxito de Chávez primero y de Maduro después para frustrar, una y otra vez, las expectativas de una población gradualmente acorralada en el callejón sin salida de una crisis económica y social transformada en crisis humanitaria terminal e insostenible.

Tras el fracaso del chavismo el 5-D-15

Fruto de esta penosa realidad fue la derrota aplastante sufrida por los candidatos chavistas en las elecciones parlamentarias del 5 de diciembre de 2015, y que los partidos agrupados en la alianza electoral opositora llamada Mesa de la Unidad Democrática, asumieron por primera vez en tiempos chavistas el control de la Asamblea Nacional, pero en lugar de ejercer ese poder, los tres presidentes “democráticos” de la Asamblea Nacional que se sucedieron en esas tres primeras legislaturas, Henry Ramos Allup, de Acción Democrática, Julio Borges, de Primero Justicia, y Omar Barboza, de Un Nuevo Tiempo, se negaron a ejecutar la oferta electoral de la MUD de cambiar de presidente, gobierno y régimen en el menor plazo posible, y en cambio hicieron todo lo contrario.

La aparición de Guaidó en el escenario político el pasado 6 de enero al ser designado presidente de la Asamblea Nacional significó, desde el primer instante, el compromiso de cumplir con el mandato constitucional de encargarse de la Presidencia de Venezuela, cargo que quedaría vacante desde el 10 de enero. Maduro y su Consejo Nacional Electoral habían impedido el desarrollo democrático de la elección presidencial del 20 de mayo, y deslegitimaban así la tramposa reelección presidencial de Maduro y su grotesca pretensión de iniciar ese 10 de enero un segundo período electoral, con lo cual se producía una flagrante e ilegal usurpación del poder presidencial de Venezuela.

Al fin la transición

No obstante, la situación interna de la Asamblea Nacional, dividida entre quienes insistían en el cambio y los que preferían hacer como si en Venezuela gobernara un régimen democrático, sin duda autoritario y heterodoxo, pero a fin de cuentas democrático, le impuso al indiscutible y legítimo liderazgo de Guaidó el lastre que representa depender constitucionalmente de una Asamblea Nacional, único poder legítimo en Venezuela pero contaminado gravemente de la vocación colaboracionista de muchos de sus miembros, que pusieron a su lado a dos vicepresidentes, Edgar Zambrano, que milita en Acción Democrática, y Stalin González, en Un Nuevo Tiempo, que representa a partidos que desde 2003 se han opuesto y hasta descalificado a quienes no entren por aro del entendimiento y la complicidad con el régimen. Como son los casos de Leopoldo López, máximo dirigente de Voluntad Popular, partido político en que milita Guaidó, y preso político desde hace 5 años; Antonio Ledezma, ex gobernador de Caracas fugado de prisión y exiliado; María Corina Machado, despojada arbitrariamente de su diputación, la más votada en las elecciones parlamentarias del año 2010; y más que a nadie a quienes como Oscar Pérez y sus compañeros de rebeldía, asesinados por fuerzas represivas del régimen después de haberse rendido, tomaron el camino de confrontar abiertamente al régimen. Una realidad frente a la cual Trump tomó partido durante su acto del lunes con audiencia venezolana, al llevar a su lado en la tribuna a Aminta Pérez, madre del disidente Oscar, para elogiar, de hecho y de palabra, el coraje y la decisión del disidente asesinado.

¿Quiere esto decir que la política de borrón y cuenta nueva según el modelo adoptado en España después de la Muerte de Franco y en el cono sur latinoamericano para permitir la resurrección democrática en ordenada paz también se incorporará, tal como ya están promoviendo algunos diputados y dirigentes de la oposición como norma de convivencia en la nueva Venezuela, presumiendo que aquí caballeros, en 20 años de atropellos, no ha pasado absolutamente nada grave nada? Aún es temprano para ocuparnos de estos controversiales temas. Por ahora, en función de esa transición de la que todos hablamos, me parece suficiente recordar, y pedir que nadie olvide una frase reveladora de la alocución de Trump: “Estamos aquí”, advirtió, dando como un hecho el éxito este sábado de Guaidó y sus cientos de miles de voluntarios resueltos a recibir en las fronteras y resguardar los convoyes de asistencia humanitaria, para proclamar, sin ambigüedades ni eufemismos, que este fin de semana “está a punto de iniciarse un nuevo día para América Latina.”

 

 

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