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En defensa de la traducción

interpreter1Hace algunos años, en el restaurante italiano del barrio sur de Colonia donde almorzaba todos los martes, en compañía de mi entrañable amigo Carlos Müller, porque su cocinera guisaba los mejores espaguettis que se comían al norte de los Alpes, a los postres conversábamos con el esposo de la dueña, y le escuché una de esas frases que parecen formidables, casi aforismos.

Nos dijo que un ser humano es tantas veces ser humano como el número de idiomas que sabe. Me pareció una frase brillante pero vacía de contenido, de esas que pueden funcionar ante un público multicultural, para congraciarse con él. Y como no suelo morderme la lengua (para no morir envenenado, según quienes me conocen bien), le repliqué diciéndole que Shakespeare sólo hablaba inglés, y le aseguré que conozco a muchos hijueputas políglotas.

El buen hombre se quedó con la duda de si su frase es tan buena como él creía. Mientras regresaba a casa en el carro de Carlos, que es un bilingüe total de castellano y alemán, y que comparte conmigo la afición por esos espaguettis insuperables (nunca me cansaré de alabarlos, incluso recuerdo su sabor ahora que hace casi diez años que el restaurante tuvo que cerrar), seguí pensando en el asunto y me acordé de algo que había leído hacía poco en un voluntarioso y malogrado mamotreto de Carlos Fuentes.

Allí, en alguna página, Fuentes recuerda que Milan Kundera le preguntó alguna vez que si ya había leído a Kafka, Fuentes le contestó que claro que sí, y Kundera quiso saber si lo había leído en alemán. No, no sé alemán, le dijo Fuentes. Y Kundera le aseguró que entonces no había leído a Kafka. La respuesta es tan cierta como estúpida, tan brillante como vacía de contenido fue para mí la frase de ese comensal con quien compartía postres en Colonia.

Yo la hubiese replicado preguntándole a Kundera que si ya había leído a Homero, y en el buen supuesto de que me contestase afirmativamente le volvería a preguntar que si lo leyó en el griego original, y como es bastante seguro que tendría que contestarme que no, le enrostraría tan certera como estúpidamente que entonces aún no había leído a Homero. Y así ad infinitum y ad nauseam.

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Claro está que quienes no podemos leer a Dostoievski y a Tolstoi, y sobre todo a Puchkin, en su ruso original, sino sólo traducidos, pues eso, no los hemos leído. Y desde luego que si uno padece alergia a las lenguas muertas, e incluye entre ellas al francés (que no ha progresado un solo milímetro desde Rabelais), pues eso, jamás podrá decir que ha leído a Flaubert y a Camus, ni tampoco a Rimbaud, Verlaine y Baudelaire. Y a pesar de todo lo que los apoye el Espíritu Santo (permítanme la aparente irreverencia, que no lo es), quienes no sean capaces de leer en arameo el Viejo Testamento, pues eso, se tienen que conformar con Lutero en alemán o con Nácar–Colunga o Casiodoro de Reina –revisado por Cipriano de Valera– en castellano, aunque en lo que se refiere al Cantar de los Cantares prefiero de lejos la versión de mi casi paisano don Benito Arias Montano, factóctum de la Biblia Políglota.

Así es la cosa, Mafalda, que diría Manolito. ¿Y bueno: qué?, pregunto yo. Y me lo pregunté pocos días después, mientras estuve traduciendo a Heinrich Böll, el premio Nobel de Literatura de 1972. Me lo pregunté mientras asediado por su prosa, intentaba transmitírsela al lector de sus traducciones, que son las mías, y me dije que jamás lograría contagiarle a ese lector el acelerón del pulso que me acosaba cuando ponía en palabras del idioma de Cervantes unas experiencias personales de Böll que se ubican en la calle donde en estos momentos dormían mis dos primeros nietos: es más, los dos nacieron en esa misma calle donde nació Böll, una calle que conozco cuadra por cuadra, casi cada piedra de su pavimento, de tanto recorrerla llevando a mis nietos de la mano.

Desengañémonos : Nunca leemos a los autores si no los leemos en su original, en eso Milan Kundera tenía razón. Pero ¿estaríamos entonces, a fuer de congruentes, dispuestos a renunciar a leer a Cervantes si no supiésemos castellano, y a Shakespeare sin saber inglés, y a Homero sin saber griego, y a Hölderlin sin saber alemán, y a Ibsen sin saber noruego?  Lo que todavía me queda por decir es algo sangriento: Por mi parte, sin ningún problema, estoy dispuesto a renunciar per in saecula saeculorum a leer a Kundera, y no porque no sepa checo, su idioma materno, en el cual, curiosamente, él mismo ya no escribía. ¡Caraaaaaa….mba!

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