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Carmen Francí, el sexo de los monstruos

En 2019, con motivo del bicentenario del nacimiento de Mary Ann Evans, George Eliot, la editorial Alba reeditó El velo alzado, en traducción de José Luis López Muñoz, y El hermano Jacob, en traducción mía. Como dice la contraportada de la obra, el volumen «reúne dos de las pocas novelas cortas que escribió George Eliot. Ambas tratan el tema de la tentación y ambas están protagonizadas por dos hermanos». Si bien El velo alzado (1959) «es una nouvelle con sorprendentes elementos góticos y fantásticos», El hermano Jacob, en cambio, es algo parecido a una fábula llena de ironía. Las dos son, sin duda, muestras excelentes de la obra de una gran escritora, una mujer cultísima (también traductora del alemán, por cierto) cuyos textos  hay que abordar con tiento.

Es siempre una buena noticia la reedición de una traducción de un clásico. Más si, como en este caso, ofrece el honor de compartir volumen con un traductor como José Luis López Muñoz. Y especialmente si el editor, consciente de que el contrato se ha extinguido, propone uno nuevo y accede a la petición de la traductora de releer la traducción y corregir lo necesario.

No sé yo si mis colegas afrontan estas correcciones dilatadas en el tiempo con tranquilidad: yo no. Me resulta muy difícil enfrentarme a una traducción mía aunque hayan pasado décadas, así como conseguir el equilibrio metodológico imprescindible para cambiar solo lo necesario. Entre el horror del «cómo se me ocurrió poner eso» a la autocomplacencia del «qué rebonico me quedó eso otro», pasan páginas hasta que olvido que la traducción es mía, consigo meterme en el corsé del corrector objetivo y, como tal, tocar únicamente lo que es claramente un error.

Pero con El hermano Jacob me encontré con un curioso desliz que no sabría cómo calificar. Quizá en su momento no fue un error flagrante, pero el paso de los años lo había convertido en un disparate.

Hacia el final del libro, Eliot dice, «it was a compensation to think that in being forever divided from his family he was divided from Jacob, more terrible than Gorgon or Demogorgon to David’s timid green eyes».

En mi traducción primera, puse «más terrible que una gorgona o demogorgona» y, acompañando el término «demogorgona», introduje una nota al pie explicando que era una alusión a la obra Faerie Queene de Spenser.

En la investigación que acompaña a toda traducción, comprobé que las ediciones anotadas de Eliot mencionaban las escasas obras de la literatura inglesa en las que aparecía ese ser demoníaco de género dudoso: algunas veces femenino, otras masculino. Aunque algunos autores lo tenían claro: «The mysterious and infernal female deity the demogorgon can be found in, amongst others, Spenser’s Faerie Queene, IV. II, Milton’s Paradise Lost, II, 962, and Shelley’s Prometheus Unbound, Act II»[1]

Así que opté por el femenino. La frase sonaba mejor y resultaba más comprensible. Con toda probabilidad, el lector no tendría ni idea de lo que era una demogorgona, pero podía concebir que era algo parecido a Medusa o peor todavía (el «demo» inicial no auguraba nada bueno). Y aunque no hubiéramos visto muchas demogorgonas sueltas, bien podíamos imaginar, como David, el protagonista, que era una visión terrible.

Pero ¡ay!, el paso de los años y, sobre todo, la llegada de una serie de televisión de Netflix llamada Stranger Things hicieron que los monstruos del mundo del revés entraran en el nuestro. Y empezó a campar por nuestros televisores un demogorgon claramente masculino en inglés, demogorgón en el doblaje y también en el subtitulado al español. La información disponible en Internet sobre el monstruo, sus poderes y características se ha multiplicado en inglés y en castellano hasta barrer a Spenser y demás antecesores literarios. El último avatar del ser demoníaco que aparece por primera vez en La tebaida de Estacio, pasa por Bocaccio y, tras varios autores, se reencarna en los juegos de dragones y mazmorras del s. XX, tiene en el s. XXI atributos claros y poderes universalmente conocidos.

Mi demogorgona femenina y la nota al pie de la traductora habían quedado totalmente fuera de lugar, como un detalle erudito absurdo y, sobre todo, innecesario. El demogorgon o demogorgón es ya más conocido que el hombre del saco. Y, desde luego, mucho más que el trío integrado por Medusa, Esteno y Euríale.

Los traductores de libros somos conscientes de que traducimos para lectores del presente, pero también del futuro. Las decisiones de traducción y, sobre todo, las notas al pie aclaratorias pueden quedar no solo obsoletas sino ridículas con el paso de unos pocos años. Porque lo cierto es que no tenemos ni idea de por qué extraños caminos los lectores futuros puedrían llegar a tener claro el sexo de los monstruos.

 

[1] Edición anotada de la obra a cargo de Helen Small para Oxford University Press, 1999.

 

 

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