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El primer ministro de Israel explica su nuevo enfoque sobre Irán

Naftali Bennett explica a The Economist cómo pretende mantener seguro a su país

 

Israeli Prime Minister Naftali Bennett attends a cabinet meeting at the Prime minister's office in Jerusalem, on November 21, 2021. (Photo by Abir SULTAN / POOL / AFP) (Photo by ABIR SULTAN/POOL/AFP via Getty Images)

Naftali Bennett

 

«Estamos aplicando la Doctrina Pulpo», dice Naftali Bennett, primer ministro de Israel. «Ya no jugamos con los tentáculos, con los apoderados de Irán: hemos creado una nueva ecuación yendo a por la cabeza». Hablando con The Economist después de casi un año en el cargo, explica cómo Israel y sus servicios secretos están subiendo la apuesta en la oscura guerra que han librado con Irán durante casi cuatro décadas.

En el pasado, Israel dirigía sus ataques contra Irán casi exclusivamente a su programa nuclear y a los científicos relacionados con él. Cuando Israel atacaba otros objetivos iraníes, como el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y su fuerza expedicionaria Quds, solía hacerlo en terceros países, como Siria. Ahora también ataca al IRGC dentro de Irán. En febrero atacó una fábrica de aviones no tripulados para los guardias en el oeste de Irán. En mayo asesinó a uno de sus comandantes en Teherán, la capital de Irán.

Israel es cada vez menos tímido con respecto a estos ataques. Antes casi siempre se negaba a reconocer las operaciones en Irán. Ahora, los altos funcionarios israelíes suelen dar informes extraoficiales, a veces sólo horas después de haber atacado objetivos iraníes. En abril, el Mossad, la agencia de inteligencia en el exterior de Israel, incluso emitió una grabación de un Guardia Revolucionario siendo interrogado por agentes israelíes, supuestamente dentro de Irán.

No todos los miembros del sistema de seguridad de Israel están contentos con este nuevo enfoque. Se dice que algunos veteranos de los servicios de inteligencia han refunfuñado que «atacar a fondo a Teherán» causará más problemas de los que valdría la pena. El propio Bennett se atiene a la línea oficial de que Israel no asume directamente la responsabilidad de ninguna operación específica en Irán, pero dice estar convencido de que «los iraníes son mucho más tímidos de lo que se piensa» cuando se trata de reaccionar ante la audacia israelí. Golpearles directamente dará buenos resultados, considera. Aprueba plenamente estas tácticas más audaces.

¿Disuadirá esto a Irán y a sus apoderados de atacar objetivos israelíes? Él observa con satisfacción que Hezbolá, un movimiento político chiíta respaldado por Irán en Líbano, y Hamás, un grupo islamista palestino respaldado por Irán que dirige la Franja de Gaza, no han lanzado cohetes contra Israel en el último año.

Bennett también espera que estos ataques osados puedan incitar a Irán a aceptar una versión más estricta del acuerdo nuclear firmado con cuatro potencias occidentales más China y Rusia en 2015, del que Estados Unidos se retiró en 2018 bajo el mandato del presidente Donald Trump. Aunque el presidente Joe Biden dice que quiere revivir ese acuerdo, las conversaciones con Irán aún no han producido una fórmula para hacerlo.  Bennett sostiene que la economía iraní está tan necesitada de alivio de las sanciones que, si Estados Unidos juega duro, puede ser capaz de llegar a un acuerdo que congele el desarrollo nuclear de Irán indefinidamente, sin las «cláusulas de caducidad» del pacto original, por las que los frenos a Irán caducan después de un tiempo. Israel, según Bennett, pretende gastar más que Irán en sus programas de armamento y superarlo en tecnología, con la esperanza de llevarlo a la quiebra.

El Sr. Bennett califica esta estratagema de «guerra de las galaxias financiera», en alusión al desarrollo de defensas antimisiles por parte de Estados Unidos en la década de 1980 que, en su opinión, obligó a la Unión Soviética en sus últimos días a aceptar acuerdos de control de armas con Estados Unidos. En la misma línea, Israel está planeando una red de defensa láser. En una etapa posterior, dice, esto puede ampliarse a un paraguas regional de defensa de misiles que también podría proteger a los nuevos aliados árabes de Israel en el Golfo Pérsico.

Sin embargo, esta ofensiva contra Irán no parece haber dado a Bennett un impulso político en su país. Su difícil coalición de ocho partidos, que por primera vez incluye a un partido árabe islamista, se está desmoronando. Ha perdido la mayoría en la Knesset, el parlamento israelí. Sus componentes están de acuerdo en muy poco. El principal motivo de su creación fue deshacerse del anterior primer ministro de Israel, Binyamin Netanyahu. Nunca tuvo un  real programa que lo uniera.

Como líder de la oposición, Netanyahu sigue tramando su regreso. Es poco probable que hoy encuentre suficientes partidarios en la Knesset para formar un nuevo gobierno. Pero solo necesita un desertor más de la coalición gobernante para forzar una elección. Israel sufrió tres elecciones en 2019-20, ya que ni el señor Netanyahu ni sus oponentes fueron capaces de formar un gobierno. Solo después de una cuarta, hace un año, Bennett logró improvisar la actual coalición. Los sondeos de opinión sugieren que una quinta votación podría dar por fin una mayoría a Netanyahu y sus aliados.

Bennett, cuyo partido sólo tiene seis escaños en la Knesset, de 120, admite que no puede hacer mucho para evitar la desintegración de su gobierno, salvo un llamamiento a sus socios para que «no se desvíen del camino y vuelvan al caos de las elecciones». Sin embargo, confía en «seguir un mes más, y luego otro». Al menos, afirma, «hemos mostrado a Israel cómo es un país normal durante el último año». Pero su loable «experimento» de incluir un partido árabe en el gobierno ha permitido, lamenta, que Netanyahu active una «máquina de veneno y mentiras» que tacha a la coalición de «depender de los partidarios del terror».

 

Traducción: Marcos Villasmil

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NOTA ORIGINAL:

The Economist

Israel’s prime minister explains his new approach to Iran

Naftali Bennett tells The Economist how he aims to keep his country safe

 

“We are implementing the Octopus Doctrine,” says Naftali Bennett, Israel’s prime minister. “We no longer play with the tentacles, with Iran’s proxies: we’ve created a new equation by going for the head.” Talking to The Economist after nearly a year in office, he explains how Israel and its covert services are raising the stakes in the shadowy war they have waged with Iran for nearly four decades.

In the past Israel aimed its attacks on Iran almost exclusively at its nuclear programme and scientists connected with it. When Israel hit other Iranian targets, such as the Islamic Revolutionary Guard Corps (irgc) and its expeditionary Quds Force, it tended to do so in third countries, such as Syria. Now it is attacking the irgc inside Iran as well. In February it struck a factory making drones for the Guards in western Iran. In May it assassinated one of their commanders in Tehran, Iran’s capital.

Israel is becoming less coy about such attacks. Previously it nearly always refused to acknowledge operations in Iran. Now senior Israeli officials often give off-record briefings, sometimes only hours after Iranian targets have been hit. In April Mossad, Israel’s foreign-intelligence agency, even aired a recording of a Revolutionary Guard being interrogated by Israeli agents, supposedly inside Iran.

Not all members of Israel’s security establishment are happy with this brash new approach. Some intelligence veterans are said to have grumbled that “poking Tehran in the eye” will cause more trouble than it is worth. Mr Bennett himself sticks to the official line that Israel does not directly take responsibility for any specific operation in Iran but says he is convinced that “the Iranians are much more timid than you think” when it comes to reacting to Israeli audacity. Clobbering them directly will yield good results, he reckons. He fully approves of these bolder tactics.

Will this deter Iran and its proxies from attacking Israeli targets? He notes with satisfaction that Hizbullah, an Iranian-backed Shia political movement-cum-militia in Lebanon, and Hamas, an Iranian-backed Palestinian Islamist group that runs the Gaza Strip, have not launched rockets against Israel in the past year.

Mr Bennett also hopes that these brazen attacks may prompt Iran to accept a tighter version of the nuclear agreement signed with four Western powers plus China and Russia in 2015, from which America withdrew in 2018 under President Donald Trump. Though President Joe Biden says he wants to revive that deal, talks with Iran have not yet yielded a formula for doing so. Mr Bennett argues that Iran’s economy is in such dire need of relief from sanctions that if America plays tough it may be able to strike a deal that freezes Iran’s nuclear development indefinitely, without the “sunset clauses” of the original pact, whereby curbs on Iran lapse after a time. Israel, according to Mr Bennett, seeks to outspend Iran in its weapons programmes and outmatch it in technology—in the hope of bankrupting it.

Mr Bennett calls this ploy “a financial Star Wars”, alluding to America’s development of missile defences in the 1980s which, in Mr Bennett’s view, forced the Soviet Union in its dying days to accept agreements on arms control with America. In the same vein, Israel is planning a laser-defence network. At a later stage, he says, this may be broadened into a regional missile-defence umbrella that could also protect Israel’s new Arab allies in the Persian Gulf.

Yet this offensive against Iran does not seem to have given Mr Bennett a political boost at home. His unwieldy eight-party coalition, which for the first time includes an Islamist Arab party, is coming apart at the seams. It has lost its majority in the Knesset, Israel’s parliament. Its components agree on very little. The main reason for its creation was to dump Israel’s previous prime minister, Binyamin Netanyahu. It never had much more of an agenda to bind it together.

As leader of the opposition, Mr Netanyahu is still plotting a comeback. He is unlikely to find enough supporters in the Knesset to form a new government. But he needs only one more defector from the governing coalition to force an election. Israel suffered three elections in 2019-20, as neither Mr Netanyahu nor his opponents were able to form a government. It was only after a fourth, a year ago, that Mr Bennett managed to cobble together his coalition. Opinion polls suggest that a fifth poll may at last yield a majority for Mr Netanyahu and his allies.

Mr Bennett, whose own party has only six seats in the 120-strong Knesset, admits there is little he can do to stop his government from disintegrating, bar an appeal to his partners “not to fall off track, back into the chaos of elections”. Still, he gamely hopes to “continue for another month, and then another”. At least, he claims, “We’ve shown Israel how a normal country looks for the past year.” But his laudable “experiment” of including an Arab party in government has, he laments, enabled Mr Netanyahu to activate a “machine of poison and lies” that brands the coalition as “relying on terror supporters”.

 

 

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