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Cuba está en otra parte

La admiración por el legado de los cubanos en libertad se puede identificar al instante de establecer una conversación con cualquier extranjero

Una playa de Punta Cana fotografiada por el autor de esta columna durante sus vacaciones

Una playa de Punta Cana fotografiada por el autor de esta columna durante sus vacaciones (Cortesía)

 

MIAMI, Estados Unidos. – He viajado en varias ocasiones a República Dominicana para disfrutar de sus excelsas atracciones turísticas junto al mar.

En esta ocasión fue cortesía de la agencia de viajes Gool Travel, en el centro de Miami, capitaneada por un cubano, Eduardo Castillo, quien afirma que no se puede quejar con los resultados de su exitosa empresa, para la cual ha trabajado sin reposo.

Numerosos clientes confían en su experiencia y astucia corporativa a la hora de ser aconsejados sobre lo mejor, en términos de diversión y placer. En este sentido, los destinos dominicanos resultan ser esenciales para sus compatriotas, quienes históricamente sienten una devoción particular por vacacionar en las playas.

Castillo me sugirió una suerte de clásico en la hotelería del litoral Bávaro, de arenas doradas como talco, el Barceló Bávaro Palace, construido en 1985, con 1.600 habitaciones que pueden albergar a 5.000 personas a plena capacidad.

La estancia en aquel paraíso “todo incluido” me trae, inevitablemente, recuerdos caóticos de la Cuba rota dejada atrás con aquellas lamentables casuchas de perro sin baño interior para los criollos, de los llamados campings, en las faldas de montañas inhóspitas, mientras los extranjeros disfrutaban, sin vergüenza, hoteles comandados por militares.

El Caribe y sus “islas sonantes” como las calificara Alejo Carpentier, resplandecen, sin mayor competencia, porque Cuba se debate entre una economía de mercado disfuncional y el anillo de poder castrista de gran incapacidad productiva, que convierte todo lo que toca en estiércol.

Hace algunos años los cubanos fueron autorizados a disfrutar las instalaciones turísticas nacionales y parecían rebaños desorientados en restaurantes y otros servicios desconocidos por varias generaciones.

En Barceló Bávaro Palace no solo se escuchaban los idiomas emblemáticos de Europa, de personas que vienen huyendo del frío implacable, sino muchos de los acentos que caracterizan las nacionalidades de América Latina, incluyendo el dominicano que también hace turismo en sus predios.

Una abuela paraguaya me confía que todos los años vacacionan en Punta Cana y sus alrededores. La familia, esparcida por otros países, se da cita en la playa y luego suelen seguir viaje para Miami, donde se pertrechan en sus surtidos malls, de ropas y otros enseres necesarios de mejor calidad y a precios asombrosamente módicos.

Cuando me pregunta mi nacionalidad, le garantizo “cubano de Miami”. “Qué pena por tus compatriotas cruzando selvas y fronteras”, apuntó la señora antes de seguir atendiendo a su nieto, un párvulo sumamente inquieto y agraciado.

Esta es la segunda ocasión que un chofer de apenas 25 años, encargado de trasladarnos al aeropuerto, al saber que somos cubanos, me hace partícipe de su devoción por el programa radial La Tremenda Corte, que se transmite diariamente en una emisora de Santo Domingo.

Algunos de los programas casi se los sabía de memoria y no escatimó elogios al humor de Trespatines.

Entonces recordé un capítulo donde el personaje interpretado por Leopoldo Fernández se expresa con total desenfado y buen humor sobre los turistas americanos que deambulan curiosos y divertidos por aquella Habana de entonces.

República Dominicana es un país de jóvenes laboriosos y alegres, empeñados en vencer obstáculos, que sienten mucha simpatía por sus vecinos cubanos. Saben que los de Miami viven en una meca del primer mundo diseñada para satisfacer sus placeres sociales y culturales de diversa índole.

La admiración por el legado de los cubanos en libertad se puede identificar al instante de establecer una conversación.

Los de Miami, quienes prefieren el verano ardiente para sus vacaciones en las playas cristalinas de República Dominicana, ya hacen sus reservaciones con Eduardo Castillo para descansar y dejar atrás el ajetreo laboral que les ha permitido triunfar y marcar pauta en la primera democracia de la humanidad.

 

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