Democracia y PolíticaÉtica y Moral

Ni estrategia ni principios

La impredecible apuesta de los populares yerra en todas direcciones

A un político se le puede perdonar cualquier error, salvo la torpeza. La política es un escenario resultadista en el que no hay grises y en el que las acciones se evalúan a partir de sus consecuencias. El marco es binariamente homérico: gloria o muerte, dentro o fuera, por lo que el que quiera aspirar a los matices sencillamente no debería jugar a este juego. Esto va de ganar y la misión principal del buen gobernante debería ser conciliar la practicidad con los principios. Sin pisar charcos, sin cometer errores no forzados y, a ser posible, exhibiendo cierta gracia en el decir y en el hacer. Maquiavelo apeló a la fortuna y a la virtud y todos los grandes gobernantes han sabido conciliar ambos extremos.

Sobre la crisis institucional de la izquierda hemos construido un género literario completo. La nula palabra del presidente, la conversión del Código Penal en moneda de cambio o la politización de las instituciones alertan, sin duda, de un debilitamiento de nuestros fundamentos democráticos. Una gran cuota de responsabilidad la tienen el PSOE y sus socios y, en efecto, este último ciclo exhibe un salto cuántico en los excesos iliberales. Sin embargo, nos equivocaríamos si creyésemos que la erosión democrática le debe todo a la izquierda. De ser así, el momento crítico de España quedaría súbitamente reparado en el momento en el que se ejerciera, más tarde o más temprano, la alternancia política.

En la noche del pasado sábado trascendió parte del contenido de la negociación que el PP estableció con Junts durante el mes de agosto. Fuentes del partido han hecho saber que durante veinticuatro horas se valoró la posibilidad de conceder la amnistía aunque se descartó y admitió, como posible vía transitable, la concesión de indultos. Por si fuera poco, dichas fuentes también se aventuraron a fijar posición sobre la eventual conexión entre Puigdemont y el terrorismo, una relación que corresponde juzgar en estricta exclusividad a los tribunales.

La impredecible apuesta de los populares yerra en todas direcciones, en la estratégica y, lo más importante, en la que atañe a los principios. Sobre la estrategia ya vimos al PP naufragar en una campaña desastrosa el pasado 23-J y ahora, a una semana de las elecciones gallegas, alguien ha creído oportuno tener un rapto de sinceridad. Lo más grave no es ni siquiera la componenda práctica, sino la ausencia de asideros morales que podrían hacer digerible un tráfico de privilegios políticos con la excusa de una hipotética reconciliación en Cataluña.

España lo que necesita es una defensa del imperio de la ley que sitúe a Puigdemont y a cualquier otro político en la misma posición formal y material que la del más humilde de nosotros. Si de lo que se trata es de comprar más caros o más baratos los apoyos, la democracia ya no tendrá quien la defienda.

 

 

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