Cine y TeatroCultura y ArtesJusticiaMarcos Villasmil

El cine en el banquillo

Luego de haber opinado sobre los mejores fotogramas finales de la historia y de llevar el cine al diván psiquiátrico, le toca el turno a un tema muy apreciado: la ética, las leyes y la justicia llevadas al juzgado. Sobre este tema el cine ha hecho un gran trabajo. De hecho, el drama en tribunales (courtroom drama), es un género con mucha tradición e influencia, al punto que el modelo de juicio anglosajón ha sido copiado por cinematografías de países que tienen sistemas de justicia muy diferentes.

Para la selección de las películas -veinte en total- utilizamos un criterio inicial simple: el juicio, la confrontación jurídica, tenía que ser el nudo de la película. Obviamente esto dejó por fuera buenas cintas como Young Mr. Lincoln, Awaara, o Presumed Innocent, entre otras.

No sorprende que al revisar la selección final encontremos algunos de los grandes directores, guionistas y actores de la cinematografía mundial, así como adaptaciones de notables obras literarias. El tema de la justicia -en su vertiente jurídica o no- forma parte fundamental de la condición humana y dada su importancia social, diversos temas que nos impactan a todos están presentes en estos filmes: racismo, dilemas morales, militarismo, antisemitismo, fanatismo y graves errores judiciales.

A continuación, las veinte películas finalistas, en orden cronológico. A cada una le hemos agregado dos afiches, en idiomas diversos, y el trailer respectivo:

 

LE PASSION DE JEANNE D’ARC (Carl Theodor Dreyer, 1928)

 

 

Esta película realizada en las postrimerías de la era silente es, sin lugar a dudas, una de las grandes obras maestras de la cinematografía mundial. Podría afirmarse que después de este film al Cine se le empezó a considerar como el Séptimo Arte.

La película se centra en el proceso por herejía al que sometieron a Juana de Arco, en 1431, en Rouen, Francia; que terminaría, en la hoguera, con la vida de la joven (19 años) santa.

 

 

Con una cinematografía esplendorosa en blanco y negro a base de close ups -más de dos tercios de la película son c.u.- y unos pronunciados ángulos de cámara, así como una actuación extraordinaria de María Falconetti, Dreyer consigue envolvernos en la intensidad del drama. Merece mención que la película se rodó lineal, en orden de secuencias, para facilitar la sinceridad de las actuaciones y sin maquillaje en los rostros a objeto de realzar la expresividad de los mismos.

 

 

 

FURY (“Furia” – Fritz Lang, 1936)

 

 

Spencer Tracy es de esos actores que uno siempre recuerda adulto, muy adulto, la mayoría de las veces de pelo blanco. Es que no existen filmes con Tracy menor de treinta años, ya que a esa edad debutó en el cine.

“Fury”, recibió una nominación al Oscar al Mejor Guion Original y gracias además a una magistral dirección de Fritz Lang (en su primer filme en los Estados Unidos, un estudio sobre qué es la justicia, la culpa y la venganza, y cómo una ciega furia se hace presente), vemos al joven Tracy mostrando una asombrosa capacidad para la metamorfosis –en este caso, un hombre civilizado e idealista que se transforma en un hombre despiadado-. No por nada, cinco años después, hará un notable “Dr. Jekyll and Mr. Hyde” junto a Ingrid Bergman y Lana Turner.

 

 

Para el crítico del New York Times es un filme “sobrio, maduro y penetrante”, el mejor drama cinematográfico de 1936. El guion –de Norman Krasna y Bartlett Cormack – es “una enciclopedia sobre la ley del linchamiento” (por entonces una institución norteamericana), y Lang decide usar con maestría la cámara para mostrarnos cómo se ve desde las perspectivas de la víctima, de la turba, de la comunidad, de la ley e incluso del público. Vemos “un linchamiento, su preludio y sus efectos, su frío horror, su hipocresía y su cruel estupidez”.

“Fury” es directa y vehemente, además de técnicamente brillante, donde sobresale una dirección excepcional, repetimos, de Fritz Lang, así como el grupo de actores que acompañan a TracySilvia Sidney, Walter Abel, Edward Ellis, Walter Brennan y Bruce Cabot-.

 

  

THE PARADINE CASE ( «Agonía de amor«, Alfred Hitchcock, 1947)

 

 

Alfred Hitchcock dirige este drama (“Agonía de amor”, en español) donde un abogado defensor litigante (barrister, en la parla jurídica británica; diferente al ‘solicitor”, que es el abogado que asesora y estudia el caso, pero que no va a juicio), se enamora de su defendida, acusada de envenenar a su marido.

El guion, basado en una novela de Robert Hitchens, fue adaptado por, entre otros, el productor Darryl F. Zanuck, Alma Reville (esposa del director británico), y el muy capaz y respetado Ben Hecht.

La pareja de actores protagonistas son Gregory Peck y Alida Valli, y el equipo de reparto es de primera línea, encabezados por Charles Laughton (el juez), Ann Todd (la esposa del abogado), Ethel Barrymore (quien por su papel fuera nominada al Oscar como Actriz de Reparto), Charles Coburn, Louis Jourdan y Leo G. Carroll.

 

 

Es interesante el hecho de que la crítica o bien adora el filme, o lo mira con desdén; no será la última vez que ello ocurre, pasa incluso con las mejores obras. Peck y Valli, que sobresalen en sus roles, no eran las opciones preferidas inicialmente, sino Laurence Olivier y Greta Garbo, nada menos. Es fundamental para la historia que la pasión desatada en el abogado sea creíble; quizá convenga recordar que Alida Valli es la enigmática Anna Schmidt en el magnífico filme “El Tercer Hombre”, de Carol Reed.

Reducida a una oración, la película es la narración de una trágica obsesión: Peck despliega toda su experiencia y conocimiento jurídico a fin de intentar salvar a la mujer de la que se enamora absolutamente. Una auténtica “agonía de amor”…

 

 

MIRACLE ON 34th STREET (“El Milagro de la calle 34”), George Seaton, 1947)

 

 

Si usted busca algo así como un “clásico de Navidad”, este es, amigo lector, uno de ellos. Un anciano llamado Kris Kringle (brillantemente interpretado por Edmund Gwenn) reemplaza a un Santa bastante ebrio en el desfile anual de Macy’s, la tienda por departamentos neoyorquina. Es tal su éxito que comienza a hacer apariciones regulares en el establecimiento, y todo marcha de maravilla, los niños lo adoran. Hasta el día en que, para sorpresa general, Kringle afirma que él es realmente Santa Claus. Y a la corte nos vamos, para determinar su salud mental y algo mucho más importante: ¿será cierto lo que él afirma?

 

 

En otros papeles estelares encontramos a la siempre encantadora Maureen O’Hara, a John Payne (su marido), y a una chiquita con un futuro brillante, Natalie Wood (su hija, y gran defensora de Kringle).

 

Natalie Wood y Edmund Gwenn

 

Edmund Gwenn (Londres, 1877 – Los Ángeles, 1959) fue un destacado actor británico de teatro y cine; George Bernard Shaw lo escogió para la producción original de “Hombre y Superhombre”, con tal éxito que actuó en otras cinco de sus obras. Por su papel como Kris Kringle Gwenn ganó el Oscar a Mejor Actor de Reparto (la película ganó tres premios de la Academia).

Se han hecho diversos remakes, pero no hay que equivocarse: esta ligera, encantadora y divertida versión no tiene igual. Repitámoslo: un clásico del cine.

 

 

-ADAM’S RIB (“La Costilla de Adán”, George Cukor, 1949)

 

 

¿Cuántas películas hicieron juntos Spencer Tracy y Katharine Hepburn? Nueve. Nine. Neuf. Neun. Y vivieron el “affaire” más largo en la historia de Hollywood: 26 años, solo interrumpido por la muerte de Tracy.

“Adam’s Rib” es la sexta película que filmaron juntos. Una magnífica comedia en la que ambos son abogados ubicados en lados opuestos de un caso de homicidio; él como fiscal, ella como defensora de una mujer acusada de intentar asesinar a su marido.

 

 

 

El guion está inspirado en unas circunstancias increíblemente reales: los abogados William Whitney y Dorothy Whitney (marido y mujer), representaron al actor Raymond Massey (“Arsénico y Encaje Antiguo”, “Al este del Edén”) y su futura ex-esposa Adrienne Allen en su divorcio; luego, ¡los dos Whitney se divorciaron y se casaron con los respectivos Masseys!

Todo un triunfo, está considerada una de las grandes comedias del cine norteamericano. Y sus dos protagonistas, no hay que insistir mucho en ello, son dos de los grandes actores de todos los tiempos.

 

 

THE CAINE MUTINY («El motín del Caine«, Edward Dmytryk, 1954)

 

 

Notable adaptación de la novela, ganadora del Pulitzer 1952, de Herman Wouk. Producida por Stanley Kramer, con un elenco encomiable encabezado por Humphrey Bogart, Fred MacMurray y José Ferrer, la película nos narra las incidencias a bordo de un dragaminas de la marina americana, el USS Caine, durante una serie de maniobras en el Pacifico, que conducirán a un par de oficiales a amotinarse contra el aparentemente inestable capitán de la embarcación y el posterior juicio por rebelión a que son sometidos.

 

 

A pesar de estar ambientada durante la Segunda Guerra Mundial jamas vemos al enemigo o escuchamos disparo alguno, el centro de la historia es el dilema moral que plantea el motín.

La cinta estuvo nominada a siete premios Oscar.

 

 

 

12 ANGRY MEN («12 hombres en pugna» o «sin piedad«, Sidney Lumet, 1957)

 

 

Opera prima de este estupendo realizador, le valió la primera de sus cuatro nominaciones al Oscar como mejor director. A diferencia de la mayoría de los courtroom dramas en que el grueso de la acción está centrada en la sala del juzgado, aquí dicho salón solo aparece brevemente al comienzo y al final, transcurriendo casi toda la película dentro del pequeño salón de deliberaciones del jurado.

La trama es muy sencilla: un joven de un barrio pobre es llevado a juicio por supuestamente haber asesinado a puñaladas a su padre. El juez informa al jurado -los doce hombres en pugna (o sin piedad; como la titularon en España)- que de haber “duda razonable” el veredicto debe ser no culpable y que si por lo contrario es hallado culpable será sentenciado a muerte. El jurado es “encerrado” a deliberar. Casi todos los miembros del jurado (once), por distintos motivos, quieren salir rápido del asunto para poder irse por lo que están de acuerdo en declarar al muchacho culpable; solo el número ocho (Henry Fonda, en otra gran actuación) tiene dudas y exige examinar la cuestión más a fondo. A regañadientes, sin más remedio ya que el veredicto ha de ser unánime, se enfrascan en la discusión y análisis la cual a su vez se convierte en una suerte de catarsis de los distintos complejos, frustraciones, prejuicios, etc., de cada uno.

 

 

Estuvo nominada a tres Oscar.

 

 

-PATHS OF GLORY («Senderos de Gloria» o «Patrulla Infernal», Stanley Kubrick, 1957)

 

 

Esta hermosa y dura película antiguerra estuvo prohibida durante años en Francia, Suiza y en los establecimientos militares de EEUU.

 

 

Kirk Douglas interpreta al coronel Dax, quien asume la defensa de tres soldados injustamente acusados de cobardía ante el enemigo tras un fracasado ataque del ejército francés durante la Primera Guerra Mundial. El general Mireau (George Macready), queriendo tapar su responsabilidad en la inútil matanza, convoca un consejo de guerra para enjuiciar y eventualmente fusilar a los soldados. Todo esto bajo la mirada atenta del cínico y amoral general Broulard (Adolphe Menjou).

 

 

WITNESS FOR THE PROSECUTIONTestigo de cargo«, Billy Wilder, 1957)

 

 

Tyrone Power, Marlene Dietrich y Charles Laughton lideran un reparto con secundarios de la talla de Elsa Lanchester, todos bajo la batuta del gran Billy Wilder (en su carrera, dos Oscar y 21 nominaciones) que escribió el guion basado en la obra teatral de Agatha Christie.

 

 

Leonard Vole (Power) es acusado del asesinato de una rica viuda la cual -casualmente- había cambiado recientemente su testamento en favor de Vole. El brillante abogado Sir Wilfred Robarts (Laughton) asume la defensa. Todo va bien encaminado para Vole hasta que la acusación presenta como testigo a su esposa, Christine (Dietrich). A partir de aquí sería un exabrupto contar mas de esta historia llena de giros hasta su gran y sorpresivo desenlace final (nota: no hay mayordomo).

Estuvo nominada a seis Oscar.

 

 

-ANATOMY OF A MURDER («Anatomía de un asesinato», Otto Preminger, 1959)

 

 

Con un elenco formidable, encabezado por esa estrella fulgurante del cine norteamericano, James Stewart, y la virtuosa puesta en escena de Preminger era imposible que esta adaptación de la novela de John D. Voelker no resultase en una extraordinaria película.

 

 

Frederick Manion (Ben Gazzara), teniente en una base militar de un pueblito en el norte de Michigan, EEUU, es llevado a juicio por el asesinato de un cantinero local. Laura (Lee Remick), su sensual mujer, recluta a un abogado provinciano, Paul Biegler (Stewart), para su defensa, la cual se centra en el hecho -cierto o no- de que el cantinero había violado a Laura. El juicio a medida que avanza se va haciendo cada vez más complejo, como los personajes que lo protagonizan. Lo único blanco o negro en este film es la propia película.

Nominada a siete Oscars.

 

 

INHERIT THE WIND («La herencia del viento«, Stanley Kramer, 1960)

 

 

 

Inspirada en un caso real de 1925, la película retrata el debate feroz entre el abogado ateo Henry Drummond (Spencer Tracy), defensor de un profesor de secundaria en Tennessee, EEUU, Bertram Cates (Dick York) y el abogado evangelista Mathew Brady (Frederic March).

Cates es acusado de enseñar evolucionismo (Darwinismo) en violación de una ley de Tennessee que prohibía la enseñanza de cualquier teoría que de alguna forma negase o contradijese la Divina Creación. Cabe señalar que en EEUU todavía casi el 50% de la población cree en el creacionismo.

 

 

Gene Kelly hace el papel de un reportero que no solo se encarga de que el caso reciba atención nacional sino también de traer a Drummond para la defensa.

Con Stanley Kramer produciendo y dirigiendo la altísima calidad del film estaba garantizada. Recibió cuatro nominaciones al Oscar, pero no a mejor película.

 

 

 

-JUDGMENT AT NUREMBERG (“El Juicio de Nuremberg”, Stanley Kramer, 1961)

 

 

Una obra maestra de Stanley Kramer que le hace justicia –valga el juego de palabras- a los juicios de los nazis en Nuremberg, Alemania.

Es 1948, y un juez americano, Dan Haywood (Spencer Tracy), llega a Nuremberg. Ya Hitler, Goebbels y Goering han muerto; los juicios más publicitados, los de los criminales de guerra más importantes, se han realizado. El filme recrea el juicio a los jueces, en 1947 (que asimismo fueron juzgados, como lo fueron también médicos y hombres de negocios). La fecha es cambiada por motivos histórico-dramáticos, para yuxtaponerla con el golpe checo de 1948 y el comienzo de la Guerra Fría.

 

 

Durante el juicio, cuatro jueces nazis son juzgados por tres jueces norteamericanos. Los defiende un abogado alemán (interpretado por Maximilian Schell, ganador del Oscar a Mejor Actor; Spencer Tracy fue también nominado). Richard Widmark es un fiscal traumatizado por lo que ha visto en los campos de concentración.

El guion, de Abby Mann (ganador del Oscar por este trabajo), confronta algunas de las preguntas más importantes sobre uno de los momentos más sensibles de la historia: el Holocausto. ¿Qué significa la palabra responsabilidad? ¿Los oficiales de alto rango solo obedecían órdenes, y de ser así, era ello razonable? ¿Los ciudadanos alemanes de a pie sabían lo que estaba ocurriendo? ¿Podrían haber hecho algo para impedirlo? Preguntas similares se hará Hannah Arendt en varios de sus escritos, como Eichmann en Jerusalén y Responsabilidad y Juicio.

Una característica del filme es el extraordinario nivel actoral. Aparte de los tres actores ya mencionados, vemos a una magnífica Marlene Dietrich, viuda de un general alemán ajusticiado; Montgomery Clift como una víctima de esterilización forzosa; Judy Garland, una mujer aria que fuera juzgada y acusada por haber tenido relaciones con un judío. Personajes rotos, vulnerables, destruidos. Mención aparte merece un extraordinario Burt Lancaster, como Ernst Janning, un juez alemán juzgado.

La defensa se centra en este argumento –con amplio tufo exculpador- ellos eran solo jueces, es decir solo interpretaban la ley, no la creaban. El guion nos muestra a un Spencer Tracy que solo persigue los hechos, de forma tranquila y callada. Janning-Lancaster llega a admitir el horror, la culpa, porque sí sabían lo que ocurría. En el veredicto, Tracy lo considera una “figura trágica”.

Pocos filmes históricos mantienen la calidad y rigurosidad de este filme, una de las obras maestras de Stanley Kramer (la película tuvo once nominaciones al Oscar). Preguntado por qué un norteamericano se atrevía a representar la culpa alemana, su respuesta fue: “hubiera sido mejor que los alemanes lo hubieran hecho, pero no fue así. Por ello yo me atreví a hacerlo”.

 

 

-TO KILL A MOCKINGBIRD (“Matar a un ruiseñor” , Robert Mulligan, 1962)

 

 

Esta novela de Harper Lee ganó el Pulitzer en 1961 y se ha convertido en uno de los grandes clásicos de la literatura norteamericana. Ambientada en 1932 en un pequeño pueblo de Alabama (EEUU), narra, a través de los ojos de la pequeña Scout, la historia de su padre, el abogado Atticus Finch (Gregory Peck; merecidamente recibió el Oscar por esta actuación) y su defensa de un joven negro acusado de violar a una mujer blanca. La gente del pueblo, repletos de fanatismo y racismo cargan de diversas formas contra Finch y su familia convirtiendo su labor en gesta heroica.

 

 

En definitiva una buena película y una muy correcta adaptación del libro. Curiosamente fue nominada a tres Oscar; los cuales ganó, pero no por “mejor película” (en estos tiempos de «political correctness», no lo hubiera pelado).

 

 

-A MAN FOR ALL SEASONS («El hombre de dos reinos» o «Un hombre para la eternidad», Fred Zinnemann, 1966)

 

 

El muy laureado Fred Zinnemann (tres Oscar como mejor director entre otros premios) dirige esta magnifica adaptación de la obra teatral de Robert Bolt sobre Thomas Morus, autor de Utopía, venerado por católicos y anglicanos como santo Tomás Moro. La acción se concentra en la desavenencia entre el y Enrique VIII en relación al divorcio de Catalina de Aragón que en definitiva llevaría a la ruptura de Inglaterra con la Iglesia Católica y le costaría la cabeza a Moro. Fe, libido, Estado e Iglesia: un cocktail “explosivo”.

 

 

Paul Scofield interpreta a Moro (ganó el Oscar), Robert Shaw a Enrique VIII, Leo McKern es Thomas Cromwell y un gigantesco -literalmente- Orson Welles es el cardenal Wolsey. En papeles secundarios una pléyade de actores: Susannah York, John Hurt, Vanessa Redgrave y Nigel Davenport, entre otros.

La película arrasó con cuanto premio había ese año; Oscar: 8 nominaciones, 6 ganados; BAFTA: 7 ganados; Globos de Oro: 5 nominaciones, 4 ganados.

 

 

 

-BREAKER MORANT (Bruce Beresford, 1980)

 

 

Volvemos a la guerra, esta vez en África, la llamada segunda guerra de los bóeres (1899-1902), entre el Imperio Británico y los colonos de origen neerlandés (los Afrikaner). Los Brits resultaron triunfantes, desapareciendo así las dos repúblicas independientes fundadas a mediados del siglo XIX: el Estado Libre de Orange y la República de Transvaal. Vayamos ahora al filme, que está basado en un hecho real.

 

En medio de esta sangrienta confrontación, tres oficiales australianos, siguiendo órdenes, ejecutan prisioneros. Son usados entonces como chivos expiatorios por un comando británico necesitado de distanciarse de las atrocidades cometidas. Lo que se supone que va a ser un simple juicio cuyo veredicto de culpabilidad ya está decidido, no lo es, con una defensa poderosa en argumentos y pruebas, gracias a un excelente guion nominado a premios, incluido el Oscar, y que nos muestra a un brillante abogado defensor más o menos improvisado, muy bien interpretado por un joven Jack Thompson –uno de esos actores que todos hemos visto alguna vez, pero cuyo nombre no recordamos-.

 

Jack Thompson, en «Breaker Morant»

 

Es tal el revolcón que recibe un fiscal que no sabía lo que le esperaba, que incluso se termina debatiendo la idea misma del concepto de culpabilidad en una guerra, y dónde descansa la responsabilidad del acto de matar en tal contexto. El dilema central que plantea la defensa es: si estos hombres son culpables, y se acepta que ellos obedecieron órdenes, ¿acaso no son asimismo culpables quienes se las dieron?

Los tres actores que interpretan perfectamente a los oficiales juzgados son Edward Woodward, Bryan Brown y Lewis Fitzgerald. Woodward, en especial, como Breaker Morant, no es un hombre bueno o justo; él personifica la idea de que una moral directa, simple, es una cualidad inalcanzable por hombres en guerra. Esa es una de las tragedias que deben sobrellevar.

Este es un filme que retrata las falsas heroicidades y las hipocresías de la guerra; Breaker Morant es una notable parábola sobre la suprema estupidez que pueden llegar a alcanzar los seres humanos en guerra consigo mismos.

 

 

 

-THE VERDICT (“Veredicto Final”, Sidney Lumet, 1982)

 

 

Esta muestra de muy buen cine, dirigida por el reconocido artesano Sidney Lumet, tuvo cinco nominaciones al Oscar: Mejor Película, Actor Principal (Paul Newman), de Reparto (James Mason), Mejor Guion (David Mamet), Mejor Director (Sidney Lumet).

Pocos actores han interpretado, con la maestría de Paul Newman en este filme, la nerviosa y temblorosa ansiedad de un alcohólico, la necesidad de sobreponerse inmediatamente al deseo de consumirse una vez más en una contienda destinada a perder con una botella, para obstinadamente intentar un momento final de salvamento de su autoestima. Decir que “tiene problemas con la bebida” es un grosero eufemismo.

 

 

Frank Galvin (Newman) es un abogado de Boston que alguna vez tuvo un futuro promisor. Transcurridos un juicio perdido que hizo que lo botaran de la prestigiosa firma donde trabajaba, el divorcio de su esposa y centenares de botellas consumidas, ya Galvin no es ni la sombra de su sombra. Simplemente es un invitado casual a un sitio que funge como su oficina. Habiendo perdido sus últimos cuatro casos –de clientes suficientemente ingenuos para no reconocer en Frank lo que realmente es- un amigo le ofrece un caso para que se gane un dinero; lo único que tiene que hacer es presentarse, seguir las señas acordadas, y arreglarse sin ir a juicio; a él le tocaría un tercio de la ganancia. Se trata de una demanda por negligencia contra un hospital. Y entonces Galvin / Newman comete un grave error: va al hospital a ver a la joven víctima, viva pero en coma.

Algo se despierta en su espíritu y decide que él irá a juicio, que los doctores culpables de destruir esta joven vida deben pagar por su incompetencia y deshonestidad.

El resto es una luminosa historia de redención, un thriller-en-el-juzgado, un magnífico logro por parte de la dirección de Lumet, del guion de David Mamet y de un grupo actoral que aparte de Paul Newman y James Mason nos ofrece actuaciones notables de Charlotte Rampling, Jack Warden, Lindsay Crouse y Milo O’Shea.

“The Verdict”, a diferencia de muchos filmes sobre la justicia no hace referencia a su resquicio criminal, sino a un juicio civil. En su brillantez, le abrió el camino a filmes como “Erin Brokovich”.

Paul Newman hizo una de esas interpretaciones inolvidables, merecedoras del Oscar. Lamentablemente, en su camino se atravesó el actor británico Ben Kingsley, con su grandiosa actuación en “Gandhi”. Fue por cierto un año (1982) de esos que debido a su calidad no abundan mucho en estos tiempos; otros derrotados fueron Dustin Hoffman (“Tootsie”), Peter O’Toole (“My Favorite Year”) y Jack Lemmon (“Missing”).

 

 

-IN THE NAME OF THE FATHER (“En el nombre del padre”, Jim Sheridan, 1991)

 

 

Al contrario de la estructura argumental de muchas telenovelas, donde los hijos deben asumir los pecados de sus padres, en esta celebrada obra del director irlandés Jim Sheridan sucede al revés: Gerry Conlon, (Daniel Day-Lewis) acusado de ser miembro del I.R.A. (Ejército Revolucionario Irlandés) y de ser uno de los cuatro culpables de colocar bombas que causaron varias muertes en un pub londinense en 1974, arrastra consigo a la cárcel a su padre (papel en manos del siempre competente Pete Postlethwaite), supuesto cooperante en el crimen.

 

 

 Sheridan ya había trabajado con Daniel Day-Lewis en “My Left Foot” (Mi pie izquierdo, de 1989, donde el actor ganó el primero de sus tres premios Oscar); la química director-actor es indudable. Day-Lewis interpreta a un joven irlandés en Londres, con pocas células grises, ladrón de poca monta, injusta y kafkianamente presionado a confesar un crimen que nunca cometió por policías londinenses cuyos escasos escrúpulos estaban concentrados en conseguir un culpable como fuera; casi cualquier joven con acento irlandés les hubiera servido.

Un dato fundamental del guion: Conlon / Day-Lewis no es un héroe, ni siquiera un mártir imperfecto, pero mientras pasan los años en prisión (donde fallecerá su padre), el personaje crece, madura, en medio de una difícil relación padre-hijo que es central en la historia.

 

Emma Thompson, en «En el nombre del padre»

 

Aquí no cabe lo de basado en una “historia” real; es mucho más que un hecho o una historia. Si hubiera que buscar una palabra que defina el guion –escrito por el propio Sheridan junto al oscarizado Terry George- es INJUSTICIA. Y para corregirla llega una abogada inglesa, con nombre de varón (Gareth Peirce): Emma Thompson. Por años ella trata de probar la inocencia de su cliente, y no hubiera avanzado mucho sin la ayuda de un técnico en evidencias que por error le da un informe que ella no estaba supuesta a ver. Quince años después de los hechos (en 1989) la justicia reconoce su injusticia; la escena donde Emma Thompson interroga, en un nuevo juicio, a Corin Redgrave (un policía corrupto), es memorable.

 

 

-MY COUSIN VINNY (“Mi primo Vinny”, Jonathan Lynn, 1992)

 

 

 

Dos jóvenes neoyorquinos que van a iniciar su carrera universitaria en el otro extremo del país y que deciden hacer el recorrido por carretera cruzando el sur de los EEUU (en su convertible Buick Skylark de 1964, dato importante en el futuro juicio), son detenidos en una zona rural de Alabama al salir de una tienda de víveres; se les acusa de robo y asesinato. Sus nombres (Bill Gambini – papel que asume Ralph Macchio– y Stanley RothensteinMitchell Whitfield) ya nos indican la distancia cultural existente, así como la geográfica (Nueva York a Alabama) que es, en términos europeos, casi como ir de Madrid (España) a Aquisgrán (Alemania).

 

Marisa Tomei y Joe Pesci, en «My Cousin Vinny»

 

Los muchachos no tienen dinero para pagar un abogado, pero Bill tiene un primo que al menos tiene el título -acaba de aprobar el llamado “examen de la barra” en su sexto intento- (Vincent Laguardia Gambini, “Vinny”, interpretado por un magnífico Joe Pesci); eso sí, nunca ha estado en un juicio. El tío se lanza a esas tierras lejanas y extrañas a luchar, aparentemente de forma muy quijotesca, contra las conservadoras prácticas locales, y contra una novia rebelde que lo acompaña (Mona Lisa Vito, personaje inolvidable, incapaz de mantener la boca cerrada, que le dio un merecidísimo Oscar a Mejor Actriz de Reparto a la entonces novata Marisa Tomei).

La película nos ofrece un juicio surrealista -con diálogos que hacen recordar las grandes comedias de los años treinta- que coloca a Mona Lisa Vito / Tomei en una honrosa liga de grandes personajes femeninos de comedia clásica, esa que protagonizaron estrellas como Carole Lombard, Katharine Hepburn o Jean Arthur.

Con razón afirmó un crítico: “Cuando Tomei entra en escena, hasta el jurado se despierta”.

Un gran guion se hace presente, y su autor, Dale Launer, tiene el acierto de no centrar lo fundamental de la comedia en el escenario sureño y sus peculiaridades, sino en el claro contraste entre los personajes. Y, como dato adicional, la película ha sido elogiada por juristas de todo tipo por su acertada muestra de la estrategia legal.

Los encontronazos dialécticos del juicio (el choque cultural entre Yankees y sureños, el acento de Brooklyn enfrentado a la jerga típica de Alabama (What is a «yute»? pregunta el juez) sirven para que Mona Lisa (presentada por Vinny como “testigo experto”) dé una clase magistral en mecánica automotriz, para asombro del juez, el fiscal, la prensa y el público presente, y por ese medio demuestre la inocencia de los acusados. Luego de una victoria completa, vemos a Vinny y Mona Lisa de regreso a tierras norteñas, discutiendo sobre planes de boda.

 

 

-THE CHILDREN ACT (“La Ley de Menores”, Richard Eyre, 2017)

 

 

Una fiel adaptación de la excelente novela de Ian McEwan, con otra notable labor de Emma Thompson, que en el papel de una jueza de la Alta Corte (británica) sobre familia, mientras atraviesa una relación matrimonial con graves problemas (Stanley Tucci es su marido), debe tomar una decisión ética y moralmente conflictiva: ¿Debe obligarse a un menor de edad a recibir una transfusión de sangre que le salvará la vida, o aceptar su negativa a hacerlo por sus creencias religiosas?

Aquí la corte, el tribunal, se hace presente en la cama de hospital, y en unos muy bien presentados diálogos entre la jueza y el adolescente a lo largo del filme. Es un juicio entre dos personalidades absolutamente distintas, una representando la ley, el análisis racional-jurídico, y la otra la creencia religiosa.

 

Ian McEwan, uno de los escritores británicos de moda (perteneciente junto a Julian Barnes, William Boyd, Martin Amis, Zadie Smith y el ganador del Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro, entre otros, a una brillante generación literaria), ha tenido suerte variada en la adaptación de sus obras al cine; sin duda, las tres últimas se distinguen muy positivamente: “Atonement” (“Expiación”, Joe Wright, 2007), “On Chesil Beach(“En la playa de Chesil”, Dominic Cooke, 2017) y la presente “The Children Act”, cuyo guion escribe el autor de la novela.

El filme posee tres fortalezas claras: la brillante actuación de Emma Thompson, una acertada dirección de Richard Eyre, y un guion que navega con éxito en las complicadas aguas de temas complejos como la familia, la religión, la ley, el matrimonio y cuáles límites –algunos de ellos muy sensibles y frágiles- pueden cruzarse en cada una de esas instituciones.

Y nuestra jueza (Fiona Maye / Thompson), nos prueba desde los minutos iniciales que se ha ganado la admiración y el respeto generales por saber tratar dichos asuntos con sabiduría y conocimiento pleno de la ley.

El tema central es un joven (muy bien interpretado por Fionn Whitehead, de destacada presencia en “Dunkirk”) que necesita una transfusión urgente de sangre para derrotar la leucemia. De entrada, él simplemente repite los alegatos de sus padres, Testigos de Jehová, y acepta que su destino es morir. Pero porque le faltan unas semanas para cumplir los 18 años que aseguran adultez y autonomía decisoria, es la jueza la que debe decidir, según la ley. Ella lo visita en el hospital, y queda impresionada con la personalidad del joven. Finalmente decide que debe hacerse la transfusión. Y aquí la película toma un giro emocional distinto, con una Thompson mostrando una gran maestría en escenas muy exigentes, manteniendo en todo momento un control expresivo, sin caer en exageraciones melodramáticas. El director pone un gran grano de arena, al no buscar explotar el cambio en los sentimientos de un joven que se ha encaprichado con una mujer de personalidad hecha, poderosa, y que le ha salvado la vida. Y no demos más spoilers; la película es una muestra –excepcional en estos tiempos- de cómo se puede llevar al cine una historia sobre temas actuales y complejos, cuyo éxito radica en que el guionista supo estar alerta para mantener un balance justo y necesario entre razón y emoción. A fin de cuentas, es una película británica.

 

 

-J’ ACCUSEEl oficial y el espía«, Roman Polanski, 2019)

 

No basada en la célebre carta homónima de Zola a Félix Faure, Presidente de Francia, si no en la novela de Robert Harris “El oficial y el espía” (sugerida por Polanski), esta bella película ahonda en los temas del antisemitismo, la arrogancia y el “clasismo” de la Francia de finales del siglo XIX.

Al igual que la carta, la obra se centra en el caso Dreyfus pero el verdadero protagonista no es el oficial falsamente acusado y condenado por traición si no Georges Picquart, oficial jefe del servicio de inteligencia, que arma el dossier que condena a Dreyfus. Picquart descubre que las evidencias fueron adulteradas y, a pesar de su poca simpatía por los judíos pero guiado por sus profundos principios éticos, emprende una “cruzada” por conseguir la liberación de Dreyfus, lo que le llevará a una confrontación brutal con el gobierno y cúpula militar de Francia.

 

 

Cabe destacar que aunque el film no ganó el César (el Oscar francés) como mejor película para el cual estaba nominada, sí ganó para Polanski el de mejor director.

 

 

Epílogo

Como latinoamericanos solo nos queda desear que nuestros jueces, en especial los que llegan a los tribunales supremos, tan prestos a doblegar las leyes a los caprichos del mandatario de turno -novísima modalidad de golpe de estado-, viesen estas películas.

 

 

 

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