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Grupo Maritain – La Democracia Cristiana venezolana: Por una verdad a la cual servir

 

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Grupo Maritain *

“Lo que necesitamos no son verdades que nos sirvan, sino una verdad a la cual servir”. 

Jacques Maritain

 

I

 

Nos recuerda Ralf Dahrendorf que la democracia es un conjunto de instituciones tendientes a legitimar el ejercicio del poder político, brindando una respuesta coherente a tres preguntas clave: ¿Cómo podemos producir en nuestras sociedades cambios sin violencia? ¿Cómo podemos mediante un sistema de vigilancias y equilibrios (checks and balances) controlar a quienes están en el poder de modo que tengamos la certeza de que no abusarán de él? ¿Cómo puede el pueblo –todos los ciudadanos- tener voz en el ejercicio del poder?

 

Puede afirmarse que la sociedad venezolana comenzó a responder en serio esas preguntas a partir de la gesta del 23 de enero de 1958, y de los debates que se dieron para la conformación de una unidad nacional, más allá de los partidos, con el fin de constituir un gobierno civil y democrático en las elecciones de fines de ese año. Al final, de dichos debates surgió el llamado Pacto de Puntofijo, inicio de los cuarenta años de república civil que, con todo y sus fallos, han sido los momentos de mayor avance de nuestra historia post-independencia.

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Así como puede señalarse que no hay república civil sin el espíritu del Pacto de Puntofijo, del mismo modo no sería exagerado afirmar que no podría haber habido Puntofijo sin Democracia Cristiana, es decir, sin COPEI. En ese momento COPEI estuvo a la altura de los retos planteados. Y fue un COPEI fundado y dirigido por jóvenes, sin los cuales no hubiera sido posible la creación de un instrumento político demócrata-cristiano en nuestra tierra.

 

Yendo más allá de las fronteras venezolanas, puede afirmarse que en América Latina el humanismo cristiano, llevado a la política, fue pensado, creado y nutrido, desde sus inicios, por jóvenes.

 

Bien sea que recordemos la reunión de Eduardo Frei y Rafael Caldera, en Roma, en 1934, en el Congreso de Pax Romana, o los esfuerzos de un joven dirigente panameño, Ricardo Arias Calderón, o a un joven Alcalde de San Salvador, fundador de la Democracia Cristiana salvadoreña, Napoleón Duarte, o a los entonces muy jóvenes dirigentes universitarios cubanos, que lucharon primero contra la dictadura de Batista, y luego han dedicado el resto de su vida a luchar contra la tiranía castrista, juventud y humanismo cristiano se dan la mano en nuestra historia latinoamericana.

 

Sus esfuerzos, de décadas, no fueron labor de meros pragmáticos aspirantes al poder. Y es que ellos, desde el comienzo, lo tuvieron claro: Esos jóvenes, alejados de las dos modas ideológicas predominantes a mediados del siglo pasado, la marxista y la liberal, simultáneamente a la creación y desarrollo de instrumentos partidistas, elaboraron propuestas, visiones de país. Debatieron. Soñaron con una sociedad mejor, democrática, pluralista, republicana.

 

Lucha por el poder, sí. Pero también lucha por la Verdad democrática y republicana.

 

UN RETO FUNDAMENTAL DE la Democracia Cristiana hoy: hacer llegar un mensaje humanista cristiano a toda la sociedad venezolana, en especial a los jóvenes.

 

UNA FORTALEZA: la vigencia de la doctrina, de la visión del mundo.

 

Si se plantease el relanzamiento del humanismo cristiano en América Latina, debería hacerse partiendo del reconocimiento de los cambios culturales, tecnológicos, económicos y sociales que afectan a la sociedad del siglo XXI, sin duda alguna, pero también desde la hermosa historia de la constitución de las actuales democracias que existen en la región, en donde el humanismo cristiano hizo aportes concretos y en muchos casos decisivos.

 

UN SEGUNDO RETO: el reto de un humanista cristiano es siempre actuar con base en ideas; la acción debe seguir al pensamiento, y no viceversa.

 

UN TERCER RETO: De lo anterior se deduce –y esto es un mensaje que va, sobre todo, a las actuales dirigencias partidistas- que el trabajo de formación y preparación de los jóvenes dirigentes es prioritario, promoviendo la constante discusión de ideas.

 

Como evolucionen las juventudes, así andarán los partidos. Como crezcan las juventudes, así crecerán los partidos.

 

II

 

Luego de la destrucción material y ética producida por el chavismo, los pilares de la reconstrucción de la ciudadanía son, entre otros: Intenso diálogo y debate de toda la sociedad sobre el nuevo modelo de país, institucionalización acompañada de la promoción de la persona humana y de su papel en la comunidad, derrota de la pobreza por vía de la solidaridad y de la generación de riqueza.

 

Un primer tema-problema fundamental es la reconstrucción del diálogo nacional.

 

Un objetivo central de Hugo Chávez fue la imposición del odio y de la división –conceptos claramente anti-políticos- entre los venezolanos. El diálogo, concepto central de la democracia, ha sido desterrado de la tierra venezolana. Pensemos que gracias a un diálogo sincero entre las partes se desarrolló, bajo un gobierno demócrata-cristiano, el primer gobierno de Rafael Caldera, la política de pacificación, por la cual venezolanos que habían escogido el camino de la insurgencia contra la naciente democracia post-dictadura pudieron incorporarse a la institucionalidad democrática, fundando partidos, participando en procesos electorales, renovando sus mensajes para adecuarlos a los deseos de las mayorías de vivir en paz y democracia.

 

El diálogo real nos permite identificarnos más allá de los límites de la política. Sirve para interrogarnos sobre nuestra cultura, nuestras instituciones, nuestros modos de convivencia (o carencia de ellos), nuestras formas de expresión artística, social, nuestra vida económica. El diálogo saca a flote la humanidad en cada individuo, ayudándolo decisivamente a convertirse en ciudadano.

 

El diálogo no entre élites, sino entre todos los sectores de la sociedad castigados por tantos años de desgobierno hay que promoverlo de nuevo en Venezuela tanto por razones políticas como morales: quien se mantiene en la ruta chavista pavimenta un camino de servidumbre.

 

Un punto fundamental: se necesita dar el paso de la anti-política de la imposición a la política de la interacción y cooperación. Allí radica el sentido de la Unidad Democrática, reunida hoy en una mesa partidista, que cada día debe ampliarse a más y mayores sectores.

 

Y dicho diálogo no debe ser sólo sobre el presente, sino asimismo sobre el pasado. La Venezuela democrática del futuro pasará por una etapa en la cual podamos los venezolanos reinventarnos, como hicimos en 1958, imaginando juntos una nueva nación, una nueva realidad.

 

Un segundo tema: el retorno de la institucionalización.

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Podría afirmarse, grosso modo, que lo contrario a la institucionalización estatal es el caudillismo extremo, de lo cual, en América Latina, hemos tenido por desgracia demasiados ejemplos. Ello ha llevado al hecho concreto de que, a mayor caudillismo, mayor debilidad del sistema de partidos, componentes importantes de una democracia. En nuestro país, a partir de 1999 se abrieron las compuertas para una democracia centrada en el líder, más que en las instituciones –como los partidos- encargadas de fortalecer el rumbo democrático.

 

Una prueba fehaciente de institucionalización estatal la constituye una real división de poderes (fundamental para los “checks and balances” de la definición de democracia según Dahrendorf). Aquí también los latinoamericanos en general, y los venezolanos en particular, mostramos graves déficits históricos. ¿Alguien se atrevería a decir que en nuestras sociedades políticas presidencialistas el ejecutivo no controla o busca controlar, de alguna manera, los poderes legislativo y judicial?

 

Un tema institucional prioritario es la asunción de los problemas éticos derivados de una sociedad permisiva, con profundos arraigos materialistas, con más derechos que deberes. El egoísmo individualista, ese centrarse en el yo, debe trascenderse, nos dice el pensamiento social cristiano, debe dar paso a la noción de persona humana, y al apoyo y promoción sostenidos de una rica red de sociedades y cuerpos intermedios.

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La Doctrina Social de la Iglesia puede sernos de gran ayuda al respecto: el principio capital es que la persona es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales (Mater et Magistra). Solo así podemos hablar con seriedad de una política social solidaria, no manipuladora. Y no es solamente un asunto estatal: todos debemos contribuir con nuestros propios recursos al ejercicio de la solidaridad, que es válido sólo cuando todos nos reconocemos unos a otros como personas, como semejantes, no como instrumentos a explotar (Sollicitudo Rei Socialis).

 

La centralidad de la persona en el debate sobre una democracia fundada en los aportes del humanismo cristiano puede condensarse, de acuerdo con algunas de las posiciones fundamentales del fecundo ideario del personalismo cristiano, en tres primacías: a) primacía de la persona y con ella de la sociedad frente al Estado; b) primacía de la persona y con ella del trabajo frente al capital; c) primacía de la persona y con ella de la ética frente a la política, cuando esta última es concebida, maquiavélicamente, como política del “éxito individual”, separada de toda expresión solidaria y comunitaria.  

 

Un tercer tema vinculado a lo anterior: la derrota de la pobreza, por vía del triunfo de la solidaridad entre y con las personas, así como de la generación de riqueza, y no del paternalismo misionero.

 

La lucha contra la pobreza y por la generación de riqueza, tomando como pilar la colaboración permanente entre las instituciones privadas y el Estado democrático, se debe llevar a cabo destacando dos conceptos fundamentales del pensamiento social cristiano: la solidaridad y la subsidiariedad. Según esta última, el Estado solo debe cumplir aquellas funciones que los ciudadanos, los particulares, no están en capacidad de realizar. En el caso venezolano, otro tema fundamental ligado a lo anterior es cómo promover el cambio participativo y promotor de justicia social en uno de los petroestados más antiguos del planeta. Dilucidar lo peculiar de la economía política de un régimen híbrido como el venezolano es esencial. ¿Cómo pasar de una sociedad rentista a una sociedad no rentista? ¿Cómo establecer un sano equilibrio entre “oportunidades económicas, sociedad civil y libertad política?” (Dahrendorf).

 

III

 

El mensaje demócrata-cristiano ha sido siempre el de cambio y progreso; cambio y progreso en libertad. Este mensaje de cambio debe llevarnos a “reinventar la democracia”, para oponerla al “socialismo burocrático, al capitalismo tecnocrático y a la democracia autoritaria” (Joseph Folliet).

 

Para Jacques Maritain, el fin supremo y la tarea básica de la sociedad política no es otorgar ventajas materiales a individuos o grupos; tampoco conquistar el dominio técnico sobre la naturaleza, o el dominio político sobre los hombres. El fin es la mejora de las condiciones de vida y promover el bien común de la población de manera que cada persona pueda alcanzar realmente un grado de independencia propio de una vida civilizada. Dicho grado de independencia es asegurado al mismo tiempo por las garantías económicas del trabajo y de la propiedad, por los derechos políticos y la cultura del espíritu. Ello implica que la misión política es esencialmente una tarea de civilización y cultura que se propone ayudar a las personas a conquistar su autonomía y su libertad.

 

Para la Democracia Cristiana, por ende, toda tarea política es labor pedagógica.

 

El problema, sin embargo, -ha sido dicho muchas veces-, ha sido más de los mensajeros, o de los medios usados para difundir el mensaje.

 

En política, tan importante como el mensaje es usar el medio adecuado. Un gran reto de la política es que no se pueden seguir enfrentando los problemas del siglo XXI, y las correspondientes exigencias ciudadanas, con modelos de acción del siglo pasado. Los activistas eran definidos por sus causas, ahora también lo son por sus herramientas.

 

Tenemos los retos, tenemos los temas-problemas. La Democracia Cristiana debe ser capaz de luchar por vencer los retos y por afrontar los temas- problemas dando el mensaje del CAMBIO NECESARIO VÍA LA PROMOCIÓN DE UNA REAL DEMOCRACIA PARTICIPATIVA, de una participación que “no es meramente colaborar, o asentir: es consentir y decidir.” (Yepes Boscán). O como afirma Paulo VI: “La lucha del hombre es contra la necesidad y dependencia y por la igualdad y la participación.” Pero dicho mensaje de cambio no será creíble si no arranca por la propia estructura partidista.

 

Un hecho a entender: En las actuales democracias, la política partidista no es ya el elemento que comanda todas las decisiones. Es por ello que una participación correctamente entendida, como un hecho hoy horizontal más que vertical, exige la generación y promoción de ciudadanos, en debate constante, más que de simples votantes.

 

IV

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Afirma Robert Schuman, uno de los padres de la Unión Europea: “La democracia debe su existencia al cristianismo. Nació el día en que el hombre fue llamado a realizar en su vida temporal la dignidad de la persona humana, en su libertad individual, en el respeto de los derechos de cada cual y por la práctica del amor fraterno con respecto a todos. Nunca, antes de Cristo, estas ideas habían sido formuladas. La democracia está así unida al cristianismo doctrinalmente y cronológicamente. (…) “El cristianismo ha enseñado la igualdad de naturaleza de todos los hombres, hijos de un mismo Dios, rescatados por el mismo Cristo, sin distinción de raza, de color, de clase y de profesión. Ha hecho que se reconozca la dignidad del trabajo y la obligación de todos de someterse a él. Ha reconocido la primacía de los valores interiores, los únicos que ennoblecen al hombre.” “La tarea del hombre político responsable consiste en conciliar, en una síntesis a veces delicada pero necesaria, estos dos órdenes de consideración, el espiritual y el profano.”

 

El cristianismo, sin embargo, hoy está perdiendo la batalla cultural. Y ello afecta, sin duda alguna, a su expresión política: los partidos DC.

 

COPEI peleó desde sus inicios tres batallas simultáneas: la batalla política en defensa de la democracia; luego la batalla cultural-política, en defensa de una democracia alejada de todo materialismo en boga, en la cual la formación jugaba precisamente un papel esencial. Y, en tercer lugar, la batalla electoral, la de obtención del poder para su uso como fuerza de cambio.

 

Un humanista cristiano debe entender que ante un pueblo muchas veces confundido, que no termina de comprender el porqué de la crisis, y asqueado de la politiquería del color que sea, la labor de liderazgo político es fundamentalmente pedagogía de acompañamiento participativo de un pueblo que se siente solo en su penuria. Un líder DC entiende que la “acción política es indisoluble de la formación de comunidad, de un vínculo humano con sentido.” (Daniel Innerarity).

 

Uno de los retos de los jóvenes dirigentes demócrata-cristianos venezolanos de hoy es ayudar a construir una renovada sociedad democrática, que incorpore todos los avances y logros por demás evidentes en otras sociedades mejor ordenadas y organizadas.

 

Y esa lucha por un nuevo modelo de sociedad se debe hacer con instrumentos del presente y del futuro, más que del pasado. Centrados en el ciudadano, y no en la organización partidista. Los éxitos en política se definen por los triunfos fuera de la casa del partido, no dentro.

 

Para el necesario trabajo de renacimiento de una Venezuela democrática, los partidos no sólo deben pensar en cómo derrotar al castro-chavismo, sino asimismo pensar en la sociedad futura. Conquistar la democracia implica necesariamente pensarla. Renovada. Original. De este siglo.

 

¿Cómo será ella? ¿Qué nuevas estructuras se requerirán? ¿Qué cambios deberán hacerse?

 

Para enfrentar el actual desastre, hay que superar la visión tradicional de lo político y confrontar temas de urgente pertinencia: las nuevas tecnologías; el cambio climático; los problemas energéticos; las nuevas formas de riesgo e incertidumbre globales; la institucionalización en la práctica y más allá del plano formal de la defensa de los derechos humanos; la defensa de los valores familiares; las nuevas formas de lo popular; los cambios cuantitativos y cualitativos en las clases medias; la familia; el nuevo rol de la mujer: el planteamiento de la equidad, en correcta pertinencia, entre los sexos.

 

Todo ello nos lleva a recordar: para cambiar la realidad a fondo, la acción debe seguir siempre al pensamiento. No repetir consignas, sino manejar razones.

 

No hay partidos demócrata o social cristianos sin doctrina social cristiana. No hay acción política realmente socialcristiana sin pensamiento social cristiano.

 

Hay que reconocer entonces que sin doctrina social de la iglesia católica no habría hoy democracia cristiana, y sin pedagogos fundamentales en nuestros países, sin la formación, impartida en sus comienzos especialmente por sacerdotes y laicos influenciados por el mensaje social de la iglesia, no habrían surgido los partidos DC en América. En palabras de Manuel Aguirre Elorriaga, un inolvidable pedagogo vasco, maestro de generaciones de jóvenes social cristianos venezolanos, hay que sembrar ideas, para cosechar hechos”.

 

V

 

Ser un instrumento político idóneo en la Venezuela de hoy pasa por dos momentos: la vinculación permanente con los valores de la doctrina y de la ideología, y la generación de un modelo de estrategia, de estructura y de mensaje adecuado al siglo XXI. Un mensaje nuevo, modernizador y de cambio real, necesita un nuevo modelo de organización política.

 descargaPara la DC un partido político es un cuerpo intermedio entre el hombre y el Estado. Como afirma Arístides Calvani: “Un partido es un conjunto de personas que por una misma vocación y por unos mismos intereses unen sus esfuerzos en forma durable, permanente, con miras a la consecución de objetivos que superen la capacidad y los medios de que pueden disponer los individuos considerados aisladamente. O sea, un conjunto de personas que se unen para satisfacer una vocación.”

 

Una vocación inspirada en el magisterio entre otros, de Jacques Maritain; un magisterio que, rechazando los oportunismos y materialismos siempre en boga, afirmaba acertadamente: ““Lo que necesitamos no son verdades que nos sirvan, sino una verdad a la cual servir”.

 

Sólo en la medida en que la dirigencia demócrata cristiana venezolana comprenda la inmensa responsabilidad de ser fiel a las ideas, inquietudes y sueños que le dieron origen a la organización, adaptándolos a las circunstancias de lucha contra un claro autoritarismo, podría hablarse de que los demócrata-cristianos podrán ayudar, repetimos, a la construcción de una nueva democracia, de que el instrumento partidista será de nuevo una fuerza idónea de cambio y de transformación, dos palabras sin las cuales es imposible hablar de Democracia Cristiana.

 

La DC venezolana, por último, necesita de sus dirigentes altas dosis de convivencia; es menester que, como menciona Jorge Luis Borges en un poema, un grupo de hombres “de diversas estirpes (…), que hablan diversos idiomas, tomaran la extraña solución de ser razonables: que resuelvan olvidar sus diferencias y acentúen sus afinidades.”

 

*El Grupo Maritain está formado por un grupo de ciudadanos venezolanos, comprometidos con el pensamiento demócrata-cristiano y con las causas de la libertad y la democracia plenas. Sus miembros son: Julio César Moreno León, Abdón Vivas Terán, Haroldo Romero, Sadio Garavini di Turno, Oswaldo Álvarez Paz y Marcos Villasmil.

Caracas, julio 2016

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