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Isabel Coixet: ‘Altas capacidades’

ALTAS CAPACIDADES - BTEAM Pictures

 

Hay películas que sientan como algo entre una bofetada y una caricia. Altas capacidades, de Víctor García León, es de esas: una película que sabe perfectamente lo que está haciendo y no pide perdón por ello.

Conozco a Alicia y Gonzalo, sus protagonistas. Los he visto en bodas, en reuniones de padres, en cenas de empresa donde alguien siempre habla demasiado alto y presume de cosas que todo el mundo sabe que son mentira. Esa pareja atrapada en la jaula dorada de sus propias aspiraciones, convencida de que la solución a un matrimonio que no va a ningún sitio es encontrar el colegio adecuado para un hijo que, en el fondo, solo necesita que alguien le preste atención de verdad. No la atención performativa de los padres que lo apuntan a jiu-jitsu, a pintura, a flauta travesera y a gimnasia rítmica. La otra. La que cuesta más y no tiene nombre en ningún folleto de matrícula.

También conozco a decenas de personajes como el de Juan Diego Botto, brillante y sutil en su creación del cabronazo con disfraz de amigo del alma.

García León filma –con una cámara deliberadamente quieta, casi clínica, casi cruel– el retrato de una clase social que ha confundido el movimiento con el progreso

 

Lo que García León filma –con una cámara deliberadamente quieta, casi clínica, casi cruel– es el retrato de una clase social que ha confundido el movimiento con el progreso. Adultos que corren sin avanzar. Que gastan una energía enorme en gestionar las apariencias de una vida que, vista desde fuera, hace mucho que dejó de tenerlos dentro.

Marian Álvarez e Israel Elejalde hacen algo muy difícil: resultar antipáticos sin perder nuestra compasión. Los miramos con esa mezcla incómoda de superioridad y reconocimiento que solo provocan los personajes verdaderamente bien escritos. Porque el cine español lleva décadas intentando retratar a la clase media con honestidad y casi siempre tropieza en el mismo sitio: o la ridiculiza desde fuera, con la distancia aséptica del entomólogo, o la enternece hasta hacerla inofensiva. García León, con Borja Cobeaga en el guion, hace algo más arriesgado: la muestra desde dentro, con toda su lógica interna intacta, y confía en que seamos nosotros quienes saquemos las conclusiones.

Eso requiere valentía. Y también una cierta mala leche que yo, personalmente, agradezco.

He pensado mucho, viendo esta película, en lo que les hacemos a los hijos cuando los convertimos en el proyecto que no nos atrevemos a ser nosotros mismos. En cómo el amor más genuino puede mezclarse con la ambición y volverse, en el camino, algo que ya no se parece en nada al amor. Hay una escena en la que un niño mira a sus padres con una expresión que no es tristeza ni rabia. Es algo peor: es comprensión. Ya sabe. Ya ha entendido el juego. Y eso, en la pantalla, duele de una manera que no esperaba.

Altas capacidades es comedia porque no le queda otro remedio. Porque si no fuera comedia sería un grito. Y García León –lúcido, preciso, sin trampa– elige reírse. Pero de esa manera en que la risa no te libera del todo, sino que te deja con algo atravesado en la garganta que no termina de bajar. Un gargajo amargo con el que no sabes qué hacer.

«Lo que sea por cambiar de clase», dice el póster. Sí. Lo que sea. Aunque en el camino se pierda todo lo que merecía la pena no cambiar.​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​

 

 

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