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Gina Montaner: El presidente Trump y el alguacil Arpaio, tal para cual

Este viernes fue tormentoso en todos los sentidos: el potente huracán Harvey se aproximaba a Texas a la vez que el presidente Trump desataba otro ciclón al concederle un perdón al polémico ex alguacil de Arizona Joe Arpaio.

Unos días antes ya se conocía la trayectoria de un temporal que amenazaba con alcanzar categoría cuatro. Igualmente, durante un mitin en Phoenix Trump anticipó que indultaría a Arpaio. Tres días después, el temido sheriff del condado de Maricopa le daba las gracias por haberlo librado de una posible pena de prisión después de que fuera declarado culpable de desacato por persistir en detener arbitrariamente a individuos por su aspecto hispano.

Es natural la simpatía mutua entre el mandatario estadounidense y este ex jefe de policía. Ambos azuzan sentimientos racistas y desde el principio conectaron. Ya en 2011, cuando el millonario empresario soñaba con la presidencia, Trump y Arpaio compartían una pasión: su aversión a Barack Obama y su obsesión por demostrar que el entonces presidente se hacía pasar por estadounidense, cuando, según ellos, en realidad había nacido en África. Así fue como Trump impulsó el falaz movimiento Birther, exigiéndole a Obama que mostrara su certificado de nacimiento.

Arpaio, quien a lo largo de más de dos décadas impuso su política antiinmigrante sembrando el terror entre los hispanos con detenciones improcedentes, se hizo eco de esta teoría conspirativa. Cuando un resignado Obama mostró al mundo el documento de marras, el alguacil inició una «investigación» para demostrar que el certificado era falso. En aquel entonces Trump le envió una nota de su puño y letra felicitándolo «por ser el único con el coraje de hacerlo« y animándolo «a continuar dando esa batalla». Su alianza estaba sellada.

Unos años después y en plena campaña electoral, Trump ascendía con un discurso populista, racista y antiinmigrante. Arpaio lo apoyó con entusiasmo, asegurando que ambos estaban dispuestos a todo con tal de «acabar con la inmigración ilegal«. Precisamente eso es lo que hizo este hombre nonagenario, al desobedecer la Constitución y la orden de un juez federal que le prohibió a sus agentes detener a cualquier persona que fuera sospechosa de ser indocumentada simplemente por su aspecto físico.

En noviembre de 2016 Trump ganó las elecciones pero Arpaio, que aspiraba por séptima vez consecutiva, acabó derrotado por un demócrata y perdió el feudo que había presidido con mano dura. Su única esperanza era que su amigo le devolviera sus favores y así ha sido. Con tan sólo seis meses al frente de una presidencia voluble y con pocos resultados más allá del constante sobresalto en las redes sociales, Trump no ha dejado en la cuneta al sheriff que se quedó sin su estrella de cinco puntas.

Este indulto es una bofetada del presidente a la Constitución y al poder judicial. Su prioridad es premiar a quienes lo secundan y le muestran lealtad, tal y como ha hecho Arpaio. Y en estos momentos de tensión racial en los que Trump le promete a su base que el muro se construye sí o sí y reitera que los inmigrantes indocumentados son los que le quitan los trabajos y cometen crímenes por doquier, el perdón al alguacil «más implacable de Estados Unidos» aviva la «caza del inmigrante».

Muchos creyeron que Trump no se atrevería a indultar a Arpaio porque sería una afrenta al estamento jurídico y una invitación a saltarse la ley. Pero a estas alturas ya no hay cabida para la ingenuidad. Este viernes pasaron dos huracanes que dejarán secuelas.

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