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De Álvarez Guedes a Facundo: el humor que disgusta al régimen cubano

Las autoridades no quieren chistes contra sus dirigentes.

El régimen cubano no tiene sentido del humor. Eso indican los últimos acontecimientos alrededor del actor Andy Vázquez, censurado y expulsado del popular programa humorístico de la televisión estatal Vivir del cuento.

Su personaje, Facundo Correcto, el presidente del Consejo de Vecinos del barrio donde se desarrolla el programa, «desapareció» sin explicación en la nueva temporada, y los cubanos reaccionaron con tristeza y molestia.

Vázquez ha sido expulsado de la Televisión y del Centro Promotor del Humor, a raíz de un vídeo suyo acerca del fracaso de la inauguración del mercado de Cuatro Caminos en La Habana, el 15 de noviembre.

«Andy lo que [hizo fue que] usó el programa y el personaje que hace en función de un criterio personal. Y eso llevó a que se tomara una decisión con su participación dentro de la temporada que ahora se graba», así justificó la sanción el director del canal Cubavisión, Rafael Pérez Insúa.

Vázquez no fue restituido a pesar del clamor popular y del apoyo de todos los integrantes del programa, encabezados por Luis Silva, el humorista que interpreta al personaje principal, Pánfilo.

«A los que hay que sancionar es a los que ya tienen el Mercado ese, y todos los demás, vacíos, desabastecidos», dijo Silva.

La expulsión de Vázquez ha derivado en un debate en el cual el programa mismo está en el foco de la polémica. «Vivir del Cuento sirve más a los enemigos de la Revolución que a los que la defendemos», dijo la funcionaria del MINCOM Tamara Dovale Moisés.

No es la primera vez que el humor es escrutado por las autoridades. En agosto, el diario oficial Granma se quejó de que el humor cubano ha convertido en «blanco predilecto» del «ridículo» a los funcionarios, acusó a los humoristas de engendrar en el público «repulsa y burla» hacia estas personas y pidió «reírse un poco más» de otras figuras que identifica como el «maceta, el que roba, el contrarrevolucionario, el simulador, el vago».

«¿Será que tendremos, próximamente, chistes topados?», escribió Luis Silva en respuesta a Granma, haciendo referencia a la campaña nacional impulsada por el Gobierno para topar los precios de los productos y servicios privados.

«El humorismo señala, resalta y satiriza todo lo que frena el desarrollo y está en contra del sentido común: tanto en lo ético, lo moral, lo costumbrista y hasta en las tradiciones, sino en lo económico, lo político y lo ideológico», manifestó el humorista Ulises Toirac.

El realizador Eduardo del Llano también reflexionó al respecto: «El humor es, desde su esencia, subversivo. Cualquier intento de domarlo generará resultados mediocres y, a la vez, nuevas sátiras acerca del domador».

Ya en junio de 2019 Toirac se había lamentado de cómo el humor cubano está a expensas de las decisiones del Estado, que controla los medios de comunicación, en específico la televisión, y cómo «lo que ayer era publicable» puede convertirse al otro día en algo «sencillamente ‘contrarrevolucionario'». Para Toirac, «esto de plano pone serios límites al humor».

Tampoco se puede hacer chistes con los dirigentes, aunque se trate de uno fallecido como Fidel Castro. Así lo expresó en 2017 el director Ricardo Isidron a la revista Vice: «En sus vidas privadas, los cubanos hacen chistes sobre Castro… pero no en público. Los comediantes tienen que ingeniárselas para contar chistes sin mencionar nombres».

La llegada de Fidel Castro al poder marcó en Cuba un cambio en la escena humorística. Uno de los primeros afectados fue Leopoldo Fernández, el popular comediante del programa radial La tremenda corte, conocido por su personaje «Tres Patines».

Una anécdota atribuida a Tres Patines habla del día en que, durante una temporada en el antiguo Teatro Nacional de La Habana en 1961, Pototo y otro actor revisaban un archivo de fotos de los presidentes de Cuba para instalarlos en la pared. El otro actor mostró una foto de Batista y Leopoldo le dijo: «A este lo botas…» El actor siguió sacando diferentes figuras de políticos con la invariable respuesta del comediante: «A este también lo botas…» Finalmente, el ayudante sacó una foto de Fidel Castro. Leopoldo la miró, la mostró al público y dirigiéndose a la pared, dijo con su habitual socarronería: «Déjame que a este lo quiero colgar yo…»

El chiste, que en su momento tuvo gran difusión y fue repetido en todas partes, concluía afirmando que esta frase fue la que obligó a su detención y posterior salida de Cuba hacia el exilio en ese mismo año. Pero la historia fue desmentida después en Miami por el mismo Fernández: «Caballero, si yo hubiera hecho y dicho aquello, no estaría ahora aquí contando el cuento…»

De cualquier manera, fuese real o solo una leyenda urbana, la policía de Castro clausuró el espectáculo teatral de La tremenda corte y las presentaciones de Pototo y Filomeno de forma definitiva.

A inicios de 1962, el medio artístico cubano sufrió un fuerte revés cuando el régimen incautó la radio CMQ y canceló todos los programas de humor que esta emisora realizaba. La situación propició que la nómina principal de La tremenda corte emigrara a EEUU.

Allí también emigró en 1960 otro humorista vetado en la Isla, Guillermo Álvarez Guedes, un icono de la cultura cubana en el exilio, cuyos chistes, muchos de ellos de matiz político, son parte del imaginario popular cubano dentro y fuera de Cuba.

Como recuerda el periodista independiente Iván García, los primeros años de la revolución «la policía política perseguía y prohibía a los humoristas, quienes desde la risa criticaban el ajetreo diario dentro del manicomio verde olivo».

«Se llegaba a los extremos. Una tarde, me contaba un reportero jubilado, se efectuó una reunión urgente en las oficinas del periódico Granma, órgano del Partido Comunista, para ventilar y analizar una errata acaecida en la tirada del día anterior. En una columna de noticias breves, un humorista había dibujado la calavera de un pirata y cuando usted miraba a trasluz, coincidía en el pecho de una foto de Castro”, relata García.

«Los censores ideológicos nunca tuvieron mucha imaginación. Al pobre rotulista lo interrogaron los sabuesos de la contrainteligencia, buscando una doble lectura que él por su madre juraba no preconcibió», cuenta.

En los años 60 se creó la Comisión de Censura, y los humoristas no eran excepción en esta casería de brujas. «En sus actuaciones, mientras el público reía, un ceñudo agente de los servicios especiales tomaba nota de las bromas supuestamente lesivas ‘a figuras e instituciones de la revolución'», relata García.

La censura no puede borrar el talento ni impedir que este trascienda. Aunque los medios oficiales en la Isla no ponían sus chistes, los cubanos disfrutaban en fiestas y reuniones familiares de las grabaciones prohibidas de Álvarez Guedes, quien murió en la Florida en 2013, sin volver a pisar su país.

«Una pena que así sucediera. Fue cubano por los cuatro costados. Hizo un ejercicio magistral de cubanía durante toda su vida. No pocos artistas crecimos escuchando sus casetes y discos. Tuvimos que aprender a quererlo y admirarlo en la distancia. Pero fue inevitable que disfrutáramos de su obra, aunque fuera por vías no oficiales. Fue un amor prohibido, pero ahí está. Como igual pasó con Leopoldo Fernández (Tres Patines). Incluso cosas igualmente dolorosas han sucedido con humoristas cubanos que viven en Cuba, que han estado durante tiempo olvidados y las nuevas generaciones han tenido que redescubrirlos mucho tiempo después, como el caso de Héctor Zumbado. (…) Creo que todo lo que podamos hacer para preservar ese patrimonio, que es nuestro, siempre será bueno», declaró el actor y comediante Osvaldo Doimeadiós en entrevista con el periodista Luis Leonel León.

Muchos humoristas de la Isla se confesaron admiradores de la obra de Álvarez Guedes, como recoge un video realizado por OnCuba tras la muerte del comediante.

«No fue un comentarista político, pero su humor contó frecuentemente una historia popular de cómo sus coterráneos manejaron la realidad vivida en el exilio, una realidad teñida por la carga política que inevitablemente traía la condición de expatriados», opinó el articulista Albert Sergio Laguna en DDC.

Con esa jocosidad que lo caracterizaba, Álvarez Guedes también imaginó la caída (del régimen) de Fidel Castro, algo que lamentablemente no llegó a ver.

 

 

 

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