El síndrome del mesías
Aunque desde que ganó la segunda vuelta de la elección presidencial ha dado señales de mayor moderación y pragmatismo, sus giras internacionales han dejado en claro que las raíces y alianzas del Presidente el electo se mantienen firmes en la derecha radical.

Lo peor que podría hacer el próximo Presidente José Antonio Kast es copiar ese mal ejemplo de otros presidentes de derecha radical en América Latina que potencian la imagen de un mesías que viene a salvar al país y que buscan concentrar poder en la persona del presidente en vez de fortalecer las instituciones del sistema político que sobrevivirán más allá del fin del gobierno.
Kast será el primer Presidente de derecha radical que llegue al poder en Chile. Por ello, es esencial entender cuáles son los patrones que caracterizan a ese tipo de presidentes. Si bien algunos la demonizan como una amenaza a la democracia, la derecha radical privilegia algunos temas que atraen decididamente el apoyo popular, como sus posturas a favor de la mano dura contra el crimen y políticas restrictivas con la inmigración. Reconocidamente, otros aspectos de la derecha radical, como el conservadurismo moral, son menos populares.
Más allá de sus prioridades políticas, tal vez una de las características más sobresalientes de la derecha radical es esa tendencia a convertir a sus líderes en figuras personalistas que concentran poder y construyen una imagen mesiánica. En América Latina, los liderazgos de Javier Milei, Nayib Bukele, y Jair Bolsonaro —por mencionar solo a algunos de los líderes de derecha radical— hacen gala de una personalidad combativa y confrontativa que gusta dividir al país entre los buenos y los malos.
La combinación de mesianismo y dividir al país entre buenos y malos es una mala receta. En vez de poner al país en el sendero del desarrollo vigoroso y sustentable, esa estrategia lleva a la confrontación y una destructiva polarización. La historia de América Latina está plagada de líderes que se quedaron demasiado tiempo en el poder y potenciaron una imagen mesiánica que los llevó a remplazar la fortaleza institucional con sus liderazgos personales. Abundan casos de líderes fuertes en América Latina que concentraron poder de tal forma que las instituciones se debilitaron en exceso y los países se convirtieron en autocracias.
Es cierto que el culto a la personalidad es una tentación en la que han caído tanto líderes de izquierda como de derecha. Lamentablemente, la irrupción de la derecha radical en años recientes ha vuelto a popularizar ese culto a la personalidad que tanto daño ha hecho a los países de América Latina en el pasado. Afortunadamente, en Chile, desde el retorno de la democracia, los presidentes mayoritariamente privilegiaron el fortalecimiento de las instituciones por sobre su liderazgo personal. Es cierto que algunos cometieron el error de querer volver a ser presidentes después de completar sus primeros periodos en el cargo. Es más, Michelle Bachelet en 2013 y Sebastián Piñera en 2017 lograron ganar elecciones para ser presidentes por un segundo periodo.
Afortunadamente, los presidentes en Chile nunca buscaron construir una imagen mesiánica, sino que más bien, con excepciones ocasionales, buscaron fortalecer las instituciones del Estado de tal forma de generar estabilidad más allá del fin del periodo presidencial respectivo. Para que los países crezcan y se desarrollen, se necesita que haya instituciones fuertes y que los líderes visionarios y efectivos no se perpetúen en el poder, sino que aprovechen su tiempo en el poder para fortalecer las instituciones.
Por eso, preocupa que Kast vaya a replicar algunas de las prácticas más indeseables que ha privilegiado la derecha radical en otros países en que ha gobernado. Su trayectoria política está ineludiblemente asociada a la derecha radical. El origen de su partido, las declaraciones sobre la migración y el nativismo que ha hecho Kast en sus campañas presidenciales, dejan claro cuál es el domicilio ideológico del próximo Presidente. Aunque desde que ganó la segunda vuelta de la elección presidencial ha dado señales de mayor moderación y pragmatismo, sus giras internacionales han dejado en claro que las raíces y alianzas del Presidente el electo se mantienen firmes en la derecha radical. Es de esperar que, a diferencia de muchos de sus pares ideológicos, Kast no cultive una personalidad mesiánica ni busque concentrar poder personal más allá de lo que establece la Constitución.
Algunos simpatizantes del presidente electo José Antonio Kast pecan de optimistas cuando creen que, a partir del 11 de marzo, se comenzarán a solucionar todos los problemas que tiene el país. Es verdad que se deberían ver mejoras sustantivas cuando asuma un gobierno que cree en el capitalismo y que está imbuido de la ética del trabajo y la disciplina. Pero no va a bastar con que desaparezcan las malas ideas de la planificación estatal de la economía y vuelvan a los puestos de liderazgo personas que saben bien la pega. Para que Chile vuelva a crecer de forma sostenida y sistemática, además de ser responsable y hacer las cosas bien, hay que tener un norte claro y construir un acuerdo nacional respecto a dónde queremos llegar. Un primer paso en esa dirección requiere que Kast demuestre que quiere ser el Presidente de todos los chilenos y que envíe señales claras de que su gobierno fortalecerá las instituciones en vez de impulsar la idea de que el próximo presidente es un mesías que viene a salvar al país.
