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Democracia Cristiana en Venezuela: un nuevo aniversario

 

En Venezuela ha llegado la hora del triunfo de la verdad democrática frente a la mentira totalitaria. Para ello, debe partirse del reconocimiento de que toda agenda futura para los sectores democráticos debe comenzar por tomar en cuenta el daño antropológico causado por tantos años de desidia, de abandono de ideas, de destrucción institucional, de degradación de la moral y de las éticas tanto públicas como privadas. Y en la lucha por el rescate de nuestro sentido como nación, rescate tanto material como ético, los demócrata-cristianos tenemos una responsabilidad insoslayable.

Ya la tuvimos, y cumplimos, durante la gesta del 23 de enero de 1958, y de los debates que se dieron en los meses posteriores para la conformación de una unidad nacional, más allá de los partidos, con el fin de constituir un gobierno civil y democrático surgido de las elecciones a fines de ese año. Al final, se produjo el llamado Pacto de Puntofijo, inicio de los cuarenta años de república civil que, con todo y sus fallos, han sido los momentos de mayor avance de nuestra historia post-independencia.

Así como puede señalarse que no hay república civil sin el espíritu del Pacto de Puntofijo, del mismo modo no es exagerado afirmar que no podría haber habido Puntofijo sin Democracia Cristiana, es decir, sin COPEI. En ese momento COPEI estuvo a la altura de los retos planteados.

Esa generación fundadora, alejada de las dos modas ideológicas predominantes a mediados del siglo pasado, la marxista y la liberal, simultáneamente a la creación y desarrollo de instrumentos partidistas, elaboró propuestas, visiones de país. Debatió. Soñó con una sociedad mejor, democrática, pluralista, republicana, porque el reto de un humanista cristiano es siempre actuar con base en ideas; la acción debe seguir al pensamiento, y no viceversa. Y tal reto, en la Venezuela que lucha contra la tiranía, está más presente que nunca.

La unidad y pluralismo son siempre parte fundamental del mensaje humanista cristiano. Por ello, hay que rescatar entre los distintos grupos que se denominan socialcristianos, una sana y realista voluntad de compromiso y de negociación; nada de arrebatos caudillistas. Unidad es la palabra del día.

A tal efecto, se debe recibir muy positivamente la iniciativa de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), de impulsar un Consejo Superior de la Democracia Cristiana venezolana, para lo cual se hizo un evento inaugural el pasado lunes 20 de enero.

Para que ella fructifique es necesaria una voluntad de diálogo que, en la reconstrucción nacional, debe también activarse fuera de las fronteras demócrata-cristianas.

El diálogo no entre élites, sino entre todos los sectores de la sociedad castigados por tantos años de desgobierno, hay que promoverlo de nuevo en Venezuela tanto por razones políticas como morales: quien se mantiene en la ruta chavista pavimenta un camino de servidumbre.

Por ello, debe rechazarse todo atisbo o intento de colaboración con la tiranía de parte de las fuerzas opositoras, democristianas o no.

Asimismo hay que darle prioridad a una profunda reconstrucción institucional.

Podría afirmarse, grosso modo, que lo contrario a la institucionalización estatal es el caudillismo extremo, de lo cual, en América Latina, hemos tenido por desgracia demasiados ejemplos. Ello ha llevado al hecho concreto de que, a mayor caudillismo, mayor debilidad del sistema de partidos, componentes importantes de una democracia. En nuestro país, a partir de 1999 se abrieron las compuertas para una democracia centrada en el líder, más que en las instituciones –como los partidos- encargadas de fortalecer el rumbo democrático.

Un tema institucional prioritario es la asunción de los problemas éticos derivados de una sociedad con profundos arraigos materialistas y un egoísmo individualista. El centrarse exclusivamente en el yo, un yo que ha tenido que buscar sobrevivir como fuera en medio de la deshumanización y daño antropológico chavistas, debe trascenderse, debe dar paso a la noción de persona humana, y al apoyo y promoción sostenidos de una rica red de sociedades y cuerpos intermedios.

La Doctrina Social de la Iglesia puede sernos de gran ayuda al respecto: el principio capital es que la persona es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales (Mater et Magistra). Solo así podemos hablar con seriedad de una política social solidaria, no manipuladora. Y no es solamente un asunto estatal: todos debemos contribuir con nuestros propios recursos al ejercicio de la solidaridad, que es válido sólo cuando todos nos reconocemos unos a otros como personas, como semejantes, no como instrumentos a explotar (Sollicitudo Rei Socialis).

La centralidad de la persona en el debate sobre una democracia fundada en los aportes del humanismo cristiano puede condensarse, de acuerdo con algunas de las posiciones fundamentales del fecundo ideario del personalismo cristiano, en tres primacías: a) primacía de la persona y con ella de la sociedad frente al Estado; b) primacía de la persona y con ella del trabajo frente al capital; c) primacía de la persona y con ella de la ética frente a la política, cuando esta última conduce, maquiavélicamente, a una actividad socio-económica ciudadana dependiente casi exclusivamente del Estado y centrada en maneras corruptas incansablemente impulsadas por el chavismo.

En lo económico, ante la destrucción material, moral e institucional realizada por el llamado socialismo del siglo XXI, que no es otra cosa que narcosocialismo, apoyamos la defensa de la legítima propiedad privada, dentro de un esquema centrado en los principios de la Economía Social de Mercado, con un Estado no burocratizado, amorfo y sobre extendido, sino una estructura especializada, competente y fuerte que se integre armónicamente en el estado de derecho.

Claramente vinculado a lo anterior: la derrota de la pobrezala generación de riqueza, acabando con el paternalismo misionero.

La lucha contra la pobreza y por la generación de riqueza, tomando como pilar la colaboración permanente entre las instituciones privadas y el Estado democrático, se debe llevar a cabo destacando dos conceptos fundamentales del pensamiento social cristiano: la solidaridad y la subsidiariedad. Según esta última, el Estado solo debe cumplir aquellas funciones que los ciudadanos, los particulares, no están en capacidad de realizar. En el caso venezolano, otro tema fundamental ligado a lo anterior es cómo promover el cambio participativo y promotor de justicia social en uno de los petroestados más antiguos del planeta. Dilucidar lo peculiar de la economía política de un régimen híbrido como el venezolano es esencial. ¿Cómo pasar de una sociedad rentista a una sociedad no rentista? ¿Cómo establecer un sano equilibrio entre oportunidades económicas, sociedad civil y libertad política?

Los demócrata-cristianos debemos defender una audaz, pero realista, visión de futuro. Hacia una transición centrada en un respeto al orden jurídico-constitucional, bajo una conducción sinceramente democrática, y alerta para conducir los conflictos entre las ambiciones y las obligaciones de los actores institucionales. Un futuro gobierno que sume y no que divida, que entienda que las dificultades no son meramente administrativas, tecnocráticas o burocráticas, y que se debe trabajar para desmontar la cultura de la violencia, la pasión por la división y el odio. Un liderazgo realmente defensor de los derechos humanos, y de las violaciones a los mismos, dentro y fuera del país.

Todo ello en la búsqueda del cambio político más profundo, participativo y transformador de la historia de Venezuela. Eso desean fervientemente la casi totalidad de los ciudadanos, más desamparados que nunca; a ello debemos contribuir, bajo un espíritu de unidad, los demócrata cristianos.

 

 

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Un comentario

  1. Dado muy buena parte de mi formación como demócrata cristiano la debo a las enseñanzas de maestros D.C. venezolanos,me complace mucho esta publicación.
    La Democracia Cristiana es una vía propia,independiente,equidistante de dos corrientes distintas: el neo-liberalismo conservadurista ,egoísta y por ende nada humano y el marxismo ,que nace para oponerse a esa primera opción,pero termina siendo tan inhumano como lo que dice combatir .
    Debe reconocerse-sin embargo que el signo D.C ha cometido muchas equivocaciones de interpretación de la doctrina que le cobija en varios países .
    Por esa razón ha decaído profundamente como opción,pero siempre tiene la oportunidad de levantarse. de erguirse sobre sus propios talones para superar estos estadios y recomenzar la tarea que aguarda.
    Tengo la esperanza de que no he de irme de la superficie del planeta Tierra sin antes ver rejuvenecer partidos de signo D.C. que sirvan e plataforma a los cambios de timón que urge la Humanidad si en verdad desea pervivir sobre el planeta.

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