Democracia y Política

Colombia: Una ligereza

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El domingo pasado leí en estas páginas una afirmación que me dejó perplejo.

La firmaba Francisco de Roux, todo un ex Provincial de la Compañía de Jesús para Colombia (2008-2014). Cito al padre de Roux: “El Ejército de Liberación Nacional tiene la razón cuando advierte que no fue suya la responsabilidad de iniciar la guerra. Que la injusticia contra el pueblo llevó a sus integrantes a tomar las armas”. He aquí en todo su esplendor la vieja noción de “nos obligaron”, que durante décadas ha servido para justificar la lucha armada en Colombia.

Las biografías conocidas de los seis hombres que fundaron el Eln en 1964 no demuestran por ninguna parte que las circunstancias objetivas los hayan obligado a alzarse en armas. Eran estudiantes radicalizados que, de no mediar la decisión personal de irse al monte, habrían podido terminar sus carreras profesionales, tal vez convirtiéndose en aguerridos luchadores sociales. Sí, en ese entonces Colombia era un país pobre, desigual, políticamente cerrado y con una tradición nefasta de violencia oficial. Según la teoría, cumplía con las “condiciones objetivas” para la revolución, al igual que varios países de América Latina. Sin embargo, otras influencias subjetivas más poderosas campeaban en el ambiente: Mao había triunfado en China (el genocidio de decenas de millones de personas todavía estaba lejos), la resistencia del Vietcong contra la invasión americana arreciaba y, sobre todo, unos barbudos locuaces y exaltados acababan de tomarse el poder en Cuba, desatando una marejada de ilusión violenta en el subcontinente.

Muchos en esa época —y me atrevo a contar entre ellos a un joven católico de 21 años llamado Francisco de Roux— sentían la misma indignación, tenían la misma conciencia social y a lo mejor apoyaban en abstracto la idea de la revolución, pero no compartían la ligereza de pensar que tenían licencia para matar o secuestrar a sus semejantes, es decir, al prójimo del que habla el cristianismo.

Transcurridas décadas, conocemos el resultado de aquella ligereza. Fabio Vásquez Castaño optó por matar, no ya soldados y policías, sino compañeros de lucha, como Víctor Medina Morón y Julio César Cortés, entre muchos más. Luego el propio Eln asesinó a Ricardo Lara Parada. Se dice que Vásquez vive en Cuba, la isla de la suprema ironía, pues 50 años después de incubar semejante ola de violencia para liberarse de las garras de Estados Unidos, ahora ve en la potencia del norte su tabla de salvación.

El nudo perverso que entonces se ató es muy difícil de desatar, incluso conceptualmente. El Estado y las élites locales, muy bien perfiladas este domingo por el padre Fernán González, jesuita como De Roux, desencadenaron bajo presión de Estados Unidos una reacción contrarrevolucionaria que incluyó de todo y que contribuyó a que las luchas sociales de los años 70, que podrían haber conducido a un país más equitativo, desembocaran en un callejón sin salida. Claro, también se ha documentado con meridana claridad que el segundo factor que mató las luchas sociales fue el intento de los movimientos armados de radicalizarlas desde dentro.

Por estos días en que los colombianos por fin nos acercamos a un pacto de paz razonable es necesario revivir este debate. Las tradiciones que debemos reivindicar son las de la lucha social, drástica y aguerrida quizá, pero no violenta. Es preciso insistir en que la violencia fue desde siempre un error.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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