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Cuarentena obligatoria: nosotros y las reglas

Que Tinelli incumpla la orden de aislamiento por el coronavirus fortalece una idea de indisciplina y debilita cualquier mensaje gubernamental.

La tentación es indignarse con quienes no cumplen las reglas y asegurar que “somos un país donde nadie respeta las leyes”. La idea forma parte de nuestro sentido común, y decirlo alivia: refuerza la creencia de que quien lo dice es distinto (sí cumple las reglas) y de que el problema, como siempre, son los otros.

¿Pero quiénes serían los otros? No sirve una mirada de clase para responder a esta pregunta. En Ituzaingó, en pleno conurbano, grupos de jóvenes se negaron a mantener la cuarentena y apedrearon a los policías que intentaron disuadirlos de volver a sus casas. Es posible inferir que la falta de acatamiento se reprodujera en diferentes puntos.

Pero también hubo filas de autos en los ingresos a las ciudades balnearias (Monte Hermoso, Pinamar, Valeria del Mar) y discusiones entre vecinos que denunciaban la llegada de visitantes y los turistas que respondían con gritos y amenazas. ¿Quién les iba a prohibir a ellos pasar el fin de semana largo cerca del mar?

Marcelo Tinelli eligió disfrutar de la cuarentena en Esquel, confirmando que no pocas veces el problema con las reglas lo tienen quienes, por su situación privilegiada, deberían dar el ejemplo. Que uno de los hombres más populares incumpla la orden del Gobierno legitima una idea de indisciplina, es más potente que cualquier mensaje presidencial y refuerza el mito de que el cumplimiento de las leyes es optativo para los ricos y famosos. ¿Si Tinelli viajó miles de kilómetros, por qué yo no puedo caminar por mi barrio?, podrían argumentar los jóvenes rebeldes en Ituzaingó.

El conductor televisivo no fue el único. En Jujuy, la jueza María Silvia Bernal regresó de sus vacaciones en Estados Unidos y pretendió negarse al aislamiento preventivo. Argumentó que quedaba exceptuada de cumplir la norma porque era… jueza.

¿Acaso Tinelli y la jueza nos definen? Mirar sólo sus ejemplos sería mirar la mitad del vaso vacío. Porque también es cierto que millones permanecen en sus casas y cumplen la cuarentena con un alto grado de conciencia social y preocupación por sí mismos y por el prójimo. Son tan argentinos como los que incumplen, y reconocerlos puede ayudar a deconstruir la casi hegemónica idea de que somos indisciplinados irredentos, convicción que se retroalimenta a sí misma en una trampa a nuestras propias posibilidades de cambiar.

Tal vez sea tiempo, también, de reconocer que nuestros dirigentes muestran sentido común e intenciones de anticipación, en un panorama de faltantes estructurales que no se solucionará en una semana. Nada asegura que la batalla está ganada ni mucho menos, pero gobiernos de países europeos y el propio Donald Trump evidenciaron reacciones menos realistas y sus intentos de corrección llegaron siempre tarde.

La mesura del Presidente (Cristina ya hubiera contado una historia personal de cómo ella y su familia superaron una situación similar) y el acompañamiento de la oposición son datos que se agradecen. Impresiona, en el otro extremo, ver al presidente mexicano López Obrador instando a los ciudadanos a salir a la calle e ir a los restaurantes, y enfrentar la pandemia con estampitas y santos.

Por acá, Marcelo Saín, secretario de Seguridad de Santa Fe, quien ya había definido como estacional a la ola de asesinatos en su provincia, calificó de chetos a quienes viajan al exterior y pidió no utilizar los kits de control con la clase alta. En tiempos de pandemia y de cierre de la grieta, un dato de salud institucional sería asegurar el distanciamiento de la función pública de quienes son capaces de tanto.

 

 

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