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La abuela vandálica contra los hombres invisibles

Miriam del Socorro Matus, Doña Coquito, aguadora de los marchantes, junto con doña Flor y el maratonista Alex Vanegas, han devenido en símbolos de la rebelión. En la foto, en su casa, tras ser liberada.

¿Por qué un Gobierno que dispone de más de 20 000 guardianes del (des)orden –entre policías y militares- y varios miles de paramilitares necesita detener con desmesurado uso de la fuerza, como si se tratara de Osama Bin Laden resucitado, a una señora de 78 años que no hacía más que dar agua a los participantes en las manifestaciones de protesta? Doña Coquito iba a las marchas para regalar las bolsas de agua de cuya venta suele obtener sus ingresos. Por eso la detuvo el pasado fin de semana un pelotón de la policía, no menos de cinco, quizás hasta diez efectivos rabiosos y descoordinados. Sin embargo, ella no ha proclamado nada. No pide nada. No levanta una mano en señal de protesta. Jamás ha proferido en público una palabra contra el régimen. Simplemente reparte agua entre los sedientos manifestantes. Incluso cuando la entrevistaron sobre su detención, no lanzó maldiciones al régimen. Su relato se ciñó estrictamente a los hechos: “Me llamaron vieja vandálica y me aventaron a la camioneta como si fuera un chancho.”

Doña Coquito, aguadora de los marchantes, junto con la bailarina doña Flor y el maratonista Alex Vanegas, ha devenido símbolo de la rebelión. Casi arrastrando su huipil, doña Flor fue llevada a empellones hasta una patrulla policial y luego a El Chipote por bailar folklore en las marchas contra el Gobierno. El maratonista Alex Vanegas, que a sus 62 años recorre el país llamando a la liberación de los presos políticos, ya ha cosechado dos detenciones. Tres personajes de la rebelión. No son líderes. Dios nos libre -nos dirían- de tal pretensión. Sólo reparten agua, bailan y corren. Tres actividades que aterrorizan a una familia millonaria atrincherada en su gigantesco complejo habitacional que incluye servicio de cocina con comida a la carta.

¿Cómo estas personas y actividades aparentemente inocuas se han hecho tan famosas? En su libro póstumo Generación líquida, el sociólogo Zygmunt Bauman afirma que “los famosos son conocidos porque se habla mucho de ellos, pero incluso las personas con las ideas más benéficas deben hacerse un nombre si quieren que sus ideas propuestas sean leídas, escuchadas y debatidas con seriedad. Internet desmantela muchas de las barreras erigidas en el pasado en torno a los accesos a la esfera pública, que en demasiados casos equivalían a una censura informal. No se lograba aparecer en público si uno no se había granjeado los favores de un canal de televisión (…). Estas barreras, estas rígidas restricciones impuestas al acceso a la esfera pública, son ya un recuerdo del pasado.”

Doña Coquito, doña Flor y don Alex son una porción de la “gente ordinaria” que ha protagonizado con su coraje y gracia el movimiento 19 de abril. Son gente motivada por sus valores y catapultada por los acontecimientos –la represión, ante todo- hasta el ojo del huracán y los grandes escenarios de la política. Hace 30 años no hubieran sido más que una anécdota que acaso habría circulado de boca en boca. Hoy son tres colosos de la rebelión. Las redes sociales los han hecho visibles y audibles. Un experimento basta para comprobarlo: al escribir “maratonista Nicaragua” en google, las primeras 21 entradas se refieren a Alex Vanegas. Es el maratonista nicaragüense por antonomasia.

Estas tres personas ordinarias no lideran nada. No aspiran a ningún ministerio, embajada o prebenda. Ningún manifiesto ha salido de sus plumas y hasta hace una semana no habían puesto un pie en un estudio de televisión. No obstante, son paladines del movimiento. Tanto los tres actores mencionados como los estudiantes universitarios aparecieron primero en las redes sociales y de ahí saltaron a los canales de televisión: debutaron en las minúsculas pantallas de los celulares antes de llegar a las pantallas de los televisores. De alguna forma fueron “votados” en las redes e identificados por el régimen como personas peligrosas.

En la otra esquina están sus contrincantes: los paramilitares, superhéroes del régimen. No sólo están en las antípodas por su apoyo a Ortega y sus métodos brutales. Son sus opuestos porque cubren sus rostros. Si doña Coquito, doña Flor y don Alex son eficaces porque son famosos, los paramilitares extraen su fuerza de su anonimato. Son los hombres invisibles. La capucha no sólo los hace desconocidos para el resto de ciudadanos. Su función es hacerlos desconocidos para sí mismos.

Philip Zimbardo, psicólogo estadounidense especializado en el comportamiento humano y sobre todo en cómo la gente buena puede ser inducida hacia conductas perniciosas, realizó un experimento en 1969: vistió a un grupo de muchachas con capuchas y batas como las del Ku Klux Klan y las colocó frente a otro grupo sin disfraz ni cobertura alguna a las que hizo portar etiquetas con sus nombres. Les pidió a ambos grupos que suministraran descargas eléctricas a sus rivales. El resultado fue que quienes operaban en el anonimato infligieron descargas más prolongadas y por ello más dolorosas. Su “desindividualización” les permitía tomar distancia de los factores que normalmente inhiben un comportamiento socialmente deleznable. El también psicólogo Edward Diener sostenía que la desindividualización reduce la conciencia de sí mismo y por eso reduce el acceso a las normas internas de comportamiento.

La rebelión de abril, que se ha prolongado hasta octubre, tiene dos contrincantes: los que operan a rostro y pecho descubierto, y los que se ocultan bajo capuchas para ser desconocidos del público en general y de sí mismos. Los que se muestran y los que se cubren. Unos actúan movidos por compasión, otros cometen crímenes que no quieren confesarse ni a sí mismos. Sin embrago, los miles de paramilitares que ocultan su identidad y ponen sordina a conciencia no han podido amedrentar a la oposición. Y en contraste, el régimen se siente inseguro si en las calles circula repartiendo agua y a rostro descubierto una mujer de 78 años. ¿Quién dijo ‘miedo’?

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