Ciencia y TecnologíaCultura

Coixet: El lanzador de estrellas de mar

Hoy que la lucha por la conservación del medioambiente es una de las mayores preocupaciones que tenemos, es útil recordar a las personas que desde hace décadas avisaron de las consecuencias de no prestar atención a las señales que ya se avistaban. Como May Sarton, Loren Eiseley fue un antropólogo, científico, poeta, narrador y ecologista que ya en los años sesenta avisaba de los peligros de la contaminación y del crecimiento indiscriminado. Eiseley lo hacía desde un punto de vista impregnado de melancolía. Sus observaciones sobre la vida cotidiana nos conducen a un estado de vigilia permanente en el que cada acto aparentemente insignificante puede contener toda la complejidad del mundo.

Como naturalista, los escritos de Eiseley actúan a modo de traducción del mundo natural que nos rodea: los sonidos de la tierra, el lamento de los glaciares al deshelarse, el canto de las piedras al chocar unas con otras arrastradas por la corriente del río. En el ensayo El maestro oculto dice: «En tres billones de años de cambio lento y esfuerzo sostenido, solo una criatura ha escapado a la trampa de la especialización que ha llevado a tanta muerte y devastación: el ser humano, pero no lo digamos muy alto porque este proceso todavía no ha terminado».

Esta historia fue atribuida a Gandhi, pero la publicó antes Loren Eiseley. Siempre que me dicen que no se puede cambiar el mundo, pienso en el niño de la estrella de mar

La evocativa prosa de este autor, su ternura y su sentido del humor trascienden la amplitud de sus conocimientos científicos. Como naturalista, nos urge a utilizar nuestra conciencia del mundo que habitamos, a ser conscientes de que la extinción puede estar a la vuelta de la esquina, a pensar más allá del ahora y aquí, a preocuparnos y responsabilizarnos de las generaciones futuras.

En el ensayo Ciencia y sentido de lo sagrado, escribe que la ciencia tiene dos tipos de practicantes: el científico educado capaz de maravillarse ante el ojo de un caracol y la luz que se refleja en él, y el que está demasiado ocupado clasificando y reduciendo el misterio de lo que tiene alrededor para maravillarse por nada. Sólo el primero, capaz de reconocer que hay misterios con los que debemos convivir, puede hacer evolucionar la ciencia. Es muy curioso que Eiseley haya pasado a la historia por uno de los capítulos de su libro de antología de textos escogidos The star thrower. Esta historia ha sido atribuida a Gandhi, pero apareció primero en este libro.

En dicho capítulo, se narra la historia de un hombre anciano que, tras una tremenda tormenta, va por la playa mirando como esta ha sido cubierta por decenas de miles de estrellas de mar. De repente, ve a un niño pequeño que está tirando al mar una estrella. El anciano le pregunta qué hace. El niño le dice que hay que salvar las estrellas de mar. El anciano le dice que él solo no podrá hacer nada por salvarlas, que hay miles, que no supondrá ninguna diferencia. El niño, tirando una estrella de mar, dice: «Habrá una diferencia para esta». Y siempre que alguien me dice que no se puede cambiar el mundo, pienso en el niño de la estrella de mar. Porque siempre hay algo, por insignificante que sea, que se puede hacer y que marcará una diferencia. Para algo. Para alguien.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba