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Diario de la cuarentena (19): Llamadas telefónicas

Desde hace 19 días, el síndrome del miedo al teléfono se ha disparado. Al primer repique, me abalanzo sobre el aparato

Nunca me ha gustado el teléfono. Su sonido me da miedo. Adivino en cada repique un marrón, una mala noticia, una equivocación. Y si el número es desconocido, todavía más. Prefiero el guasap, a pesar de sus interminables notas de voz, sus grupos sociales y sus avisos intempestivos. Convivo con él como si de un herpes se tratara: con resignación.

En el entorno de las personas que me importan, las noticias nos las damos de viva voz. De resto, por escrito. Entrenados durante años a temer a las llamadas de madrugada —así se enteraba la gente en Venezuela de los golpes de Estado—, mi familia, que vive desperdigada ahora por medio mundo, se manifiesta con más sigilo y lentitud.

Este o aquel timbrazo, dependiendo de la hora, podría ser el aviso de un infarto o un secuestro. Y, desde que apareció el coronavirus, de una hospitalización. Un “llama si quieres” despeja el camino. Lo hace todo más sencillo.

Desde hace ya 19 díasel síndrome del miedo al teléfono se ha disparado. Al primer repique, me abalanzo sobre el aparato —no importa cuán cerca esté— y compruebo quién es. Nadie de mi familia, respiro. En la mañana llaman muchos responsables de prensa, para saber si he recibido esta o aquella nota, a veces. El problema es la noche.

La vida de la cuarentena se parece bastante a la explicación que ofrecía Hemingway de lo que un buen relato debe ser: un iceberg

Distribuyo mi jornada entre el despacho, reservado para las horas de luz natural, y el sofá, que elijo para ver la puesta de sol y continuar escribiendo hasta ya entrada a noche. Antes de irme a la cama, llevo el móvil conmigo a la habitación y lo cargo en el enchufe junto a la puerta.

Desde que se declaró el estado de alarma, subo el sonido al máximo y me escondo bajo el edredón. Entonces comienza el tiovivo a girar. ¿Y si sonara ahora? ¿Y si llamara mi madre diciendo…? ¿O si a mi padre le llegara a pasar…? ¿Y si mi hermano? Dios, él es asmático…  Asfixiada por mis propias hipótesis, me arranco el nórdico. Pero es peor el remedio. Cuando me cubro, al menos evito las luces de la calle, que disparan al roedor de mis miedos.

La vida de la cuarentena se parece bastante a la explicación que ofrecía Hemingway de lo que un buen relato debe ser: un iceberg. Lo que se ve es siempre menos que lo que queda oculto bajo el agua. De tanto guante, mascarilla y desinfección, me he obsesionado con lo que permanece oculto, con lo invisible. Desde microorganismos que pasan desapercibidos y se cuelan en los envases de zumo de tomate como los aqueos en Troya hasta la tos imaginaria que no da tregua a mi imaginación.

El teléfono continúa junto a la puerta, silencioso, agazapado, listo para pegar el salto. No me muevo, me hago la muerta, para que pase de largo moviendo su cola de tigre. Imagino las hojas del jardín caer en pesadas junto a la carreta de flores del jardín de la casa vieja. Pienso en el movimiento que hace el pecho de mi padre al dormir e incluso hasta reconstruyo el ritmo de las válvulas de su corazón. Paso revista al cuerpo de hielo que no alcanzo a ver bajo la punta del Iceberg. Me muevo por mi vida como un trasatlántico en la costa Terranova: siempre a punto de chocar. En medio de la oscuridad, sigo imaginando el sonido de las llamadas que alguien hace,  allá abajo, en el fondo del mar. En esa vida que no alcanzo a ver.

 

 

 

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