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Bada: El Súper Martes de las primarias gringas

Mis primeros pinitos de comentarista político, a los 21 años, los di en una emisora de radio de mi ciudad natal de Huelva, en España, allá por el otoño europeo de 1960. Dos candidatos llegaron a la recta final que conduce a la Casa Blanca: John F. Kennedy y Richard M. Nixon. Y pese a ser mi tocayo, a Nixon le tocó perder conmigo.

Como todo español antifranquista, mis simpatías estaban del lado del plutócrata de Massachussetts, quien reunía las tres cualidades del Marqués de Bradomín valleinclanesco, pero con una variante: era guapo, católico y sentimental. Recuerdo de aquellos días que en esa pequeña ciudad provinciana de Andalucía, con mis glosas a la actualidad internacional, me gané el afecto de los viejos republicanos españoles, quienes alimentaban en su alma un rescoldo de dignidad y de entereza contra el régimen que nos gobernaba, o mejor dicho: nos doblegaba.

Mis comentarios políticos, a despecho de las múltiples advertencias de la censura (camuflada bajo el eufemismo Delegación Provincial de Información y Turismo), apoyaron imperturbablemente la candidatura de Kennedy. Y desde aquellos días, cada cuatro años, he seguido siempre con el mayor interés la elección del nuevo presidente de los Estados Unidos. Hasta creo ser algo así como un experto en la materia. Lo que más me ha impresionado, a lo largo del tiempo, es la progresiva pérdida de calidad del dúo que accede a la consulta definitiva, con la única excepción de los comicios de 2008 y 2012, donde por el partido demócrata candidateó Barack Obama, el mejor Presidente desde Kennedy.

Ya mi admirado Neil Postman, el más avispado de los comunicólogos estadunidenses, me puso sobre aviso, en su discurso de inauguración de la Feria del Libro de Francfort de 1984, el «año Orwell», el año del Big Brother. Allí explicó tres cosas que no admiten vuelta de hoja. La primera: que en los Estados Unidos, una persona gorda no puede ser elegida para un alto cargo político, porque su imagen es desagradable en la TV, no importa cuán inteligentes sean sus argumentos. O sea, que un Winston Churchill norteamericano haría mejor dedicándose a la pintura que a la política. La segunda: que el hecho de que en las últimas décadas no hayamos oído ideas interesantes expuestas por políticos norteamericanos no quiere decir que no las tengan, sino sencillamente que no interesan. Y la tercera, como resumen: pensando en lo que la TV significa a la hora de elegir Presidente, Neil Postman decía que era «incluso posible que algún día un actor de Hollywood» lo llegase a ser. No sé si se percibe a primera vista la sangrienta ironía de Postman: en 1984, el Presidente norteamericano se llamaba Reagan, con lo cual Neil Postman lo estaba descalificando incluso como actor.

Han pasado ahora sesenta años desde mi primer embanderamiento con un candidato para el puesto de mayor responsabilidad en la conducción política de un país que no es el mío, y la verdad es que padezco compasivamente con todos los estadunidenses pensantes. En este Súper Martes de las primarias, donde se eligen candidatos en 14 Estados de la Unión (entre ellos dos que son clave, Texas y California), le pido a todos los dioses que les abran los ojos bien abiertos a todos los verdaderos demócratas, para unirse tras uno que tenga una chance real de sacar de la Casa Blanca a su actual e impresentable inquilino.

Que el partido de Lincoln presente como candidato a un nuevo cuatrienio a alguien de la catadura moral de the fake president (cuyo nombre jamás escribo, para no mancillar mi texto ni los ojos de quienes lo lean) es algo así como si un hombre deseoso de ser padre se casase a sabiendas con una infanticida. Y también es algo así como aquél chiste del ballestero inglés que clavó su flecha en una manzana y declaró «I’m Robin Hood», y luego el ballestero suizo la clavó en una manzana sobre la cabeza de su hijo y declaró «I’m Wilhelm Tell», y luego el ballestero gringo la clavó en un ojo de su hija y declaró «I’m sorry».

 

 

 

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Un comentario

  1. Si los demócratas USA lo consiguen no sólo harían un favor a su sociedad sino a todas las personas razonables; y es que el Sr. del pelo naranja no es garantía de nada bueno.

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