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El coronavirus y la tentación autoritaria

Era sólo cuestión de tiempo. No ha habido que esperar mucho para que los demagogos del populismo actual intentaran promover la xenofobia y el descontento con los tradicionales métodos de la paranoia y la fantasía. La excusa, la crisis del coronavirus, que ha encontrado en Italia un nuevo foco europeo.

La idea de culpar a las minorías y a los inmigrantes por la propagación de la enfermedad no es nueva y, de hecho, tiene precedentes fascistas. Hay muchas formas de frenar la transmisión del coronavirus, pero la combinación de ideología, magia y mala ciencia no debiera ser una de ellas.

¿Tendríamos que estar alarmados? Lamentablemente, en las últimas semanas han extendido como el virus mismo las formas autoritarias con las que supuestamente combatir, pero realmente descuidar, la enfermedad mediante el poder de la voluntad o la creencia en el mundo ideológico de los líderes.

El vicepresidente del Senado italiano recomendó el saludo fascista para combatir el coronavirus.En Francia, Marine Le Pen vinculó la libertad de movimientos dentro de Europa con la propagación del virus, y el líder populista y post-fascista italiano Matteo Salvini sostuvo en conferencia de prensa que ‘‘el Gobierno ha subestimado el coronavirus. Permitir que los migrantes arriben desde África, donde se ha confirmado la presencia del virus, es irresponsable”. Poco importa que este continente sólo haya tenido un caso confirmado de Covid-19, en Egipto.

Es necesario recordar que las formas autoritarias de abordar la enfermedad no lograron grandes resultados en el pasado. La mezcla fascista de ideologías políticas, racismo y persecución de la otredad no condujo a revoluciones científicas ni a grandes descubrimientos, sino a violencia e incluso genocidio. En el Holocausto, las víctimas fueron acusadas por primera vez de propagación de enfermedades y los nazis crearon condiciones artificiales e insalubres en los guetos y campos de concentración y exterminio para que la ideología pudiera imponerse a la realidad. Sólo en este universo creado por ellos, las víctimas enfermaron y propagaron dolencias. Por otra parte, el fascismo imaginó enfermedades por doquier, pero no logró grandes avances con las reales.

No podemos reemplazar la ciencia con la fe. Si bien es cierto que algunos virus, una vez que alcanzan su punto máximo, eventualmente se apaciguan y todo vuelve a la normalidad, no todos simplemente desaparecen. Las afirmaciones de confianza absoluta pueden ser contraproducentes. Por eso no es bueno ser tan optimista, como el presidente Donald Trump, quien sin evidencia alguna ha asegurado que esta tragedia pasará sin efectos graves. Horas después de que la Organización Mundial de la Salud declarara el brote, una emergencia global, prometió que el coronavirus va a tener «un final muy bueno para nosotros … lo puedo asegurar».

La contracara de la paranoia populista en la oposición es la de la desidia en el Gobierno; como la de EE.UU, donde Trump ha combinado la promesa vacía con la negligencia más general.

Ya desde la oposición, el presidente estadounidense promocionó, durante la epidemia de Ébola, ideas conspiratorias y declaraciones irresponsables. Ahora que está en el Gobierno, asegura que no hay motivo de preocupación. Su comportamiento sugiere que su comprensión del virus y la enfermedad está totalmente subsumida a sus imperativos políticos. La paranoia y el abandono son dos caras de la misma moneda.

Otros políticos podían haber usado el podio presidencial como una forma de sugerir medidas sanitarias preventivas, pero Trump, después de afirmar su fe en que nada sucederá, ha vuelto a sus discursos bombásticos habituales que involucran xenofobia, demonización de otros y promesas de venganza contra sus enemigos.

La historia de las enfermedades nos advierte contra esta idea de optimismo sin prevención. Las epidemias involucran a personas que mueren y sus lecciones son extremadamente importantes para avanzar en la investigación científica. Ignorar estos hechos no puede ser bueno para el futuro de la salud global.

No hay razón para entrar en pánico, pero éste es el momento de reforzar la investigación sobre vacunas. En términos científicos, estamos recopilando datos y respuestas a un ritmo increíblemente más rápido. Todavía no tenemos un tratamiento o una vacuna, pero tampoco afrontamos la escala de algunas de las pandemias más letales en la historia moderna. La de gripe de 1918-1919, lamentablemente conocida en inglés como la gripe española, la causó la cepa viral H1N1, que infectó a alrededor de 500 millones de personas en todo el mundo y mató a 50-100 millones (entre el 3% y el 5,5% de la población mundial en ese momento). El número de muertes asociadas a la influenza fue mayor que el número de víctimas militares y civiles durante la Primera Guerra Mundial. En ese momento, en tiempos de guerra, la información era limitada y el movimiento de tropas aumentó la transmisión. El virus no estaba identificado, y la falta de herramientas de diagnóstico, vacunas y antibióticos para tratar las infecciones secundarias dificultó extremadamente el trabajo de los científicos y los médicos. La única solución era limitar el contacto entre personas. Pero la inmigración, o España en particular, no tuvieron nada que ver con esta trasmisión.

Aunque se acusó a inmigrantes haitianos de su propagación, tampoco la epidemia de VIH/SIDA de los años 80 estuvo relacionada con la inmigración. En 1981, se informó de los primeros casos en EE.UU. En otras ciudades importantes del mundo, las personas morían con infecciones inusuales. Los científicos tardaron dos años en identificar el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), que mataba el sistema inmune dando lugar al desarrollo del SIDA. Al presidente Ronald Reagan le llevó cuatro años mencionar este término por primera vez. Los científicos, las compañías farmacéuticas y la Food and Drug Administration (FDA) tardaron seis años en aprobar el primer medicamento (AZT) contra esta enfermedad letal. Hubo que esperar hasta 1995 para que se autorizara el primer tratamiento eficiente. Inicialmente, la respuesta fue muy lenta. La financiación federal era escasa, y dado que el VIH/SIDA afectó al principio a hombres homosexuales, se puede argumentar que la ideología homofóbica influyó en la velocidad de la respuesta. A nivel mundial, 75 millones de personas se infectaron y hasta ahora han muerto 32 millones. Casi 38 millones de personas viven con el virus. Los científicos todavía buscan una vacuna para prevenir su propagación.

Con respecto al coronavirus, Anthony Fauci, director del National Institute of Allergy and Infectious Disease, ha asegurado que desarrollarla llevará al menos un año. Trump, por su parte, sostiene sin ninguna evidencia que «estamos muy cerca» de conseguirla.

La historia de las enfermedades nos enseña que las virales no se pueden erradicar por completo hasta que no se desarrolle y se implemente una vacuna; pero también nos dice que, una vez que desaparece una epidemia, estos esfuerzos se minimizan. Cuando los populistas están en el Gobierno, ya no promueven conspiraciones, sino que niegan la realidad o promueven fantasías para deslindarse de toda responsabilidad. La irresponsabilidad es la marca de Trump, Salvini, Le Pen y otros post-fascistas del presente.

Pero tampoco la desidia es buena consejera. Sin embargo, la consigna de Trump a sus asesores ha sido ignorar la enfermedad, pues hablar de ella asustaría a los mercados y afectaría a sus posibilidades de reelección.

Ni la esperanza, ni el pánico, la xenofobia contra los inmigrantes o las mentiras pueden hacernos avanzar. Sólo las vacunas y la política responsable pueden hacerlo.

 

 

 

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