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El «fascismo arquitectónico» de Le Corbusier sigue generando polémica en Francia

Un grupo de intelectuales firma un manifiesto pidiendo al Ministerio de Cultura que no se haga «cómplice» de la «rehabilitación» de su figura a través de la creación de un museo

Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier (1887-1965), uno de los grandes patriarcas de la arquitectura contemporánea, vuelve a estar en el corazón de muy agria y clásica polémica, envenenada, en torno al vidrioso tema del «fascismo arquitectónico».

Lanzaron la batalla el escritora Michelle Perrot y el cineasta Jean-Louis Comolli, al frente de un grupo de escritores, artistas e intelectuales, pidiendo al ministerio de Cultura que no se hiciese «cómplice» de la«rehabilitación» de Le Corbusier, quién, según ellos, se habría «comprometido» con el fascismo, el nazismo y el régimen francés, colaborador con el régimen de Hitler, en Vichy, durante la Ocupación alemana, entre 1940 y 1945.

Se trata de viejas y recurrentes acusaciones. Una suerte de «muletilla» que lleva cayendo sobre Le Corbusier al ritmo de acontecimientos muy diversos, desde hace décadas.

Lanzada la campaña, salió en defensa del gran arquitecto Michel Guerrin, que ejerce la crítica de asuntos artísticos y audiovisuales en Le Monde, recordando el carácter recurrente de las acusaciones, en estos términos: «El arquitecto suizo, nacionalizado francés, en los años 30 del siglo XX, fue considerado como un dios de la modernidad entre 1920 y 1930, construyendo grandes conjuntos racionales para las masas y casas puras, blancas y elegantes para los ricos. Pero, andando el tiempo, este Picasso del cemento armado ha sido calificado de reaccionario, colaboracionista, fascista, estalinista, anti semita, pro Hitler… lo que da como resultado un “mil hojas” nauseabundo..».

A través de Le Monde, France Culture y otros medios de comunicación, la polémica vuelve a salpicar a medios muy diversos. En radio, televisión y prensa escrita, el debate puede rozar el intento de asesinato verbal. En los pasillos del poder político, el debate incomoda y «complica la vida» a la tentacular burocracia cultural, cogida entre dos fuegos «amigos».

Polémica con retrospectiva

Polémica que viene de lejos. En 2015, coincidiendo con el 50 aniversario de la muerte del maestro del Movimiento Moderno, junto a otros grandes maestros, como Ludwig Mies van der Rohe, Walter Gropius, Alvar Aalto y Theo van Doesburg, el Centro Pompidou consagró a Le Corbusier una gran retrospectiva, quizá la más grande de las realizadas hasta hoy.

Ese homenaje nacional del Estado francés, a través de uno sus museos más populares, en la escena museística mundial, tuvo como «contrapartida» los más agrios enfrentamientos, precipitados, por entonces, por un ensayo biográfico escrito por Xavier de Jarcy. Otros biógrafos, como François Chaslin, han denunciado las acusaciones de «fascismo», recordando que Le Corbusier también trabajó con éxito para el Frente Popular de Léon Blum. Buena parte del paisaje urbano francés, desde 1945, está marcado por las huellas de esa estela y escuela arquitectónica. André Malraux, figura emblemática de la historia cultural y política de Francia, hizo en su día el elogio fúnebre de La Corbusier.

La penúltima polémica sobre el fascismo real o presumido de Le Corbusier no ha servido para gran cosa. Bien al contrario. Quienes denuncian una herencia que consideran «vergonzosa» prolongan las tesis difundidas desde hace décadas. Los defensores de Le Corbusier repiten los mismos argumentos. Duelo a garrotazos clásico de una cierta cultura francesa, que Raymond Aron ya denunciaba en un libro canónico, «El opio de los intelectuales», que se publicó por vez primera en 1955.

 

 

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