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El escritor viaja en tranvía (Jack Kerouac en México)

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A Jack Kerouac (1922-1969), figura tutelar de la llamada generación ‘Beat’, autor de ‘En el camino’, ‘Tristessa’, ‘Mexico City blues 8’, entre muchas otras, le gustaba nuestro país. Este texto se lo imagina encandilado con Ciudad de México en un ejercicio de escritura tan imaginario como eficaz.

Toma uno

Descendiste del autobús todo lampareado y medio jetón estirando los músculos mientras caminabas el corredor de granito resplandeciente a causa del sol mañanero hasta la salida de la terminal entre el Centro y Buenavista. Camiones verdes con pasajeros colgados del estribo. Tranvías ondulantes con niños de mosca, cogidos de los cables traseros. Loco ruido de automóviles, la mayoría modelos estadunidenses. Te dirigiste a la avenida Insurgentes y pronto te alcanzó un pitar de trenes como olas de mar que te llamaban. En el horizonte no existía la Unidad Habitacional Tlatelolco, de las arboledas brotaban campanarios y cúpulas. ¿No era aquella la Catedral? Alzada a gran altura en sus flacas vigas avanzaba la construcción de la Torre Latinoamericana, probadita de Nueva York en el Valle de Anáhuac.

Esta vez no llegaste en carro ni cargabas una guía turística. No se usaban en ese entonces, y menos alguien como tú. Traías una dirección. Ni siquiera un número telefónico. Tus pasos te llevaron a la estación de Buenavista, el nudo central de los ferrocarriles mexicanos. Divisaste Nonoalco. Un gran racimo de rieles se abría en abanico bajo el puente. Te recordó Tulsa. Ya habías viajado en este tren, quizás para visitar la Pirámide de Teotihuacán y emborracharte con los indios.

Por lo pronto, encontrar a Billy. Cargando una mochila de ferrocarrilero que te acusaron de robar de un tren en 1952 y un portafolio de cuero como de abogado lleno de hojas mecanografiadas, cruzaste la avenida para dirigirte al sur. Alto, fornido, de tez blanca y ojos claros, gringo que se inventaba nombres, sonreías a los transeúntes e incluso aceptaste el saludo de un tamarindo que dirigía el tráfico hacia el poniente de la ciudad trepado en un banquillo de madera pintado de blanco. Raro en ti que devolvieras el saludo a un policía, y es que detestabas policías, soldados (fuiste uno) y abogados. Pero venías en buen plan y te gustaba México, lugar que idealizaste desde la adolescencia y después de conocerlo idealizarías más, con todo lo que llegaste a odiar esta ciudad cuando tocó fondo el laberinto de tu soledad.

Camisa a cuadros, de leñador. ¿Cómo que camisa a cuadros? Más gringo no te podías poner. Por fortuna desististe de abordar en pantalones cortos el autobús que te trajo desde la frontera. Todavía no existían Chabelo ni los boy scouts, hubieras causado sensación. La ciudad te sonrió. Abordaste el tranvía que decía San Ángel. Más allá del pueblo de Coyoacán.

Apenas poco antes Luis Buñuel había rodado en las mismas calles La ilusión viaja en tranvía con Lilia Prado en todo su esplendor de arrabal. No habías visto la película, ni los muslos de Lilia, aunque sí Los olvidados, y los muslos de Alma Delia. Más bien llevabas tiempo desperdiciando el tiempo, manejando espasmódicamente a través de Estados Unidos en busca de novias, amigos, iluminaciones y drogas, habías escrito un chorro al respecto pero nada definitivo. Necesitabas gobernar tu hemorragia de palabras, tu mañosa improvisación idiomática, tu fijación con el jazz y el slang de los negros. Creías saber español porque creías saber francés, un francés horrible, peor que canadiense. Sólo las prostitutas y la tristeza te enseñaron suficiente español para llorar borracho.

Toma dos

Sus extrañas mejillas amorosas, azteca, muchacha india con los párpados como los de Billie Holiday, hablando con una voz profundamente melancólica.

Jack Kerouac, Tristessa*

El tranvía llegó al crucero de Paseo de la Reforma y pareció cabriolear en complicados semicírculos. La sincronización de movimientos y cambios de riel se le figuró una danza de máquinas. Lo anotó en su cuaderno de pasta dura, cartón barato y papel escolar. Siguió una espera. Aquí el tiempo estaba hecho de otra cosa. Contempló edificios y residencias por la avenida transversal, admiró las habilidades del guardagujas, ocupadísimo. Total cambio de pasajeros. A su lado se sentó una pequeña mujer de rostro indígena con un manto inmaculado envolviendo masa fresca de maíz. ¡Qué olor! El guajolote que traía atado por las patas lo colocó entre sus piernas, casi lo envolvió con la enagua y sonrió unos dientesotes amarillos. Él se presentó con acento gringo: soy Juan. Y ella: ah, qué bueno.

El tranvía reinició la marcha hacia el sur a parsimoniosa velocidad entre parada y parada. Llamó su atención un parque hundido y descuidado poco antes del río Mixcoac. Crecía el número de pasajeros, jóvenes estudiantes irradiando futuro. Las colonias se fueron alternando con caseríos, llanos verdes, arboledas. El vagón se detuvo porque se le cruzaron los cables. El conductor bajó a reenchufarlos. El presunto Juan se dio tiempo para apearse un par de minutos y admirar una fachada curva, rara, con marquesina vacía y sobre ella un mural estrambótico, algo surrealista, que una cuadrilla de albañiles afinaba en sus detalles con diminutos mosaicos venecianos. Retrataba una fiesta ancestral y moderna con personajes para él desconocidos. Un rostro femenino enmascarado y sus gigantescas y finas manos en primer plano. La trama, de comedia y opereta, con tullidos y emperadores, próceres y voladores de Papantla, y en un rincón, acechante, la cara mayor del Diablo a colores y ojos penetrantes. Otro Hollywood, le pareció.

Continuó el viaje hasta el fin de ruta en el pueblo de San Ángel. Dudó si transbordar hacia Tlalpan o retornar a donde realmente iba. Se había dejado llevar por el tranvía arrullado en la palabra distritofederal. Lo deslumbró el sol en su cenit. Más allá del río Magdalena y La Otra Banda comenzaba un pedregal infame y vasto de lava endurecida. Con dinamita y grandes trascabos se había abierto paso la monumental Ciudad Universitaria, hacía no mucho inaugurada y todavía con áreas en obra negra.

Decidió regresar por donde vino para localizar el nuevo domicilio de su amigo, así que se perdió de ver al mero Diego Rivera en ese mismo momento encaramado en las laderas del estadio universitario, supervisando su mural de variadas piedras volcánicas, mosaicos telúricos para un gran proyecto que no concluiría. La edad lo alcanzaba. Y la pérdida de Frida…

Sintió hambre. Y sed. Mientras esperaba su regreso a la ciudad se empacó sin prisa un “pan” de maíz (traducción: tlacoyo) relleno de requesón, agua de chía y dos litros de pulque, esa leche extraña y maravillosa. Averiguando supo que el mural de mosaicos de por Mixcoac era una creación reciente de Diego. Lo admiró de nuevo al pasar en el contraluz de la tarde. A sus espaldas, el oriente hundía la muralla de volcanes en un azul insólito, prístino, intenso.

Tenía por delante las conversaciones ebrias e interminables con Billy y sus secuaces, verlos matar pájaros con pistola, conseguir mariguana con las vecinas, morfina con los padrotes y opio con los chinos de López. Ya sufriría por su desdichada india prostituta cuando lo dejara aullando a la luna en Puente de Alvarado. De momento se sentía feliz, recién llegado y bien acogido por la luz y la gente. Sin apenas percatarse, aprendió que aquí la ilusión viaja en tranvía.

*La novela Tristessa fue traducida por Jorge García Robles, también autor de la biografía novelada El disfraz de la inocencia, Jack Kerouac en México (Ediciones del Milenio, 2000). El presente relato es una digresión imaginaria propia, con ciertas licencias cronológicas y anecdóticas.

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