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Justicia arcaica

Los antiguos griegos pensaban que la justicia era tan antigua que su origen se remontaba a la creación misma del universo. Por eso pensaron que era una diosa, y que era hija nada menos que del cielo, Urano, y de la tierra, Gea. Así lo cuenta Hesíodo en su Teogonía. Dice el poeta que Gea se acostó con Urano y así concibió a los Titanes, una de cuyas hermanas era la «amable» Temis, la Justicia. Pero no cualquier tipo de Justicia, sino la Justicia divina, que es eterna y depende de la voluntad de los dioses. Más tarde, cuando la titánide Temis se hizo mujer y pudo a su vez concebir, se juntó con el mismísimo Zeus, y parió a las Horas, a Eunomía (las buenas leyes), a Irene (la paz), a las Moiras (las terribles diosas encargadas de cortar el hilo de la vida) y a Dike, la Justicia. Pero esta Justicia hija de Temis es otra, la humana, la que es mudable y depende del inestable parecer de los hombres. Así, aunque Dike, la Justicia humana, es hija de Temis, la Justicia divina, ambas fueron desde siempre muy diferentes.

Quien mejor nos explica esta diferencia entre Temis y Dike es Esquilo en la Orestíada. Se trata de una trilogía compuesta de tres tragedias, Agamenón, Coéforas y Euménides, que cuenta la terrible sucesión de crímenes y venganzas que ocurrieron después de la vuelta de Agamenón de la guerra de Troya. El caudillo ha tardado diez años en regresar a Argos, su reino. Allí lo espera la reina Clitemnestra, su esposa. Sin embargo, ninguno de los dos ha permanecido solo durante estos largos años de ausencia. El rey viene acompañado de Casandra, quien es su esclava pero también su amante. La reina tampoco ha perdido el tiempo. Se ha hecho amante de Egisto, primo de Agamenón, que sueña con hacerse un día con el reino. Ya lo han planeado todo: cuando el rey tome esa noche su baño, Clitemnestra lo atrapará con una red y aprovechará para coserlo a puñaladas. Esto es lo que se cuenta en el Agamenón.

En la segunda tragedia, Coéforas, los hijos de Agamenón, Electra y Orestes, vengan la muerte de su padre. En realidad, Orestes había sido sacado de Argos siendo apenas un niño, después de la muerte de Agamenón, pues, como legítimo heredero, su vida allí corría peligro. Sin embargo, al llegar a la edad viril, Orestes recibe del dios Apolo la orden de vengar este crimen. Vuelto a Argos, el joven planea la venganza junto a su hermana Electra: se disfrazará de viajero y se presentará en Palacio, anunciando la muerte de Orestes (es decir, su propia muerte). Al escuchar tales noticias, Clitemnestra no puede contener la alegría y llama a Egisto para que las escuche por sí mismo: ya nadie podrá disputarles el reino. Entonces Orestes mata al usurpador, y a continuación se dirige contra su madre. Clitemnestra reconoce al hijo y, desesperada, desnuda su pecho, suplicándole perdón y mostrándole los senos que un día lo amamantaron. Orestes vacila, pero entonces recuerda que se trata de una orden de Apolo, que su venganza es sagrada… y la mata.

Como todo asesino, y más si de su propia madre, Orestes enloquece. Alucina viendo que unas perras hambrientas de ojos brillantes lo persiguen. Son las Erinias, las furias vengadoras. Vaga delirante por Grecia hasta que, desesperado, acude a refugiarse en el santuario de Apolo en Delfos. Así comienza la última de las tragedias, Euménides. Sin embargo, ni el mismo Apolo, en su propio santuario, puede salvarlo de la furia de las Erinias. El dios le recomienda que huya a Atenas. Allí se celebrará un juicio que decidirá si Orestes es culpable o inocente. El juicio se desarrolla a imagen y semejanza de los que por entonces se tienen en la democracia ateniense. El jurado se muestra dividido en dos mitades: los que se inclinan por la condena y los que lo hacen por la absolución. Entonces Atenea interviene y decide el veredicto, votando (sí, la diosa «votando») por la inocencia de Orestes. Un canto final celebra la paz y la unión de los ciudadanos: «¡Que jamás ruja en esta ciudad la discordia civil, siempre insaciable de desgracias!».

La Orestíada fue representada en el año 458 a.C. Con ella Esquilo ganó el primer premio de las Grandes Dionisíacas. La trilogía, sin duda, es una abierta propaganda de la democracia ateniense, donde Argos aparece como escenario de atávicos crímenes y cruentas venganzas, mientras que Atenas se nos presenta como el lugar de la redención democrática, donde los más enconados conflictos pueden dirimirse civilizadamente y en paz. Es que la época de Esquilo es muy diferente de la de Hesíodo, y los salvajes asesinatos y las cruentas venganzas de los tiempos de Temis dan paso ahora a los juicios y las formas más civilizadas del reino de Dike. El mensaje de este tránsito parece bastante claro: la evolución hacia formas más elevadas de convivencia pasa inexorablemente por el cultivo de la Justicia por parte de los hombres. Otra lección de aquellos antiguos griegos para esta Venezuela bárbara y violenta que nos está tocando vivir.

 

 

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