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Diario de la cuarentena (78): Feliz cumpleaños, Clint

A la una de la tarde de este domingo nublado, los mejillones con guindilla hacen chup-chup en la cazuela, mientras Clint Eastwood empuña una Luger...

Treinta y uno de mayo, último domingo del mes y número doce del estado de alarma. Mi padre y yo jugamos al ajedrez mientras vemos en el canal TCM el maratón dedicado Clint Eastwood, que hoy cumple 90 años. Me hace feliz esta estampa discreta y generosa. Eso que te da la vida cuando puedes vivirla.

Asomarse a Clint Eastwood es una manera de contemplar una forma de masculinidad. Quienes me conocen saben que llamo a mi padre el Gran Gran Capitán, porque lo es. Este año cumplirá 82 años y cada semana bebemos cervezas y vinos. El Coronavirus nos lo puso difícil, pero ahora podemos desquitarnos.

Mi padre es el espejo y el mariscal de lo que me gustaría ser alguna vez en mi vida: alguien a quien nunca he visto de mal humor, un optimista y trabajador por naturaleza, impulsivo y emocional (como yo) y un hombre lo suficientemente afortunado como para encontrar a mi madre, el contrapunto de sus defectos. Son como el Sense & Sensibility, de Austen. Y por eso me gustan.

A la una de la tarde de este domingo nublado, los mejillones con guindilla hacen chup-chup en la cazuela, mientras Clint Eastwood empuña una Luger, el arma que más me gusta con el máuser, quizá porque fue de las primeras que vi. La Luger es el precedente de la Parabellum, una de las armas más bellas que he visto. Es elegante y preciosa, como un objeto de diseño.

 

A la una de la tarde de este domingo nublado, los mejillones con guindilla hacen chup-chup en la cazuela, mientras Clint Eastwood empuña una Luger…

“Mira, papá… ¡La Luger, como la que vimos en el museo naval!”. Mi padre asiente y bebe de su botellín sin alcohol y sigue mirando la peli sin mover su peón, al que mi caballo amenaza. El tablero del ajedrez permanece congelado. No hay nada que pueda competir con Clint Eastwood. Nada, y lo entiendo.

El día está nublado. El sol viene y va, inconstante. Huele a guiso y resuenan disparos de utilería. Me gusta escucharlos. Siento que vuelvo a cumplir diez años y que en aquella Caracas lejana, mi padre saca brillo a sus armas de caza y sus sables. Lo hacía todos los domingos. Me gustaba mucho ese olor  a aceite y el sonido del cargador. Es mi infancia.

Veo pelis de tíos porque me gustan, quizá por imitación, de la misma forma en que me gustan la ópera, el ballet y la música, porque a mi madre le gustaban. He cumplido 38 años, la edad que tenía mi mamá cuando me trajo al mundo. Esta mañana de domingo me siento afortunada por el chup-chup de los mejillones y las frases lapidarias de Clint Eastwood.

La vida era eso, algo tan simple como el vapor de los fogones y los domingos sencillos de estar juntos. ¿Y sabe qué, lector? Me siento afortunada, porque los míos y yo estamos vivos. Treinta mil familias no pueden decir lo mismo.  Hoy Clint Eastwood cumple 90 años, nosotros estamos vivos.

 

 

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