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El mejor torero: un poema a Pedro Joaquín Chamorro

Pedro escribió el libro testimonial más importante que se haya hecho en Nicaragua: “Estirpe Sangrienta”

Una gana es como un dolor

Claro está que el mejor torero, igual que el sol diría el poeta y sacerdote Ángel Martínez Baigorri, S.J., es en Nicaragua, Pedro. En su primer libro literario publicado, “Jesús Marchena”, la primera frase que se lee es Una gana es como un dolor, frase que, como sus amigos más íntimos saben, Pedro gustaba mucho para explicar maliciosamente, con sus ojos vivaces e impacientes, hechos y acontecimientos que implicaran en alguien la justificación de un deseo o capricho satisfecho o insatisfecho –pendiente de un alivio urgente- , como el dolor que produce la sensación de no poder realizar algo en el momento y la forma que uno quisiera. Porque hasta que no se quitan las ganas, estas apremian y como que duelen profunda y deliciosamente.

Hombre probo, valiente, digno y recto, ni con su muerte pudieron los Somoza doblegarlo e incluso en los tiempos del cólera (que fue toda la duración de la “Estirpe sangrienta”) fue la dinastía blanco de sus ironías, como los titulares de “La Prensa” sobre el mal inglés de Somoza Debayle: E hubo fiesta o de las predicciones de las farsas electorales: Diputados que salieron electos en los comicios de mañana. Todo esto tiene que ver con el Pedro escritor, pues el oficio de escribir es como buscar conocidos en el cielo, o, bajo la “estirpe sangrienta”, tararear  “Valentina” una de sus rancheras preferidas y que motivó que una de sus nietas lleve ese emblemático nombre, así como Tolentino el de uno de sus cuentos, lo cual demuestra que todo su entorno fue un entorno literario que se activaba fructíferamente ante la crueldad de torturas y represión, la adversidad de la cárcel o el disfraz político de “opositores” sin principios. Y la censura, la terrible censura burlada dentro de su espíritu, como cuando comentaba que a nosotros nos había vuelto escritores Coronel Urtecho, y a él, el Coronel Luna, su censor.

Y es que todo infortunio lo venció con entereza. No se amilanaba. No agachaba la cabeza. Preso, fue pintor. Ya libre, pero siempre amenazado, escribió el libro testimonial más importante que se haya hecho en Nicaragua: “Estirpe sangrienta”. Sus obras posteriores propiamente literarias, novelas y cuentos junto con las testimoniales, pertenecen a lo mejor de la narrativa nicaragüense. El lunes 9 de enero de 1978, por la tarde, hablamos de sus poemas. Muy brevemente porque él prefirió hablar de toros. Los miércoles santos a Pedro le gustaba compartir un novillo asado con sus amigos. No necesariamente el que había toreado, ya que casi siempre había participado el día anterior, en alguna finca en Rivas, en alguna rudimentaria novillada, llena de sueños, euforia, y elucubraciones taurinas. Su afición auténtica y apasionada, lo hacían manejar dignamente el temerario arte de luces y sangre, al menos como un respetable conocedor de la tauromaquia.

Manejaba el lenguaje taurino con singular gusto y dominio. Se regocijaba hablando de los lances y percances en el ruedo, por decirle así a la popular “barrera”, polvo y sol, “sangre y arena”, corridas, novilladas, ceremonias rituales, orden de la lidia, el toreo de capa, suertes de varas y banderillas, toreo de muleta, maneras de estoquear, hierros y divisas, verónicas, chicuelinas, molinetes, arrucinas, manoletinas, en fin, pura tauromaquia de nombres, pases y posturas tan sugestivas como “el farol”, “la serpentina” y “la mariposa”.

Tenía que ser un Miércoles Santo cuando encontramos al torero postrado en una mecedora en su casa en San Juan del Sur, con una venda sujetándole las  adoloridas costillas, consecuencia de un mal calculado pase al natural, seguido de una frustrada media verónica de rodillas, burla que puso de mal humor al torete.

-Ajá, le dije, ves como una gana es como un dolor. -Gajes del oficio, me contestó sonriendo.

En el pase de su muerte

El martes 10 de enero de 1978, como escribí en mi artículo anterior, comenzaban mis vacaciones, por eso, al despedirnos aquel lunes 9 de enero por la tarde, cuando Pedro me dijo: -Nos vemos mañana, y yo explicándole aquella circunstancia le contesté: -No, Pedro, mañana no nos vamos a ver-, nunca imaginé, hasta el propio día, el sentido mortalmente premonitorio que el destino le había dado a aquel corto diálogo de despedida.

El pase de la muerte cuyo ejecutor más fiel fue Manolete, nos había jugado una mala pasada la mañana de ese martes. Este pase es “en el que cuando el toro viene muy arrancado, no se corren las manos, sino simplemente la muleta a modo de telón y pasa la res bajo el engaño, “sin más mando que la dirección de su viaje”. Pero esta vez, el toro se nos emboscó. Atacó arteramente. A traición. Mientras aún hoy su sangre continúa “salpicando a toda Nicaragua”, hay una plaza enardecida llena de banderillas, espadas y muletas sedientas de justicia invadiendo el ruedo después de la última corrida de Pedro, “sin más mando que la dirección de su viaje”. Bien lo dice, para Pedro, el P. Ángel Martínez, S.J., en su poema “El mejor torero” (1961). Nacido e inventado para él, y que da título a estas letras:

El mejor torero

Al aficionado de siempre.

El mejor torero el Sol
al natural cada día,
frente a su muerte, en la noche,
brinda una aurora a la vida.

 El mejor torero el Sol.
Cada día un nuevo pase
que es natural y en redondo
y del que la vida nace
y el tiempo que todos somos
de noche, de mañana y tarde.

 El mejor torero el Sol
hasta que la muerte baje
como la suerte de la vida,
la gracia en que todo es arte:
en el pase de la muerte
-luz de vida- todo cabe.

 El mejor torero…Tú:
si tú con el sol; les has dado
en vida a la muerte un pase
natural y tan por alto,
que el cielo a la tierra trae
y en tres tiempos de tu suerte
da a la eternidad alcance.

 -El mejor torero el Sol:
que, al natural, cada día
en el pase de su muerte
brinda una aurora a la Vida.

 

 

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