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Héctor Abad Faciolince: Más sobre la marihuana

Hay viejos que se van volviendo godos y gruñones, así que me vigilo mucho ahora que estoy “en la juventud de la vejez”, o al comienzo de esos años en que la prudencia y la cautela hacen que los jóvenes lo vean a uno como anticuado y conservador. Hace poco, por ejemplo, algunas feministas me acusaron de estar alineado con el machismo del Poder y de los obispos simplemente por escribir que no era buena idea quemar iglesias, y por defender el derecho de algunas ciudadanas a pensar (ojo: ¡a pensar!) que el aborto está mal y no se debe practicar.

No fue suficiente decir que siempre he apoyado y sigo apoyando el derecho de las mujeres a abortar cuando ellas lo decidan; también tenía que apoyarlas en sus protestas violentas, porque antes no habían tenido voz, porque la Inquisición las había quemado en la hoguera (como si no hubiera quemado hombres también) y porque hace siglos no las dejaban abortar (como si practicarse un aborto hubiera sido seguro en el siglo XV, y no más bien una condena a muerte de feto y mujer). Pero bueno, de ese tema ya discutimos bastante y sigo pensando que a la causa feminista y a la de la libertad no les conviene quemar templos ni cancelar pensamientos.

Vengo ahora al tema del título de este artículo, en el cual voy a situarme –otra vez– en una posición que es la misma que siempre defendí en mi juventud ardorosa y enfática, pero que ahora, al comienzo de la vejez, me veo matizando con más prudencia y con más sentido de la responsabilidad. Apoyé y sigo apoyando, de acuerdo con mi amigo Carlos Gaviria, el derecho a portar una dosis personal, su defensa del libre desarrollo de la personalidad, la convicción de que el problema de las drogas es más un asunto de salud que un asunto judicial, y que sería conveniente que el Estado legalizara y regulara la producción y la venta de “drogas recreativas” como la marihuana.

Una vez dicho esto, la prudencia o la cautela de los años (o el endurecimiento del cerebro anciano, si quieren) me llevan a matizar el énfasis y la alegría con que alguna vez escribí “columnas enmarihuanadas”, fingiendo que me gustaba una yerba que –para ser franco– me aburre y agobia bastante. Todas las personas somos distintas, pero para mí estar trabado lo único que me da son unas ganas urgentes de volver a la sobriedad. A esa “normalidad” que nuestro cerebro nos ha hecho confundir con la “realidad”, con todos los problemas filosóficos que traen estos conceptos.

Pero lo que me hace ser ahora mucho más prudente que antes es un cúmulo de evidencia científica (que en buena parte le debo al psiquiatra y farmacólogo Jorge Tamayo) que analiza los riesgos que tiene el consumo de marihuana y de otras drogas psicoactivas, especialmente en el cerebro todavía inmaduro de los adolescentes. En esto, como en la mayoría de las afirmaciones de la ciencia, la evidencia es estadística y no absoluta. Así como no a todos los fumadores de tabaco les da cáncer de pulmón, tampoco a todos los adolescentes la marihuana les produce daños cerebrales graves (apatía, desgano, abulia) o adicción y dependencia. No a todos, pero sí a un porcentaje mucho más grande que a los consumidores adultos.

Hay un estudio amplio, serio y muy reciente de la revista Jama Pediatrics, en el que se explica claramente que cuanto más plástico es el cerebro (y el cerebro infantil y adolescente se distingue por su plasticidad), más riesgo se corre al consumir sustancias como la marihuana, el alcohol o el tabaco. La sensación y la memoria del placer son más intensos, por lo que el deseo de repetir la experiencia placentera es más probable y más urgente. Esto ocurre también con drogas psiquiátricas legales y a veces formuladas, como cierto tipo de analgésicos y tranquilizantes. Así, pues, que nuestro entusiasmo legalizador debe ir acompañado de mucha cautela en la venta y el consumo de la marihuana en la adolescencia. Es un consejo de mi cerebro adulto (fosilizado, si quieren) al cerebro plástico y juvenil.

 

 

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