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Helena Farré: Más exigente que el amor

No se puede ser amigo de alguien que no te gusta, mientras que es perfectamente posible enamorarse de alguien que te parece un cerdo

                    El autor griego afincado en Suecia Theodor KallifatidesABC

 

Hay tres tipos de escritores: los que escriben por el placer de escribir, los que escriben para ser leídos y los que escriben para retener la vida. Para explicarse la vida a sí mismos. El escritor griego Theodor Kallifatides pertenece a este tercer grupo.

Toma su vida, la que lleva en la piel y en los pliegues de su corazón, y, como un cirujano de la experiencia, la desmenuza y reconstruye con unas palabras que convierten una realidad opaca en cristalina.

Unas palabras que le explican a él, pero que nos acaban anclando a todos los demás, porque Kallifatides sabe cómo penetrar directamente en la esencia humana hasta punzar el nervio de lo que significa estar aquí y ahora. De lo que significa pertenecer y exiliarse, tener varias identidades y ninguna patria. O lo que suponen el amor y el olvido y el afecto y la muerte.

«Hay personas cuya esencia es una caricia prolongada», escribe en ‘Una mujer a quien amar’, su último libro publicado en español. Pero Kallifatides no está hablando de una amante, no. Está hablando de alguien que, como decía Aristóteles, encarna algo más perfecto y superior. Está hablando de una amiga. «Uno no se esfuerza con sus amigos igual que con sus amantes», escribe. «Aunque, de hecho, debería esforzarse aún más.

Kallifatides sabe cómo penetrar en la esencia humana hasta punzar el nervio de lo que significa estar aquí y ahora

No se puede ser amigo de alguien que no te gusta, mientras que es perfectamente posible enamorarse de alguien que te parece un cerdo. En este sentido, la amistad es más exigente que el amor». Lo es porque demanda de la virtud, del entendimiento, del reconocimiento, de la confianza. Porque requiere de un gran desinterés y una absoluta libertad.

Como escribe C. S. Lewis en ‘Los cuatro amores’, desde el punto de vista biológico, la auténtica amistad es innecesaria. No «sirve» de nada. Igual que la filosofía o el arte. Igual que la cultura. Pero, igual que la filosofía o el arte, la amistad es una de esas realidades delicadas, pacientes, que contraen el tiempo a la vez que lo expanden. Y que, tal vez, mediante esa caricia prolongada sí nos convierten en más habitables. En más humanos.

 

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