Baila, príncipe, baila
En Marsella, donde la turba que reivindicaba una educación mejor, saqueó la tienda de FNAC dejando intacta la sección de libros. Sube la música y que no pare la juerga

Los manifestantes «por una mejor educación» quemaron el Ayuntamiento de Limoges. (EFE)
Llega el otoño y la fuerza del amor hace que todo sea un baile. Este octubre rojo es una canción de Rusowsky que hace mover las caderas de quienes no pueden mirar atrás porque se amontonan los finados. A ritmo de hip hop se dice al príncipe: «Baila, príncipe, baila», porque ya lo demás no importa. Si París era una fiesta, España es un ‘after’ donde la botellita de agua se paga a siete euros. En la calle hay ruido y confusión. Se avecinan concentraciones y ecos que vienen del norte en forma de incendios y caras de asombro. La imagen de nuestro tiempo ha ocurrido en Marsella, donde la turba que reivindicaba una educación mejor saqueó la tienda de FNAC dejando intacta la sección de libros. Sube la música y que no pare la juerga.
En ‘La máscara de la muerte roja’, Edgar Allan Poe, mete dentro de un castillo a un buen número de tarados que se encierran para evitar una plaga que asola todo el país. Se refugian bebiendo vino al calor del Príncipe Próspero, líder de ese grupo de juerguistas que pretenden vivir ajenos a los males que acechan a la población mientras ellos se lo pasan pipa. Una noche celebran un baile de máscaras y aparece entre los invitados uno disfrazado de «muerte roja». Todos y cada uno de los asistentes miran hacia otro lado cuando ven que la plaga se ha metido dentro de la fortaleza y evitan confrontarla. Permiten que pase de una habitación a otra hasta que se topa de frente con Próspero, que dura medio segundo hasta caer desplomado contra el suelo. La última frase que escribe Poe dice que «las tinieblas, la descomposición y la muerte roja se adueñaron salvajemente de todo».
Muchas veces, la realidad obliga a subir la música. La plaga de nuestro tiempo la tenemos delante, pero muchos españoles hacen como si no pasara nada. Por supuesto están los invitados ahí, con sus máscaras puestas, ajenos a que la población contemple perpleja todo lo que sucede con el país. La solución del príncipe Próspero es el baile, seguir con el ‘after’, rodeado de todos los lacayos que tarde o temprano abandonarán al anfitrión en la última canción. En algún momento alguien abre las puertas, deja entrar la luz y para la música. Pero la resaca puede romperlo todo, porque durante mucho tiempo no quisimos ver los rostros de quienes llevaban las máscaras puestas durante el baile.
Quizá por eso entre paso y paso, compás y compás, el príncipe Próspero miraba de reojo hacia la puerta. Quizá pensando que aún estaba a tiempo de salir por ella. Quizá sabiendo que la muerte roja está dentro de esa canción de Rusowsky, pero no sabe qué disfraz lleva. Baila, príncipe, baila, que cuando amanezca es muy probable que España siga siendo un ‘after’, pero alguno tendrá que explicar de dónde han salido tantos cadáveres mientras vosotros estabais de fiesta.