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F. Zakaria: El partido Republicano es historia. ¿Y el país?

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La política es un rasgo permanente de la vida humana, pero los partidos políticos son mortales. Esta semana vimos el principio del fin de uno de los grandes, ilustres partidos de los Estados Unidos. El Partido Republicano, tal como lo conocíamos, está muriendo.

La muerte de un partido no es tan excepcional. Los estudiosos dividen la historia de los Estados Unidos en función de seis sistemas de partidos distintos, cada uno respondiendo a una etapa política en particular. A veces los partidos conservan sus nombres pero se transforman en lo ideológico, como el Partido Demócrata, que pasó de ser del Sur, favorable a la esclavitud y a Jim Crow, a lo contrario. En otras ocasiones, los partidos colapsan completamente, al igual que el Partido Whig a mediados del siglo 19, desgarrado por las divisiones sobre el tema de la esclavitud. (De hecho, en un paralelismo interesante, la caída de los whigs fue acelerada por el surgimiento de un partido llamado los Know-Nothings, dedicados a detener lo que entonces se consideraba una inmigración descontrolada.) Cualquiera que sea la forma de colapso del Partido Republicano, será caótica.

El  último debate puede haber sido el punto de inflexión. Como muchos comentaristas y algunos de sus propios estrategas señalaron, era bastante obvio lo que Donald Trump tenía que hacer – disculparse, contrito, y luego destacar temas generales de cambio, con la creación de puestos de trabajo, poniendo en primer lugar a la nación. Idealmente, habría tratado de empatizar con las mujeres – el grupo de votantes que necesita desesperadamente para ganar la elección.

Trump hizo más bien lo contrario. Buscó justificar  su comportamiento como «bromas de vestuario», acusó a Bill Clinton de ser mucho peor y mostró un desfile de acusadoras del ex presidente en una conferencia de prensa. Desde entonces, su situación ha entrado en una espiral descendente. La estrategia extraña, autodestructiva, de Trump ha llevado a la especulación de que sus verdaderas ambiciones se encuentran más allá de las elecciones, cuando podría tratar de establecer una red de medios conservadores para competir con Fox News.

Es muy posible. Pero en cualquier caso, lo que significa para el Partido Republicano es simple: Donald Trump no va a desaparecer. Muchos republicanos han alimentado una fantasía de que su partido ha sido tomado brevemente por una extraña aberración histórica que va a perder las elecciones, y luego, de alguna manera, las cosas van a volver a la normalidad. Trump ha señalado con claridad que no va a desaparecer, en la lejanía, pacíficamente.

 

De hecho, le ha declarado la guerra al establishment del GOP. Su objetivo es, sin duda, asumir el control del Partido Republicano y reconvertirlo en un partido populista, proteccionista y nacionalista, del tipo que sus consejeros influenciados por Breitbart han estado soñando durante años.

Habrá una lucha por el alma de los restos del Partido Republicano. Las líneas de batalla ya pueden verse. Habrá personas, como el portavoz de la Cámara de Representantes Paul D. Ryan (Wisconsin), respaldados por la mayoría de los intelectuales conservadores serios,  que tratarán de restaurar la parte reaganesca de su ideología – con mercados libres, gobierno limitado, reforma de los beneficios otorgados por el Estado y una enérgica política exterior. Otros, como el compañero de fórmula de Trump, el gobernador de Indiana, Mike Pence, apoyado por los conservadores cristianos, van a tratar de reducir las brechas y mantener a todos en una gran tienda de campaña. Pero entonces aparece Trump, que tiene – por ahora, al menos – la gente, la energía y un mensaje poderoso. El politólogo Justin Gest recientemente encuestó a estadounidenses blancos sobre si apoyarían un partido comprometido a «detener la inmigración masiva, a la generación de empleos en Estados Unidos para los trabajadores estadounidenses, a la preservación de la herencia cristiana de América, y a detener la amenaza del Islam.» Sesenta y cinco por ciento dijo que sí.

El establishment republicano podría haber detenido a Trump, pero más bien se rindió ante él hace meses, quizá años. Cuando quieren criticar a sus oponentes por ser pusilánimes, los republicanos recuerdan a menudo a Neville Chamberlain y su política de apaciguamiento hacia Hitler. Y sin embargo, eso es exactamente el enfoque que altos dirigentes del partido adoptaron con Trump – apaciguarle con la esperanza de que ello pudiera satisfacer sus apetitos. Toleraron, excusaron y protegieron a Trump al comenzar su carrera política atacando racialmente a Obama -con el tema de su lugar de nacimiento-,  luego al iniciar su campaña presidencial con insultos contra México y con su intolerancia contra los musulmanes, deleitando multitudes con propuestas políticas que serían inconstitucionales o equivalentes a crímenes de guerra – al mismo tiempo degradando y objetivando a las mujeres. Winston Churchill dijo de los apaciguadores: «Cada uno espera que si  alimenta el cocodrilo lo suficiente, el cocodrilo se lo comerá de último».

Trump va a perder la elección. Olvidemos sus deprimentes resultados en las encuestas desde la semana pasada. Casi nunca ha estado por delante de Hillary Clinton durante una semana desde que ambos fueron nominados. Los principales modelos que predicen la elección sólo una o dos veces le han dado a sus posibilidades más del 40 por ciento.

But Trump will not sit in loyal opposition to Clinton. He tells his legions that the election will be rigged. He says that the media are lying and that reporting cannot be believed. He warns that the country will be utterly destroyed if Clinton wins. He is fueling a toxic movement of protest and insurgency.

Pero Trump no formará parte de la leal oposición a Clinton. Él le dice a sus legiones que la elección será amañada. Afirma que los medios de comunicación están mintiendo y que la información no es creíble. Advierte que el país será totalmente destruido si Clinton gana. Él está estimulando un movimiento tóxicos de protesta y de insurgencia.

Trump perderá. Y destruirá al Partido Republicano. La cuestión alarmante es lo que le hará al país en el proceso.

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

The Washington Post

The GOP is history. What about the country?

Fareed Zakaria

Politics is an enduring feature of human life, but political parties are mortal. This week we watched the beginning of the end of one of the United States’ great, illustrious parties. The Republican Party, as we knew it, is dying.

The death of a party is not so unusual. Scholars divide U.S. history according to six distinct party systems, each responding to a particular political era. Sometimes parties retain their names but morph ideologically, like the Democratic Party, which went from being Southern, pro-slavery and pro-Jim Crow to the opposite. On other occasions, parties collapse entirely, as did the Whig Party in the mid-19th century, torn apart by divisions over slavery. (In fact, in an interesting parallel, the fall of the Whigs was hastened by the rise of a party called the Know-Nothings, dedicated to stopping what was then seen as uncontrolled immigration.) Whatever the form of the Republican Party’s collapse, it will be messy.

Sunday’s debate may have been the watershed moment. As many commentators and some of his own strategists noted, it was pretty obvious what Donald Trump needed to do — apologize, be contrite, and then strike broad themes of change, bringing back jobs and putting the nation first. Ideally, he would have reached out to women — the group of voters he desperately needs to win the election.

Instead, Trump did the opposite. He minimized his behavior as “locker-room banter,” accused Bill Clinton of much worse and paraded the former president’s accusers at a news conference. Since then, things have spiraled downward. Trump’s strange, self-defeating strategy has led to speculation that his real ambitions lie beyond the election, when he may set up a conservative media network to rival Fox News.

It’s quite possible. But in any event, what it means for the Republican Party is simple: Donald Trump is not going away. Many Republicans have nurtured a fantasy that their party has been briefly taken over by a strange historical aberration who will lose the election, and then somehow things will go back to normal. Trump has now made it clear that he will not go gently into the night.

In fact, he has declared war on the GOP establishment. His goal is surely to take over the Republican Party and remake it into a populist, protectionist, nationalist party, the kind that his Breitbart-oriented advisers have been dreaming about for years.

There will be a fight for the soul of what’s left of the Republican Party. We can see the battle lines. People such as House Speaker Paul D. Ryan (Wis.), backed by most serious conservative intellectuals, will try to restore the party to its Reaganesque ideology — with free markets, limited government, entitlement reform and an assertive foreign policy. Others, such as Trump’s running mate, Indiana Gov. Mike Pence, backed by Christian conservatives, will try to bridge divides and keep everyone in a big tent. But then there is Trump, who has — for now, at least — the crowds, the energy and a powerful message. Political scientist Justin Gest recently surveyed white Americans on whether they would support a party committed to “stopping mass immigration, providing American jobs to American workers, preserving America’s Christian heritage, and stopping the threat of Islam.” Sixty-five percent said yes.

The Republican establishment could have stopped Trump but instead surrendered to him months, perhaps years, ago. When they want to criticize opponents for being weak-kneed, Republicans often recall Neville Chamberlain and his policy of appeasing Adolf Hitler. And yet that is exactly the approach that the party’s senior leaders took with Trump — appeasing him in the hope that doing so would satisfy his appetites. They tolerated, excused and covered up for Trump as he began his political career with “birther” racism, launched his presidential campaign with anti-Mexican slurs and heightened it with anti-Muslim bigotry, and thrilled crowds with policies that would be unconstitutional or amount to war crimes — all while demeaning and objectifying women. Winston Churchill said of appeasers: “Each one hopes that if he feeds the crocodile enough, the crocodile will eat him last.”

Trump will lose the election. Forget his dismal polls last week. He has almost never been ahead of Hillary Clintons for a single week since they were both nominated. The major models predicting the election have only once or twice put his chances over 40 percent.

But Trump will not sit in loyal opposition to Clinton. He tells his legions that the election will be rigged. He says that the media are lying and that reporting cannot be believed. He warns that the country will be utterly destroyed if Clinton wins. He is fueling a toxic movement of protest and insurgency.

Trump will lose. And he will destroy the Republican Party. The frightening question is what he will do to the country in the process.

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