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Indignación y miedo

Me sucedió en un taxi al llegar a Bogotá hace unos tres años. El conductor me informaba con firme convicción que el presidente de la República de ese entonces era un comunista comprobado y a lo largo del viaje me expuso sus teorías conspirativas para persuadirme de que un grupo de extremistas ya se había tomado el poder en el país. En cierta forma me alegró escuchar que los comunistas, a quien yo creía extinguidos, todavía existiesen y que  Kim Jong-un, el dictador coreano, no era el único ejemplar de esa rarísima especie. Consideré inútil argumentar con alguien incapaz de la duda o la ironía  y me sumé a sus argumentos diciéndole que todo lo que afirmaba era cierto, pero dejaba por fuera a los comunistas más fanáticos e incluí en la conspiración a los tres hombres más ricos del país. Con mayor sensatez  el conductor dio un giro en su charla y pasó a hablarme del clima de la capital.

En algunos sectores ideológicos se afirma que existen los pobres de derecha, lo que me resisto a creer. Estos voceros consideran que el pobre de derecha defiende intereses de los poderosos aun sin tener capital y propiedad, y les consideran el perro de guardia de la clase que un día sueña con alcanzar. Un pobre de derecha vive atemorizado por la ideología de género, cree que la joven noruega Greta Thunberg es una farsante y ve en el calentamiento global una conspiración comunista.

Otros analistas como Ana Godoi creen que no hay una relación mecánica entre las condiciones de vida y la defensa de alguna expresión ideológica de nuestra sociedad. No existe naturaleza humana inmutable, ni ideas eternas. Según ella el problema es que las inclinaciones políticas no parten de ideas abstractas, elaboradas por los grandes ideólogos de nuestra sociedad, sino de relaciones y necesidades concretas. Cuando las personas  votan buscan a aquel que  les garantice mejoras efectivas en sus vidas. Los electores que votaron por Lula lo hicieron también por Bolsonaro.

Los políticos pragmáticos de cualquier orientación ideológica se han dado cuenta de esto y por  ello sus campañas no buscan la decisión reflexiva del  elector en su favor, sino despertar la indignación y el miedo entre ellos. La indignación tiene un campo muy fértil en las redes sociales que encuentra en las noticias falsas un poderoso combustible. El miedo puede ser más efectivo si se convence a la mayoría de que las conquistas sociales en materia  de género, etnicidad, protección del medio ambiente o libertad de creencias son una amenaza para sus propiedades o sus propios derechos. Así se estimula el racismo, el fanatismo y la homofobia. El objetivo potencial de esa manipulación es un espectro muy amplio de la ciudadanía y no se limita a las personas de menores ingresos.

Quizás ello explique por qué siglos después de la Ilustración un discurso religioso elemental e inquisidor ha vuelto con vigor y hay políticos que emplean salmos como eficaces anzuelos o mortales dardos. A todo esto la única perdedora es la reflexión iluminadora y serena.

wilderguerra@gmail.com

 

 

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