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De Nixon a Rajoy: mil maneras de perder en política

1457618142_410383_1457619013_noticia_normal_recorte1Richard Nixon se inclina ante John F. Kennedy durante un debate entre los dos por las presidenciales de 1960. Perdió contra él, pero cuando volvió a conseguir la candidatura republicana y ganó las elecciones, las cosas no le fueron mucho mejor. Getty
 En la política lo normal es perder y la norma es sobrevivir. La clave, y lo que los políticos prefieren que no se estudie demasiado, es cómo se concilian estos dos polos. “Ser un perdedor político es algo lleno de matices, no se puede utilizar de un modo absoluto”, explica el profesor de Politología de la Universidad Carlos III de Madrid Pablo Simón. También el periodista Manuel Jabois considera la polisemia del término: “Me parece más perdedor el político que llega al poder y no logra cumplir sus promesas electorales que el derrotado”. La veterana periodista Victoria Prego, testigo clave en la Transición, afirma que perdedor es el que se queda fuera de la escena: “Hay algunos que son coyunturales y otros más estructurales”, matiza.

El más mediático y memorable ejemplo de político derrotado es Richard Nixon. Primero fue en las elecciones de 1960, en las que no logró la presidencia que todo el mundo aseguraba que ganaría él y no John F. Kennedy. Trabajador abnegado y hombre perseverante donde los hubiera, Nixon no sólo logró ser el primer derrotado en repetir como candidato a la Casa Blanca, sino que ganó las elecciones de 1968 y fue reelegido cuatro años más tarde. Pero la historia terminó ahí. En 1974, el caso Watergate le obligó a dimitir. Se convirtió así en el primer presidente estadounidense que salía con vida de la Casa Blanca sin acabar un mandato. Su despedida, incómoda, sin precedentes ni protocolo, dejó sin embargo una imagen icónica. Nixon le decía adiós a su equipo en el jardín de la Casa Blanca, frente a un helicóptero que iba a llevarle de vuelta a la vida de civil. En la escena, retransmitida por la televisión nacional, se ve a Nixon vacilar un segundo frente al helicóptero, como asumiendo que los legados se resumen en imágenes y este iba a ser el suyo. Entonces se vuelve a su personal, lanza la mano derecha al aire con el gesto de la paz y, al recibir un aplauso, repite el gesto con las dos manos. Su ademán de amargura se derrite en una sonrisa. Ha perdido como nadie, pero, por otro lado, nadie ha perdido como él.

Una derrota incluso puede ser un paso para entrar con letras doradas en los libros de historia. El primer presidente de nuestra actual democracia, Adolfo Suárez, hoy da nombre al aeropuerto de Madrid, pero en su día nunca gobernó con mayoría absoluta, y el acoso y derribo que sufrió durante sus años en el poder le precipitó a una dimisión ignominiosa. No tanto como Nixon, pero… “Fue denostado por todos, pero el paso del tiempo hizo que ocupara el puesto que merecía en las primerísimas filas de la historia de España”, asegura Prego. Simón lo explica más a fondo: “En el libro Anatomía de un instante, que disecciona el 23-F, Javier Cercas utiliza el concepto de héroes en retirada. Son aquellos que se ven obligados por las circunstancias a hacer un acto de traición”. Casi siempre, a estos héroes les salva el paso del tiempo. “El mito político se construye desde la nostalgia, cuando la figura ya no puede hacer daño”, asegura. Esto mismo ocurrió con el canciller Helmut Kohl, que lideró el proceso de unificación alemana; tras la derrota y dimisión del partido, en 1998, empezaron a lloverle reconocimientos, como el Premio Príncipe de Asturias o el de Ciudadano de Honor Europeo.

También el senador de Arizona John McCain sea probablemente más célebre hoy que antes de perder la carrera a la Casa Blanca ante Barack Obama en 2008. En realidad fue más popular tras la derrota que en campaña: nada más conocer los resultados, el entonces candidato republicano se dirigió a los medios con militar entereza y pronunció un memorable discurso de despedida. El éxito [de Obama] merece todo mi respeto por su talento y perseverancia”, comenzó. “Pero, el que lo haya logrado alimentando a la vez las esperanzas de tantos millones de estadounidenses que erróneamente creían no tener poder alguno a la hora de elegir a un presidente en EE UU es algo por lo que le admiro profundamente”. Sonoros aplausos. Posteridad ganada. McCain acababa de salvar el obstáculo más inmediato que amenaza a un perdedor: el castigo por ostracismo. La exclusión que le espera a las personas incómodas para las instituciones. Un miedo que en España es prácticamente desconocido. Los perdedores condenados al destierro político son un rara avis en nuestro país, aunque la memoria de Victoria Prego sí da con un ejemplo: “La derrota del Partido Liberal [que se fundó y disolvió dos veces a partir de 1977]; aunque Joaquín Satrústegui [su fundador y presidente] asumió su derrota, sus ideas acabaron triunfando”. Finalmente, el Partido Liberal fue absorbido por una de las complejas agrupaciones de partidos políticos de la Transición. Su historia es una excepción en el páramo y Pablo Simón conoce el motivo por el que los políticos tienden a perpetuarse: “Apartar al líder de los partidos históricos en nuestro país requiere casi de una conspiración interna”.

El líder apartado, no obstante, tiene sus salidas. Muchos optan por reciclarse, mudarse a un nuevo campo donde nadie los ha derrotado todavía. “A menudo los candidatos estadounidenses perdedores abrazan determinadas causas y utilizan su prestigio para promoverlas”, apunta Simón. Se refiere a renacidos como Jimmy Carter, galardonado con el Nobel de la Paz por su servicio a causas humanitarias. Otro perdedor reconvertido, también galardonado con el Nobel de la Paz, fue Al Gore. Derrotado por George W. Bush en 2000, empleó su prestigio para defender la causa medioambiental y protagonizó el documental Una verdad incómoda. La cinta se llevó un Oscar y es hoy ejemplo de todo lo bueno que se puede lograr tras una derrota.

España es, una vez más, una excepción a la norma. “Hay casos de políticos nacionales que se han dedicado luego a sus negocios, como Abel Matutes”, recuerda Prego haciendo un esfuerzo. Nuestros líderes, asegura, no son intercambiables: “Esos movimientos surgen en sociedades civiles fuertes, poderosas y activas, pero nos falta mucho por madurar en democracia”. Simón reconoce como habitual la asunción de puestos tecnocráticos europeos, como Joaquín Almunia, candidato socialista que sucedió a Felipe González para las elecciones de 2000 y fue derrotado en las elecciones contra Aznar. “No sabemos qué presidente habría sido, pero sí estamos todos de acuerdo en que le fue muy bien al frente de la cartera de Competencia en la Comisión Europea”, opina Prego. Pero no lo suficiente como para que, cuando uno escribe Almunia en el buscador de Google, aparezca el político antes que el exportero del Arsenal del mismo apellido.

Yanis Varoufakis fue un ministro de Finanzas cuyas ideas políticas nunca llegaron a aplicarse ni mucho menos a salvar a su país, Grecia, de un corralito. Poco después, dimitió. A pesar de lo dramático de su final, pocos le consideran un fracaso como gestor público. “Varoufakis, en realidad, no me parece un perdedor”, opina Jabois. A su modo de ver, el exministro acabó devorado por el personaje que los medios dibujaron de él: “Es un político muy de portada de Rolling Stone, de fans, pero no todo es salir al escenario con el micrófono. En política también hay un despacho con un ejército de funcionarios encorbatados con los que discutir decretos, y Varoufakis contrasta”.

Si la derrota es negra y la victoria, blanca, la resistencia es gris. La historia política, desde Winston Churchill, que se puso al frente de la Inglaterra de la II Guerra Mundial tras 15 humillantes años en los que fue considerado un activo tóxico en política, está llena de nombres cuyo éxito se basó en la perseverancia. Ahí sí que tiene España ejemplos a raudales. “Aznar, Rajoy, Felipe González… Todos repitieron candidatura. Es una regla no escrita: si estás al frente de los dos grandes partidos, tarde o temprano te llegará la oportunidad”, cuenta Simón. De ahí que la emergencia de nuevas formaciones haya atascado tan profundamente el sistema político vigente. Tanto Pablo Iglesias (Podemos) como Albert Rivera (Ciudadanos) resultaron perdedores en las elecciones generales del 20 de diciembre, pero han logrado que sean el PP y el PSOE los que parezcan derrotados.

España ha empezado 2016 políticamente paralizada. Mientras, los dirigentes de los principales partidos juegan a un juego de percepciones para parecer ganadores y no dejarse encuadrar como perdedores. El presidente en funciones, Mariano Rajoy, es quien suma más papeletas para ambos títulos. “Si consigue burlar el asedio casi judicial de su partido y se sienta de nuevo en la Moncloa, será un ganador premium”, calcula Manuel Jabois. Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, por su parte, tiene que lidiar con la imagen de que es el gran perdedor en las urnas. “Los medios y su propio partido le han colocado en ese lugar. Ha sacado el peor resultado del PSOE y, sin embargo, es el mejor situado para gobernar”. Iglesias, mientras, se ha autoproclamado ganador desde su irrupción en la política. “Pide la luna, y como no se la van a dar, quizás se pueda quedar con un par de nubes”, ironiza Jabois.

Sólo un candidato a la presidencia se ha declarado perdedor: Alberto Garzón, líder de Izquierda Unida. Y precisamente eso lo ha convertido en un pequeño ganador. “En Ciencia Política se habla del efecto underdog, la compasión que inspira un candidato o partido cuando se sabe con seguridad que perderá”, explica Simón. Al final, Garzón fue el político más apreciado en las redes sociales durante la campaña. Él ganó perdiendo, como los derrotados que al final de la película demuestran que la victoria que cuenta es otra. Al fin y al cabo, no hay nada más honesto, humano y raro que un perdedor sin concesiones. Alguien que mira alrededor y lanza su mano al aire con el gesto de la paz.

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