Carmen Posadas: Sorprendentes resurrecciones
«Rosalía o Taylor Swift sacan elepés que sus fans compran e intercambian, aunque muchos de ellos ni tengan un tocadiscos».

Leo por ahí que la venta de vinilos aumentó en España un 30 por ciento en el último año, concentrando ya el 69 por ciento de las ventas totales del mercado físico de la música en nuestro país. Para alguien que creció soñando con el momento en que le compraran un pickup y que luego coleccionaba devotamente elepés, la noticia es de lo más inesperada. Resulta que ahora, en plena era del streaming, cuando basta con mover un dedo para hacer que suene cualquier canción nueva o vieja, regresan los vetustos vinilos. Y no se trata de una resurrección única y aislada. También están volviendo a la vida las cámaras analógicas, los teléfonos ‘tontos’ (aquellos que no permiten instalar WhatsApp, Instagram, TikTok ni navegadores web avanzados) e incluso los viejos casetes con cinta magnética que rebobinábamos con un boli. Eso por no hablar del afianzamiento de los libros físicos comparados con los electrónicos.
¿A qué se debe este extraño regreso de formatos que pensábamos en desaparición? En el caso de los vinilos sus rescatadores fueron los DJ de reggae, techno o house que, allá por los años noventa, continuaron utilizándolos porque permitían virguerías imposibles para otros medios de reproducción. Hablo del scratching (mover el disco atrás y adelante para crear ritmos). O el beatmatching (sincronizar los ritmos de dos canciones a mano). Gracias a eso, y a que las discotecas para complacer a los DJ seguían comprando vinilos, sus fabricantes no cerraron por completo. Más adelante, oyentes comunes que no tienen en su casa mesa de mezclas y cuyas finanzas están muy lejos de las del francés David Guetta descubrieron otras virtudes de aquel dinosaurio en vías de extinción.
En un mundo en el que todo comienza a ser intangible y a anidar en la nube, el comprar un vinilo devuelve a los usuarios el sentido de propiedad, también permite el coleccionismo, el delicioso fetichismo de poseer tal o cual perla con la que presumir ante otros superentendidos en música. Por eso, artistas como Rosalía o Taylor Swift sacan elepés que sus fans compran e intercambian, aunque muchos de ellos ni siquiera tengan un tocadiscos.
Algo similar ocurre con los libros en papel. No es lo mismo tener un libro virtual que uno físico que se pueda subrayar y atesorar firmado por su autor. Esta necesidad humana de tocar, poseer y coleccionar explica la resurrección de otros zombis. Como la vuelta a la vida de las cámaras analógicas. Por un lado, se ha disparado la venta de viejas cámaras como las Olympus o Canon de finales del siglo pasado. Y, por otro, marcas como Polaroid han regresado para convertirse en el último grito. El hecho de producir al instante una foto en papel hace que causen sensación en cumpleaños, bodas y demás festejos.
En cuanto a los radiocasetes y a los ‘teléfonos tontos’, ambos comparten una misma virtud. A la gente le chifla sentirse original, única, ir a contracorriente. Por eso, en el caso de los casetes, marcas de audio como FiiO o We Are Rewind han lanzado reproductores portátiles con aspecto vintage, pero con todos los adelantos, equipados con bluetooth y baterías recargables.
El fenómeno de los teléfonos tontos cuenta, por su parte, con un plus de exclusivismo. Algunos CEO de grandes compañías, escritores archifamosos, millonarios y otras personalidades que podrían pagarse el último grito en smartphones pasean por ahí con sus añosos Nokias (o sus novísimos Nokias, pero que parecen viejos).
¿Y cuál es su explicación cuando alguien les pregunta por qué su teléfono se parece tanto al de Pedro Picapiedra? «Me gusta la desconexión –responden con un suspiro de elegante suficiencia–. Paso de WhatsApp, me sobra Instagram, aborrezco TikTok». Pero existe otra razón adicional para pasearse con un ‘tontófono’ en el bolsillo. Mientras un smartphone es un propalador continuo de información personal (dónde estoy, qué como, con quién quedo, cuáles son mis hábitos, etcétera), un teléfono tonto apenas deja huella digital.
La resurrección del ‘tontófono’, así como el resto de las resurrecciones aquí enumeradas, dice mucho de nosotros. Revela que aunque los avances son cada vez más deslumbrantes no queremos ser esclavos de ellos, preferimos tecnologías que dejen un margen al discernimiento, a la imaginación, a la participación. Aunque eso entrañe sonidos de menor calidad, como los que reproducen los viejos elepés. O fotos con un poquito de grano, como las que sacan las cámaras analógicas. O el engorro de pasearse con un libro de trescientas páginas antes que con un e-book que pesa 167 gramos. O renunciar a ciertas prestaciones de las que carecen los ‘tontófonos’ a cambio de no regalar nuestros datos, como sucede con los dispositivos inteligentes.
Por eso el mensaje (bastante esperanzador, por cierto) parece ser que, llegado un punto en los progresos tecnológicos, los seres humanos repensamos las cosas y preferimos adelantos que nos permitan ser no más avanzados, sino precisamente eso, más humanos.