Aveledo: Con la serenidad necesaria
Serenidad en medio de la tormenta, dice un sabio aserto más recomendado que practicado. La serenidad no es fácil, al menos para mí que como venezolano de este tiempo debo vivir consumiendo cotidianas dosis de incertidumbre. Transversal a nuestra existencia es lo que Garavini llama “el monotema”, con independencia de si usted es como la mayoría de quienes queremos que la cosa cambie o si es de la minoría convencida de que salvo ciertos ajustes, básicamente en los demás, lo mejor es que siga como está. En las chiquiticas, todo o casi todo lo vemos por el lente del juego trancado de nuestro conflicto político. Y el conflicto no es un espejismo, pero la vida es mucho más que eso.
No es que sea exactamente un discípulo de Zenón en el estoicismo, su racionalidad fundada en la relación causa-efecto, la tolerancia y el autocontrol bases de la sabiduría que lleva a la vida buena, pero una porción de serenidad nos haría mucho bien, para comprender las tormentas del entorno y poder defendernos, présteme Vallejo-Nájera su título, del “concierto para instrumentos desafinados” de las redes sociales y su multitud de habitantes (e intereses) globales.
Como cuestión previa, aunque no debería ser necesario dada mi ya larga vida, advierto que como demócrata creo en el derecho como fuente de seguridad y garantía de la libertad y la justicia. También sé que no todo el mundo es demócrata incluso muchos que creen o dicen serlo.
Empecemos por las sanciones, tema llevado y traído. La palabra define una variedad de actos cuya generalización lleva inevitablemente a la confusión. Es lo que quiere alguna gente, pero no es lo que nos conviene para entenderlas. Las sanciones las adoptan organismos internacionales o estados. Un Estado puede decidir sancionar a otro o a determinados nacionales de otros países. La causa de éstas puede estar en acuerdos internacionales, como ahora ocurre con los derechos humanos y así nos lo garantiza la Constitución, o en la legislación de cada país. Su impacto dependerá, desde luego, de la gravitación del sancionador.
Como creo que mundial, aunque lentamente, va desarrollándose un nuevo Estado Democrático de los Derechos Humanos internacionalmente tutelados, pues éstos no reconocen fronteras, cada uno es responsable de sus actos, con las sanciones personales no tengo problema, todo lo contrario. Las generales que por castigar a un gobierno afectan a un pueblo entero, son otra cosa.
Con estas nunca he estado de acuerdo por razones que resumiré, advirtiendo que en el caso venezolano no son el origen de nuestra larga, profunda, ancha y múltiple crisis, básicamente causada por errores en la concepción y el ejercicio del poder. No las apoyo porque no sirven para el objetivo que se plantean, evidencias históricas abundan; pero además porque al ser burladas generan una economía gris oscura de corrupción (con la Sudáfrica del apartheid hacían negocios desde la socialista RDA hasta Israel); perjudican a la gente común que ya es víctima de sus gobiernos y proveen a éstos de excusas para su incompetencia.
Otro tema actual es el trato injusto a los venezolanos por decisiones del nuevo gobierno de los EEUU. Claro que el territorio es ámbito de ejercicio de la soberanía y cada Estado tiene derecho a establecer su política migratoria y enfrentar el problema de la inmigración ilegal, pero el Estado de Derecho tiene reglas cuyo respeto es esencial. Que las deportaciones, máxime a terceros países cuyos gobiernos cobran por eso, vengan acompañadas de la revocatoria del Parole y los TPS, envueltas en un discurso de propaganda con regusto racista y xenófobo que estimula esas bajas pasiones, agrava a un punto inaceptable la acción que generaliza y asocia una nacionalidad con el delito. Lo rechazo con cualquier nacionalidad y si es la mía, imagínese.
Que el poder aquí haga propaganda con eso era previsible, pero no borra la realidad de detenciones y procesos que en nuestro país se realizan en contradicción con nuestra Constitución y con los tratados internacionales suscritos por Venezuela. Lo consistente, democráticamente hablando, es rechazar el trato injusto a los venezolanos y a todas las personas, en nuestro país y donde sea. Como nadie tiene motivos para celebrar sanciones, nadie los tiene para buscar justificaciones o hacerse de la vista gorda al trato injusto a nuestros compatriotas.
El candor de esta aproximación que propongo no es tan extremo como para no saber que decir lo que digo me expondrá a los disparos de uno y otro extremo. Pero estas cosas en las que creo las he dicho antes y siento que es necesario repetirlas, a ver si alguien escucha.