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Carmen Posadas: Algunos trucos de seducción

Ahora que alumbra un nuevo año y a saber qué nos traerá (esperemos que no se parezca demasiado a sus dos antecesores), me gustaría inaugurarlo hablando de frivolidades. El motivo es que tengo la impresión de que me estoy volviendo un poco abuela cebolleta últimamente. O señorita Rottenmeier, sacando a colación semana tras semana algún nuevo dislate del variado repertorio que nos depara la actualidad. Por eso, para darle la bienvenida al 2022, voy a hablar de seducción. Hace varios años escribí para otro medio un artículo sobre el mismo asunto, en el que hablaba de cierto truco que aprendí de una maestra en seducciones.

Es tan simple como infalible y consiste en alabar a quien quiera uno camelar su virtud menos destacada (da igual que se trate de un ligue, un cliente, un socio, etcétera). A un guapo, o guapa, por ejemplo, les aburre hasta las lágrimas que les hablen de su físico. Es más, les fastidia e incluso les deprime, porque ellos se consideran mucho más que una cara bonita. Lo mismo ocurre con una persona inteligente: hablar de sus dotes intelectuales es otro aburrimiento supino, como si no las conociera de sobra. Aun así –y el dato vale la pena tenerlo en cuenta–, la vanidad anula hasta la inteligencia más preclara de modo que el Einstein de turno cae como un pichón cuando se le dice que es sexi. Aunque sea más feo que pegar a un padre, da igual. Primero, porque, en efecto, hay feos muy sexis, y, segundo, porque, al ser esta una cualidad que depende de los gustos de quien mira, resulta perfectamente verosímil que uno encuentre sexi hasta a Quasimodo.

 

Uno de esos trucos (infalible, pero complicado) lo aprendí de uno de los hombres que más corazones ha roto: Luis Miguel Dominguín

 

El mismo truco es extrapolable a otros muchos atributos. Así a un tonto le encanta que le digan que es perspicaz; a un inculto, que tiene sabiduría natural; a un tipo que solo se interesa por su físico, que es un filósofo en potencia; y a un empollón, que es divertidísimo y superenrollado. ¿No me creen? Hagan la prueba, la vanidad es el arma más útil y letal cuando se trata de seducir a alguien. Eso sí, hay que adular de modo verosímil: la gente es fatua, pero no tonta.

Existe otro truco igualmente infalible a la hora de enamorar a alguien, pero me temo que este es un poco más complicado porque tiene por aliado a la verdad. A la verdad, sí, porque a pesar de que todos asociamos ‘seducción’ con ‘trampa’, con ‘camelo’, con ‘engaño’, los seductores más grandes son los que no recurren a ninguno de estos tres elementos. Esta lección la aprendí observando a uno de los hombres que más corazones ha roto: Luis Miguel Dominguín.

Lo conocí cuando él tenía ya unos cuantos años, de modo que no me afectó su infalible truco ni caí envuelta en llamas. Pero sí pude, con la tranquilidad de ser inmune, estudiar su técnica y es esta. Nada enamora tanto como el amor (siempre que uno sea más o menos querible, se entiende). Luis Miguel las enamoraba porque él a su vez se enamoraba de todas. De unas, diez minutos; de otra, un día; de la siguiente, un mes, un año, casi nunca más de eso. Pero durante ese tiempo, durase lo que durase, no existía para él en todo el universo mujer más irresistible ni ser tan angelical, sublime y extraordinario que el objeto de sus amores. Y, cuando esto ocurría, el Luis Miguel enamorado se convertía en el compendio de todas las virtudes masculinas imaginables. No solo era el hombre enormemente atractivo que siempre fue. También era el más detallista, comprensivo, generoso, entregado y, por supuesto, enamorado hasta las trancas.

Me sorprendió hace poco leer que ese amor tan intenso como fugaz era también el arma de Giacomo Casanova. Así lo confiesa él en sus memorias. Lamento no tener a mano el pasaje para citarlo verbatim, pero dice más o menos que su mayor gozo en esta vida no fue ser amado por tantas mujeres, sino amarlas a todas. Curioso, ¿verdad? Lástima que un truco tan bueno no se pueda fingir (por muy bien que se finja, no cuela o cuela muy poco rato), pero al menos puede servir de advertencia a navegantes. Si alguien ve que un hombre o una mujer sensacionales caen rendidos a sus pies, que revise también, antes de enamorarse, el currículum sentimental del interfecto. ¿Está lleno de corazones rotos? Mejor huir como de la peste, seguro que se trata un Dominguín o un Casanova en potencia: hoy te adoro, y mañana, ¿cómo era que te llamabas, monina?

 

 

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