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Cuando despertemos, Iglesias ya no estará allí

Sánchez anhela una alarma sin fin. Así se gobierna mejor, sin ruido, sin quejas, con miles de policías multando a los disidentes, con la Guardia Civil 'monitorizando' a los díscolos, con los medios "avasallados"

Podemos acostumbrarnos a las ciudades desiertas, las calles sonámbulas, los sanitarios mártires, bares sin vida, autobuses con eco, teatros mudos, aulas estancadas, besos lejanos, aviones varados, abrazos vedados, abuelos sin nietos, amores desterrados, lágrimas cotidianas, familias enclaustradas, amaneceres de angustia, atardeceres de espanto, días sin huella, vida sin vida… A todo ello es posible que podamos acostumbrarnos, pese a la ira creciente y la furia en alza. A lo que quizás no nos acostumbremos nunca es a la España que Sánchez e Iglesias nos están diseñando: un país sometido, doblegado y arruinado. Lo más parecido a un reservorio chavista en el sur de Europa. Una excrecencia totalitaria en la cuarta potencia económica de la Eurozona.

Están en ello. Y no se trata de una metáfora hiperbólica. Pablo Iglesias nunca ha engañado a nadie. Sus palabras, con su humilde tono de venerable franciscano, son el fiel anuncio de sus planes: expropiar, perseguir al empresario, hostigar a quien crea riqueza, silenciar a los medios, lapidar al pensamiento libre, demoler la Justicia, sepultar la Corona, dinamitar la Constitución… Por Pedro Sánchez, más comedido en sus palabras, hablan sus actos. Sus acuerdos tóxicos con las fuerzas más corrosivas del espectro parlamentario, su desaforado frentismo, su desprecio por los usos democráticos, su odio a la oposición, su insoportable soberbia, su desdén hacia el diálogo, son algunas características que jalonan su quehacer presidencial. Como se ve, un dechado de horrores.

Sin apenas generar sobresaltos en una población hipnotizada e inerme. En un principio hasta Vox lo secundó. Sólo en las redes se escucha el fragor del rechazo. Y esas cacerolas al anochecer

Ahora, en plena crisis pandémica, el presidente del Gobierno  se inventa la fórmula definitiva con la que piensa redondear su obra: el estado de alarma, un artefacto con el que pretende mantener eternamenta anestasiada, en cuerpo y alma, a la sociedad española. Ciudadanos y PNV le entregan el salvoconducto en el Congreso. No se trata de una iniciativa para, estrictamente, combatir el cataclismo sanitario, como aquí vienen demostrando ilustres plumas. Es, sencilla y crudamente, un sendero inequívoco hacia un escenario autárquico y totalitario. Este decreto lo mismo sirve para proclamar un camuflado toque de queda (de 23.00 a 6.00, todos en casita) que para colar decretos sin control parlamentario. «Una apropiación ilícita del poder», denunciaba con valentía Consuelo Madrigal, fiscal del Supremo.

El estado de alarma se ha colado sin apenas generar sobresaltos en una población hipnotizada e inerme. En un principio hasta Vox lo secundó. Sólo en las redes se escucha el fragor del rechazo. Y esas cacerolas al anochecer. Se ha prorrogado ya tres veces. Sánchez anhela una prórroga infinita, una alarma sin fin. Así se gobierna mejor, sin ruido, sin quejas, con miles de policías multando a los disidentes, con la Guardia Civil ‘monitorizando’ a los díscolos, con los medios ‘avasallados’. Todo en secreto y por decreto. Y Su Persona, en sesión televisiva especial los fines de semana.

¿Por qué no todo el verano, mientras la gente se acopla en las playas cuadriculadas y se toma una paella en los chiringuitos demediados?

Como no hay plan B, tampoco hay fecha límite claramente fijada para el fin de la alarma. Apuntaron que el 21 de junio, si no hay rebrotes. Algo tenían que decir. ¿Por qué no todo el verano, mientras la gente se acopla en las playas cuadriculadas y se toma una paella en los chiringuitos demediados? Prórroga tras prórroga, mientras el Gobierno muda las leyes, perpetra decretos, derriba obstáculos en su camino hacia el paraíso progresista, totalitario y cerval. La cabeza de la oposición democrática, en permanente estado de abstención, veremos hoy, ya habrá socializado el mal y hasta los muertos.

Sólo nos salvará del sendero hacia el cadalso como sociedad democrática y libre -al margen de un voto inesperado- el previsible viraje que impondrá Bruselas a estos endemoniados planes. Iglesias, muy beligerante en su empeño por convertir España en un patio de menesterosos, una sociedad de zombis supervivientes gracias a las migajas de lo público, a las limosnas del caudillo (el escudo social), rechazará cualquier acuerdo que le destroce su bien planeado azimut leninista. Sánchez deberá decidir. O se inmola junto al líder morado, en una cabriola impensable, y nos lleva a todos por delante en su huida enloquecida, o prescinde de la presencia de Podemos en el calamitoso Gobierno, una vez recabados los necesarios apoyos en el centroderecha. El volantazo ya ha empezado, con ese acuerdo in extremis con Inés Arrimadas para convalidar la alarma. La legislatura cambia de color. Todo apunta a que, cuando nos despertemos de la pandemia, con o sin vacuna, Iglesias ya no estará allí. Estará seguramente incendiando las decrépitas calles con sus descamisados de subvención desde su dacha de Galapagar. Pero esa es otra historia.

Parece que Sánchez ha tomado nota: nunca nos acostumbraremos a ver el Orinoco atravesando, tiránico y cruel, el corazón de Madrid.

 

 

 

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