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Ichiro se parece a Vitico

Son los últimos días de un samurái.

En esta primavera, como siempre Ichiro Suzuki ha sido centro de atención. Se anuncia su retiro, está tomando sus últimos turnos, persiguiendo sus últimas pelotas en un terreno de las Grandes Ligas, donde llegó con 27 años, con categoría de estrella del beisbol japonés.

Estaba mayor cuando ganó el premio al Novato del año. Fue deslumbrante lo que hizo cuando llegó. En su año de debut, bateó .350, dio 242 hits y se robó 56 bases.

En su primer año, Ichiro, que significa “primer hijo”, rompió récords históricos: puso su nombre al lado de Shoeless Joe Jackson y se puso a la par de sus números de 1911. Fue pieza clave en llevar a a su equipo a 116 victorias asombrosas.

El japonés ha jugado 18 temporadas. Ahora con 45 años, después de verlo en estos días robar una base y tomando un fly de práctica con el guante en la espalda, uno sabe que debe irse pero también que le quedan algunos hits en ese bate.

A Ichiro pude verlo cuando jugó con el equipo de Miami desde que llegaba a entrenar al Marlins Park. Sus ejercicios son distintos a los que hace el resto: llega antes con un entrenador, trabaja con ligas, hace movimientos de artes marciales, como de Tai Chi, elegante, con la plasticidad de un bailarín. Parece que flotara.

Guardando las diferencias, en especial por lo distinto de sus personalidades, pero por las similitudes de estilos cuando se paran en el home, por zurdos y por sus movimientos, siempre me ha parecido que Ichiro batea como Vitico.

La percepción no es solo mía.

Nos pasa a los caraquistas adulto contemporáneo, mayores de 50 años, porque Vitico jugó la mitad y más de nuestras vidas y nunca nos cansamos de verlo. Era eterno, Ichiro también.

Vitico fue uno de los mejores y más brillantes bateadores de nuestra pelota, habilidoso, oportuno y joseador. Durante 19 temporadas con los Leones del Caracas dejó escritas páginas de verdad gloriosas. Su estelaridad es sinónimo de años exitosos y extraordinarios para los Leones. El segundo de la dinastía Davalillo fue siempre protagonista, no sólo como bateador.

Su genialidad como jardinero, le hizo ganar un Guante de Oro en las Grandes Ligas. En nuestra pelota hizo miles, pero quedó para la historia la célebre atrapada en los tubos, la famosa del batazo de Bob Darwin, refuerzo de los rapaces, que pudo ser un jonrón de tres carreras y que Vitico decapitó en una jugada impensable y de la que quedó el imborrable recuerdo y una fotografía que sirve como prueba para los incrédulos.

Era el sexto juego de la Serie Final. Luis Peñalver entró a relevar al lanzador panameño Eduardo Acosta para enfrentar a Bob Darwin, quien vino con el Magallanes y fue tomado por las Águilas para fortalecer la ofensiva.

Darwin había dejado récord de 19 jonrones en la campaña regular y sumaba cuatro cuadrangulares en los playoffs.

Era una verdadera amenaza su poder.

Recibió a Peñalver con un batazo sólido. Parecía que la bola desaparecería. El juego estaba 3-2, con dos en las bases.

Todo el parque siguió la trayectoria de la esfera, la inmensa mayoría caraquista ni respiraba. Davalillo tampoco le quitó la vista a la bola y en la zona de los tubos, que en aquel tiempo no tenía ningún tipo de protección. Entre el concreto, el metal y los incrédulos fanáticos de las gradas, dio un salto olímpico para atrapar la conexión que pudo ser letal.

El Caracas terminó ganando con pizarra de 4-3. A Peñalver lo sustituyó Diego Seguí, quien salvó el juego para ganar el título después de cinco años sin levantar un trofeo de campeones.

Podría decirse que el histórico fildeo hizo posible el título de la temporada 1972-1973 contra las Águilas del Zulia.

Víctor Davalillo debutó en la temporada 1957-58 y tuvo una longeva historia de 30 campañas en las que dejó .325 de promedio, con 1.505 hits en 4.633 turnos. Nadie lo supera.

En las Grandes Ligas, debutó el 9 de abril de 1963 con los Indios de Cleveland. Su historia en las Mayores fue también sobresaliente, con los Piratas, con los Dodgers, versátil, intuitivo, siempre con su bate alegre y oportuno.

Ichiro Suzuki se parece a Vitico. Siempre con un hit en el bate.

Cuando se quita la gorra y exhibe las canas es cuando se le nota la edad. Su disciplina japonesa lo tienen en primavera, en tan buena forma como cualquier novato, pero con una ilusión diferente y una historia que lo va a llevar al Salón de la Fama de Cooperstown.

Cuando Victor Davalillo dejó de jugar en las Grandes Ligas tenía 44 años, hasta en eso se parecen. Suzuki tiene uno más.

Bromeando por su edad y longevidad en el beisbol, el legendario mánager de los Dodgers de los Ángeles, Tom LaSorda, dijo: “No sé qué edad tienen Manny Mota y Víctor Davalillo, pero me cuentan que fueron mesoneros en la Última Cena”.

Vamos a extrañar a Ichiro, pero agradecidos porque tuvimos el gran privilegio de ver jugar a un inmortal. Un inmortal que deja un ejemplo del que siempre ha estado consciente, cómo lo dijo alguna vez:

“No soy un tipo grande y espero que los niños me miren y vean que no soy musculoso ni físicamente imponente, que solo soy un tipo normal. Entonces, si alguien con un cuerpo regular puede entrar en los libros de récords y los niños pueden ver eso. Eso me haría feliz”.

 

 

 

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