Democracia y PolíticaEleccionesMarcos Villasmil

Elecciones EEUU: Tender puentes, no cavar trincheras

 

May none but honest and wise men ever rule under this roof (White House). “Que sólo hombres honestos y sabios gobiernen bajo este techo”…

John Adams, segundo Presidente de los EEUU, y el primero en vivir en la Casa Blanca (30 Oct. 1735-1826)

 

 

Acaba de concluir el proceso de votación más divisivo, violento y polarizado –socialmente, existencialmente- en décadas, en los Estados Unidos. Una polarización plagada de fake news, de teorías conspirativas enloquecidas e infames, de mentiras, de odio al adversario (¡casi como que si el odio fuera una virtud!).

Con o sin pandemia, más de noventa millones de norteamericanos votaron antes del martes 3. Esta explosión masiva de votantes equivale más o menos a un 65% de los 139 millones de votos de hace cuatro años, significando que, por primera vez en la historia, la mayoría de votos se produjo antes del día de la elección.

Escribo esta nota en la madrugada del miércoles 4 de noviembre. No hay todavía ganador oficial entre Trump y Biden; una vez más varios entre los llamados “swing states” decidirán la elección, pero ya puede señalarse, sin dudas, quién es una inevitable perdedora: la democracia.

Siempre se había considerado a la democracia norteamericana –a pesar de sus carencias e injusticias no solucionadas, por ejemplo, el problema racial- como un modelo de convivencia. No más. Ahora, gracias a las violencias y radicalismos de ambos bandos, se hizo presente, como no se veía en mucho tiempo, el desprecio al proceso electoral como digno ejemplo de educación cívica.

Se ha extraviado un hecho central: que en unas elecciones realmente democráticas se busca persuadir, no imponer.

Afirma Arturo Pérez-Reverte, en su más reciente novela, “Línea de fuego” (sobre la Guerra Civil española), algo que podría perfectamente decirse sobre lo que ocurre en el -hoy fallido- debate de ideas en la política norteamericana: “son pocos los que en nuestro bando luchan por defender una idea política concreta, la mayor parte luchamos contra las ideas de ellos”.

El contra y no el por, es lo que prevalece. Para ello, es necesario que las ideas sean suplantadas por eslóganes, por análisis engañosamente simplistas. No se desea unir al electorado, sino balcanizarlo. No hay puntos intermedios.

Un sondeo reciente de Pew Research encontró que solo el 3% de los votantes de Trump y Biden indicó tener muchos amigos que apoyan al candidato contrario. Alrededor del 40% aseguró no tener ninguno. Es el triunfo de la categoría “amigo-enemigo”, de Carl Schmitt, uno de los más influyentes intelectuales del nazismo. O estás incondicionalmente conmigo –“eres amigo”- o eres un enemigo a destrozar.

 

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Estas elecciones fueron sobre Trump, Trump, Trump. Y un Trump que se sintió siempre, y se comportó siempre como aspirante, nunca como presidente en ejercicio defensor de una gestión.

La economía era la baza fuerte en la narrativa republicana; pero entonces hizo su aparición en escena un horror que podía ser convertido en oportunidad o en descalabro. Y por voluntad de Trump fue lo segundo: la pandemia, el coronavirus, el virus chino, el COVID-19. Como se le llamase, el presidente –y una dirigencia que lo siguió ciegamente- decidieron, en primer lugar, que el rol del candidato a ser reelecto no debía cambiar demasiado a como había sido hasta comienzos de 2020: un presidente para sus seguidores incondicionales, no para todos los ciudadanos. En sus mensajes no hubo concesiones a indecisos, independientes o moderados demócratas. Por ende, y en segundo lugar, no se hizo nunca un esfuerzo por ofrecer un mensaje de unidad a todo el país, pedirle a los Demócratas enterrar el hacha de guerra y unirse –nacional y estadalmente- a luchar juntos contra el virus. En tercer y último lugar, mientras las muertes se multiplicaban –y se siguen multiplicando- el rechazo a la ciencia, el negacionismo anti-científico más absurdo, se impuso.

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En una entrevista reciente en Prodavinci, Wolfgang Gil Lugo hace esta afirmación: “La ética es la capacidad para poner entre paréntesis la ideología y los intereses (personales, políticos y económicos) para ver qué es lo bueno y qué es lo malo”.

Uno de los escritos de Thomas Paine, “La crisis americana”, publicado durante la guerra de independencia, comienza con una oración que hoy debe resonar en la conciencia de los ciudadanos norteamericanos, como lo hizo en el desolado invierno de 1776: “estos son tiempos que ponen a prueba las almas de los hombres”.

¿Podrán el electo presidente, los senadores y representantes, y los magistrados de la Corte Suprema de los Estados Unidos dar una respuesta satisfactoria ante el trance moral que vive la hoy convulsa, dividida y en grave crisis pandémica nación norteamericana?

Mencionemos un reto fundamental e inevitable para el sistema político democrático: la necesidad del retorno de la convivencia, del diálogo, entre los parlamentarios y representantes de ambos partidos. Cuando lo que predomina es la ceguera descalificadora, sufre la sociedad entera. Como afirma Daniel Innerarity, la democracia no es ni el reino de los votos ni el reino de los vetos. Hay temas que se resuelven mediante el voto, pero hay otros –sobre todo aquellos que determinan la convivencia- que necesitan acuerdos amplios, poseer una voluntad de integración y de diálogo empáticos. Ser un verdadero demócrata, en suma.

Una de las frases favoritas de Ronald Reagan era la siguiente, también escrita por Thomas Paine: “Tenemos en nuestro poder iniciar de nuevo el mundo”. Para el más grande presidente Republicano después de Abraham Lincoln, ella expresa un mensaje de optimismo en el espíritu norteamericano, en su histórica capacidad de enfrentar las dificultades unidos, como reza el nombre de la nación.

Tender puentes para rescatar la perdida unidad, no cavar trincheras (¡mucho menos construir muros!) es una tarea primordial que le espera al presidente número 46 de los Estados Unidos de América.

 

 

 

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