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¡En Venezuela es la cosa!

I

Los libros de Cioran deberían tener una advertencia en la portada semejante a las cajas de cigarrillos: “Estas elucubraciones pueden afectar seriamente su sistema nervioso”, acompañada de la foto de un insomne con un libro en la mano y un botellón de melatonina en la otra.

El filósofo Emil Cioran nació en Rășinari, un pueblo de Transilvania, la llamada “tierra más allá del bosque”, donde hacía de las suyas el conde Drácula. Su apellido tiene un son de antibiótico. 500mg de Cioran (lo que pesan un par de hojas de uno de sus libros) puede hacerte hipersensible al dolor o un incurable crónico.

Para ir entrando en calor, aquí les va una de sus píldoras:

No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo.

No estoy tan de acuerdo. Prefiero los males tolerables a los violentos. Andar en un carro al que le falla la batería es menos grave que en uno al que le fallan los frenos. Lo atractivo del filósofo de Transilvania no es solo lo demoledor de su pensamiento, sino lo bien que se ajusta a nuestra situación actual (una lenta y lerda actualidad de dos décadas). Ofrezco otros de sus aforismos:

Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos.

Estamos todos en el fondo de un infierno donde cada instante es un milagro.

Juro que no los he seleccionado; simplemente busqué en la web “Frases de Cioran” y anoté las dos primeras por orden de aparición, no de gravedad.

En resumen, Emil Cioran es un filósofo pesimista, penetrante y persuasivo, una combinación solo para curtidos militantes. Yo lo evitaba, pero ahora resulta que estoy metido de cabeza en Desgarraduras, un libro donde nos anuncia el final de la historia como si fuera una buena noticia. Me cautivaron las primeras líneas, ese arranque desde la nada, semilla de lo que viene y a veces un anzuelo que ya no puedo soltar. Esa fue mi perdición. A las gitanas les basta conocer algo de tu pasado para predecirte el futuro. Cioran sabe bien que los pasados de los hombres tarde o temprano se arrejuntan en un denominador común, y a Venezuela le ha llegado el turno de la podredumbre, de la caída, de las lágrimas, la desesperación, la amargura y las maldiciones autobiográficas. Cioran además nos habla desde los tiempos previos a la prehistoria:

Según una leyenda de inspiración gnóstica, en el cielo se libró una lucha entre los ángeles partidarios de Miguel y los partidarios del Dragón. Los ángeles que, indecisos, se conformaron con mirar, fueron relegados a la tierra para que hicieran la elección que no se habían atrevido a hacer en el cielo, una elección muy penosa, pues no conservaron ningún recuerdo del combate y aún menos de su actitud equívoca.

De este modo, el comienzo de la historia se debe a una vacilación y el hombre es el resultado de una duda original, de su incapacidad de tomar partido. Arrojado sobre la Tierra para aprender a elegir una opción, ha sido condenado a una aventura que solo podrá superar cuando haya ahogado en sí mismo al espectador. Esto explica por qué los humanos nos mostramos tan afanosos por abrazar una causa, por aglutinarnos, por reunirnos en torno a una verdad. ¿Pero en torno a una verdad de qué especie?

Es tan estimulante pensar que el pecado original fue una indecisión y no la violación de una orden absurda (¿como no comer la manzana de la sabiduría?). Debe ser cierto que partimos de una duda, un estado que suele ser punto de partida de todo acto creativo. También hemos sentido revolotear en nuestro interior el anhelo de una decisión heroica que algún día nos convertirá en ángeles y hasta en dioses. Para Cioran, esa especie de verdad que nos tienta, ese templo que nos permitirá encausar y sostener nuestra elección, es la llamada “verdad verdadera”, un tipo de verdad hipertrofiada capaz de enfrentar todos los riesgos, incluyendo la negación de toda otra verdad y hasta la aniquilación de la idea misma de verdad.

Al mismo tiempo, brusca o metódicamente, esta verdad, tan verdadera que puede ser defendida hasta con mentiras e infamias, nos llevará a través de sus inconsistencias y contradicciones a una insubstancialidad que se convertirá en nuestra guarida y centro de encuentro con otros ángeles, que nos darán la razón y confirmarán fanáticamente nuestras certezas.

Yo nunca he tomado partido con el debido coraje y estoy perdido en la tierra y en el tiempo, cansado de ser un espectador solitario, dubitativo. Mi consuelo es que mi caso no es tan grave como el de quienes sí tomaron partido y se aferraron a esa verdad inexpugnable, dueña indiscutible de sí misma, y dejaron de apoyarse en los hechos y sus consecuencias, suplantándolos con fantasías hasta generar un mundo paralelo que sofoca y substituye nuestra realidad, vaciándola de toda substancia y dejando a su paso infernales vacíos. Ellos han creado un país insubstancial que se esfuma en nuestras narices. Imaginen un paraíso donde no se paga electricidad ni agua ni teléfono ni gas, que, al mismo tiempo, es un infierno donde no hay agua ni luz ni manera de cocinar o comunicarse.

II

Decía Heidegger que cuando un objeto ya no puede ser usado para la finalidad que ha sido creado se convierte en una cosa. Sus explicaciones son trabalenguas que solo se entienden en alemán:

¿Qué es lo cósico de la cosa? ¿Qué es la cosa en sí ? Solo llegaremos a la cosa en sí cuando nuestro pensamiento haya llegado antes a la cosa como cosa.

Soy un fisgón de la filosofía que apenas se asoma a la obra de Heidegger, pero me atrevo a decir que cuando un objeto ya no sirve para el fin que fue creado se transforma en basura o en arte. Un ejemplo es el urinario de Duchamp, transitando por los museos del mundo cuando podría estar bajo capas de escombros. Los basureros y cloacas de antiguos centros urbanos están llenos de tesoros para los arqueólogos. Somos, en buena parte, lo que desechamos.

Al examinar el caso de esa cosa llamada “gobierno de Venezuela”, viene bien tener en mente la relación entre el arte y la basura. No solo los dictadores crearon una cosa que para nada sirve, salvo para perpetuarla, además dedican todos sus esfuerzos a imposibilitar que esa cosa vuelva a tener un objetivo mediante el arte de la política.

Este mismo afán de arrebatar a la cosa los objetivos para que fue creada y obligarla a permanecer en su condición de basura, nos obliga a pensar, tal como propone Heidegger, en “la cosa como cosa”.

No es casualidad que la etimología de la palabra “república” esté formada de res, “cosa”, y publica, “el pueblo”. Los romanos crearon esa entidad para organizar y dirigir los asuntos de Roma. ¿Cuál es entonces el estado de nuestra “cosa pública”?

Nuestra cosa, nuestros asuntos, se están desvaneciendo. Disminuye aceleradamente el lenguaje, la población, los medios de producción, los servicios públicos, la fe en las instituciones, los bienes de consumo, los recursos que nos ofrece nuestra naturaleza, la capacidad de elegir, de ahorrar, de producir, el valor de nuestra moneda, la creación, el sentido de trabajar, el emprendimiento, la idea de futuro, las familias, los vecindarios, la capacidad de aguante, de resistencia, de respuesta, de alternativas, y el bien que ha sufrido la mayor merma: nuestra independencia, la capacidad de decidir nuestro propio destino. Se crearon las condiciones para convertirnos en el centro de un conflicto mundial y ahora el gobierno quiere convertir las consecuencias en las causas de nuestros males.

En cuanto al estado de lo público, la participación del pueblo ya no se cuenta por votos, sino por armas. El gobierno pretende que sólo participe de la República quien tenga un fusil y un sueldo oficial. Maduro quiere llevar la cifra del personal armado a los tres millones, un 10% de la población; dirigida por el 0.01%, unos 3.000 comandantes, quienes rinden cuenta a una cúpula de un 0.001%. Esta manera de militarizar la participación del pueblo nos asoma a una absoluta merma de la civilidad. La “res publica” la han convertida en la “red privada” de una minoría soportada en las armas de sus guardianes.

A veces utilizamos la palabra “cosa” con un sentido despectivo, como “esa cosa que está allá”. Los romanos se la tomaban muy en serio al hablar de la res publica. La res, la “cosa”, para ellos también tenía que ver desde sus orígenes con lo real, con algo que tiene una existencia verdadera y efectiva.

Las posibilidades de nuestra “cosa”, sea pública o privada, se esté desvaneciendo o fortaleciendo, siempre estará viva, albergando un asombroso potencial de cambio (mayor será el asombro mientras menor sea la esperanza). Heidegger nos da el ejemplo de una jarra. Decimos que está vacía cuando hemos servido en las copas todo el vino que contiene. Pues resulta que no. Está llena de aire, sigue conteniendo y pudiendo contener. Una jarra, aparentemente vacía, es quizás más jarra al ofrecer más posibilidades como contenedor.

El largo ensayo donde Heidegger explora este tema se titula, como era de esperarse, “La cosa”. Este breve título me hizo recordar un slogan muy popular en los tiempos de Aldemaro Romero: “En El Ávila es la cosa”. Creo que es válida la referencia, pues recuerdo que uno se preguntaba: “¿Cuál será esa cosa?”. Las respuestas eran círculos que se iban estrechando: los carnavales, la fiesta, el sexo, el oscuro objeto del deseo, ese centro vacío que palpita porque conoce su poder de convocatoria y conclusión.

A través de absurdas penurias y al borde de la desesperación llegamos a la necesidad imperiosa de preguntarnos: ¿Cuál es la esencia de esa cosa que llamamos República? Creemos estar cerca de algo nuevo, pero, ¿cómo podemos saber de qué estamos cerca si no sabemos de qué estamos lejos? Dice Heidegger: “Ninguna reducción de lejanía trae, necesariamente, cercanía alguna”. Estar cerca requiere cada vez más atención, más trabajo, más compromiso y fe.

Vamos conociendo en carne propia el sabor de dos maldiciones milenarias que parecen de Cioran. La de los chinos: “Que vivas tiempos interesantes”, y la de los judíos: “Que Dios te permita saber cuánto eres capaz de sufrir”. Debemos hacer que nuestros sufrimientos sean interesantes, exploradores, provechosos, inaugurales, fortificantes.

La imagen de la jarra nos viene bien para entender a la cosa pública. Una jarra es más contenedora que un martillo. El martillo es un elemento que golpea, que ocurre. La jarra es más un contexto, un lugar donde ocurre algo.

Heidegger se pregunta y se responde: “¿Cómo acoge el vacío de la jarra? Lo acoge tomando aquello que se le vierte dentro. Acoge reteniendo lo que ha recibido. El vacío acoge de un modo doble: tomando y reteniendo”. Debemos agregar: “y vertiendo”. Para la jarra es mejor dar que recibir.

Añade Heidegger: “la res publica no significa Estado sino aquello que, en un pueblo, de un modo manifiesto, concierne a todo el mundo, que le «preocupa» y que por esto se discute públicamente”.

Nuestra cosa está más viva que nunca, palpitando de deseos por volver a ser, por concernirnos, por preocuparnos juntos y no aislados, por discutir libremente sobre nuestra realidad. La han desnudado, borrado, deformado, quitándole todos los bienes que nos impedían ver su esencia, irrespetando sus necesidades de existencia, de vida y efectividad, su capacidad de discutir la verdad, de introducir cambios y nuevas visiones, de elegir y decidir. Vivimos tiempos de refundación y la humanidad entera está atenta a nuestra situación, aterrada de que tanto mal no sea capaz de traer respuestas y enseñanzas que le den sentido al arte de la política y de la convivencia. Nuestra tarea no se limita a encontrar soluciones políticas. El destino nos llevó a extremos que nos obligan a redefinir la política y la cosa pública. Venezuela no tiene otro camino que señalar una nueva manera de concebir la República, la cosa de todos nosotros. Nuestro caso, nuestra cosa, es única en el mundo, no solo por su actual nivel de basura y crueldad, sino por nuestros recursos y posibilidades creadoras de redimirla y convertirla en un ejemplo del arte del buen vivir. Las decisiones y elecciones deben ser colectivas, públicas, antes que heroicas o privadas. Recordemos también que el secreto de la verdad no está en su posesión, sino en su búsqueda.

Nuestra tragedia ha llenado la jarra hasta fracturarla. Igual de pleno será el caudal que ofrecerá a nuestro porvenir. Y, si la llegaran a quebrar, siempre estará la arcilla y el fuego.

 

 

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