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La América española

La mitología estadounidense ha construido un relato basado en el protestantismo y el idioma inglés. La presencia hispana en su historia fue mucho más importante de lo que se reconoce.

En la gran épica de la historia de Estados Unidos, los ingleses llegaron tarde. A la fracasada colonia de 1587 en Roanoke Island, cerca de la costa de Carolina del Norte, le siguió la fundación de dos asentamientos inicialmente precarios, Jamestown en 1607 y la Colonia de Plymouth en 1620. Para esa fecha, más de cuatrocientos mil españoles y más de treinta mil portugueses vivían en el extremo más alejado del Atlántico, junto a los habitantes indígenas, gente mestiza y una población, en rápido crecimiento, que había sido transportada desde África. Cuando los peregrinos desembarcaron en el borde oriental del moderno Massachusetts, pisaron una “América” que reclamaban desde hacía más de un siglo las coronas de España y Portugal como propiedad exclusiva. Aunque empezaban a surgir dudas, desde el punto de vista de 1620, podría haber parecido que el futuro del hemisferio estaba en la gente de origen ibérico.

La historia de los tres siglos siguientes fue distinta. Una cosa era reclamar grandes extensiones de territorio y otra convertir esa reivindicación en realidad. Con una tasa de emigración al Nuevo Mundo de unas dos mil personas al año, los españoles, que tendían a reunirse en ciudades y localidades de tamaño medio, no podían aspirar a ocupar una expansión tan grande de tierra, aunque sus números aumentaran. Esto creaba oportunidades que sus rivales europeos –los franceses, los ingleses y los holandeses– estaban encantados de aprovechar.

Esos europeos del norte estaban sobre todo tentados por las noticias de un El Dorado americano, y por los abundantes recursos de plata de los virreinatos de Nueva España y Perú. La plata americana hizo que la España de Felipe II fuera la potencia dominante en Europa durante el siglo XVI y cundió en todo el continente el temor a que el rey impusiera una “monarquía universal”. Los corsarios del norte de Europa, con el permiso de sus gobernantes o sin él, respondieron cada vez con mayor atrevimiento, atacando los barcos españoles en alta mar, saqueando asentamientos costeros y estableciendo bases tentativas en las islas del Caribe o en el continente, desde las que organizaban sus ataques. Pero los convoyes de plata iban bien protegidos y España tenía la capacidad de ejercer una venganza terrible en aquellos que invadían su “Imperio de las Indias”. Los franceses lo descubrieron en 1565, cuando una fuerza expedicionaria al mando de Pedro Menéndez de Avilés arrasó un asentamiento naciente en la costa de Florida, construyó una forta- leza y estableció una ciudad en San Agustín, que se convertiría en la ciudad europea habitada de forma continua durante más tiempo en Estados Unidos.

Sin embargo, no estaba claro por cuánto tiempo las autoridades españolas podrían contener a sus enemigos europeos. La integridad territorial de su imperio americano debía defenderse a cualquier precio, pero nadie tenía idea de la naturaleza y la extensión del territorio. La cartografía del Nuevo Mundo estaba en gran medida en blanco y tuvo que ser configurada a través de la información, a menudo opaca o deliberadamente poco fiable, que daban los pueblos indígenas que encontraban las expediciones en su avance.

Los motivos que impulsaban estas expediciones eran muchos y diversos, como los que condujeron a las conquistas originales de México y Perú. El mundo de los conquistadores cobró forma por la prolongada lucha para librar España de la dominación musulmana y por la cultura religiosa y secular de la Europa de la Baja Edad Media y del Renacimiento. Las esperanzas de riquezas, nobleza y fama inmortal se combinaban con la mera curiosidad por un mundo hasta entonces desconocido para los europeos, así como con el deseo y la determinación de llevar a esos pueblos a un conocimiento de la fe verdadera. La conquista, el saqueo y la conversión se movían en concierto.

Ya a comienzos del siglo XVII, grupos de españoles se habían adentrado en lo que ahora es Estados Unidos, a veces estableciendo guarniciones y puestos avanzados para defender zonas mineras y rutas vulnerables de aprovisionamiento de los ataques de nativos americanos hostiles. Esas incursiones y las consecuencias que se derivaron de ellas son el tema de dos nuevos libros, América: The epic story of Spanish North America, 1493-1898, de Robert Goodwin, y El Norte: The epic and forgotten story of Hispanic North America, de Carrie Gibson. Quizá sea poco afortunado que aparezcan casi a la vez, puesto que cubren buena parte del mismo terreno y de forma bastante similar. Los dos autores son historiadores y periodistas que han escrito libros bien recibidos. Gibson es autora de una historia del Caribe, Empire’s crossroads: A history of the Caribbean from Columbus to the present day (Atlantic Monthly Press, 2014), mientras que Goodwin, tras seguir las andanzas de un esclavo africano llamado Esteban por lo que ahora es Nuevo México y Arizona a comienzos de la década de 1530 en Crossing the continent, 1527-1540. The story of the first African-American explorer of the American South (Harper, 2008), publicó en 2015 un ambicioso estudio de la España de comienzos de la era moderna, Spain: The centre of the world, 1519-1682 (Bloomsbury). A ambos autores, además, los impulsaba el mismo propósito: disipar la ignorancia sobre el papel que ejercieron España y los españoles en la forja de Estados Unidos.

Lamentan con razón esa ignorancia, pero debe decirse que el tema de España en Norteamérica tampoco es nuevo, y muchos aspectos se han investigado ampliamente, aunque la contribución española a la Revolución estadounidense todavía exige un examen atento. La presencia española en el hemisferio norte siempre estará asociada a los nombres de Hubert Howe Bancroft, con sus 39 volúmenes sobre la historia del oeste de Estados Unidos y de América Central, y Herbert Bolton, cuyo libro más famoso, The Spanish borderlands (1921), ilustra el legado duradero de España en Florida y en el sureste de Estados Unidos. En su celebrado discurso presidencial a la Asociación Histórica Estadounidense de 1932, Bolton animó a sus compañeros historiadores a pensar en los términos de “la épica de una América más grande”, una historia genuinamente hemisférica que hiciera justicia a la contribución ibérica en la forja de una civilización en el Nuevo Mundo. Aunque el llamamiento de Bolton cayó en buena medida en saco roto, los historiadores de épocas más recientes han dedicado una atención considerable a aspectos hispánicos de la historia de América del Norte. Entre los mejores están Paul Hoffman, con A new Andalucia and a way to the Orient: The American Southeast during the sixteenth century (Louisiana State University Press, 1990), y David J. Weber, cuyas publicaciones incluyen dos estudios extraordinarios sobre las regiones de la frontera española en la era colonial, The Spanish frontier in North America (Yale University Press, 1992) y Bárbaros: Spaniards and their savages in the age of Enlightenment (Yale University Press, 2005). Texas también ha recibido mucha atención, por ejemplo, en Spanish Texas, 1519-1821 (University of Texas Press, 1992) de Donald E. Chipman y Harriett Denise Joseph.

Si, como afirman Gibson y Goodwin, la presencia española en la historia de Norteamérica ha sido subestimada o simplemente ignorada entre amplias secciones del público, hay varias razones de ello. Una, y la más obvia, es la naturaleza selectiva del relato fundacional en sí, que privilegia de forma notoria a Nueva Inglaterra. El concepto nacional de una ciudad brillante sobre una colina deja poco espacio aun para el asentamiento de Jamestown: no digamos para los asentamientos españoles en California, Florida y Nuevo México. Como relato inicialmente protestante, lleno de ecos bíblicos que aludían a un pueblo elegido, debe buena parte de su capacidad de permanencia al carácter religioso de su mensaje. Ese mensaje, sin embargo, fue reforzado por las poderosas imágenes que generó la célebre leyenda negra. La leyenda negra tuvo su origen en percepciones europeas de la España de la Baja Edad Media y la primera Edad Moderna como una potencia cada vez más tiránica e implacablemente empeñada en imponer su dominio, junto a su propia versión de un catolicismo fanático, sobre el resto del continente. Adquirió una dimensión transatlántica cuando se filtró la noticia en Europa de las atrocidades durante la conquista de América.

La leyenda y las opiniones religiosas que la apoyaban pasaron de generación en generación. En el siglo XIX sus temas quedaron resumidos en el “paradigma de Prescott”, que lleva el nombre del historiador W. H. Prescott, para quien la España de su tiempo era la antítesis de Estados Unidos. Creyente del excepcionalismo estadounidense, Prescott veía Estados Unidos como un país construido sobre la libertad religiosa y política, el trabajo duro y la empresa individual. En contraste, el despotismo y la intolerancia españolas eran responsables de su propio declive y habían evitado que ocupara su lugar en el mundo moderno, cuyos rasgos distintivos eran el gobierno representativo, el espíritu libre de investigación y el progreso científico y tecnológico. Prescott vivió entre 1796 y 1859, periodo en que Estados Unidos se convirtió en un imperio continental. En el curso de su progreso aparentemente inexorable durante las décadas iniciales del siglo XIX incorporó Luisiana, Florida y Texas, y en el acuerdo de paz que siguió a su victoria en la guerra con México entre ١٨٤٦ y ١٨٤٨ se anexionó la Alta California y Nuevo México y las tierras del norte, que ahora comprenden los estados de Washington, Oregón, Colorado, Utah y Arizona. Paradójicamente, la guerra estalló solo tres años después de la publicación del relato épico de Prescott sobre la conquista de México por parte de heroicas bandas de españoles, que a su juicio eran muy distintos a los españoles de su propia época.

Aunque la religión, la leyenda negra y el excepcionalismo estadounidense han obstaculizado el reconocimiento de la contribución hispana a la formación de Estados Unidos, hubo otro impedimento significativo para su apreciación. Residía en fronteras y límites o, de forma más apropiada, en su ausencia. Solo en el siglo XVIII, mientras la rivalidad de las potencias europeas se extendía en una lucha por el control de América y sus recursos, la demarcación de las fronteras se convirtió en una prioridad para las cancillerías. Pero incluso cuando existía la voluntad, la falta o imprecisión de mapas y la existencia de amplias áreas de Norteamérica todavía desconocidas y no exploradas por los europeos hacían de la verdadera demarcación una tarea casi imposible. ¿Dónde, por ejemplo, terminaba el Nuevo México español y empezaba la Luisiana francesa? Había numerosas fronteras pero muy pocos límites claros.

La porosidad de las fronteras justifica el relato histórico de los dos libros comentados. Tanto Gibson como Goodwin rastrean el movimiento por esas fronteras de los pueblos hispánicos o hispanizados del mundo colonial español y su interacción con los colonos europeos y sus descendientes, que iban hacia el sur desde el norte. Goodwin detiene su historia a finales del siglo XIX, mientras que Gibson la continúa hasta la construcción, o no construcción, del muro del presidente Trump como el último de los intentos fracasados de sellar la frontera meridional.

Ambos autores conocen bien las fuentes, primarias y secundarias, y en particular Goodwin utiliza ampliamente citas de crónicas contemporáneas, a las que aporta un agudo ojo crítico. Ambos autores, también, escriben con entusiasmo y se dejan leer con placer. Quizá Goodwin, que disfruta con las escenas, destaque al evocar personalidades históricas, en concreto personajes intrépidos como Bernardo de Gálvez, el gobernador colonial de Luisiana a finales del siglo XVIII, que dio nombre al puerto de Galveston. Gibson, por otro lado, tiene un sentido topográfico más vívido, al que ayuda el hecho de que parece haber visitado la mayor parte de los lugares sobre los que escribe. Cada capítulo de su libro lleva como título el nombre de una ciudad, una misión religiosa o un presidio –un puesto fronterizo–, como el de San Antonio de Béjar, en Texas, y luego vincula libremente el relato que le sigue. Pero, aunque se detiene en episodios particulares, no olvida el propósito más grande de su libro, mientras que Goodwin a menudo parece más interesado en contar una historia emocionante.

Es inevitable que el mismo conjunto de personajes aparezca en los dos libros: Juan Ponce de León y Hernán Cortés; Juan de Oñate, el criollo mexicano a quien Felipe II encargó que estableciera el asentamiento de Nuevo México, y misioneros como el famoso jesuita padre Kino y el franciscano Junípero Serra, que dejaría como legado las primeras nueve de las veintiuna misiones creadas en Alta California entre 1769 y 1823. Goodwin puede dar más espacio a estos personajes excepcionales que Gibson, cuyo libro se inclina poderosamente hacia el periodo poscolonial.

No puede decirse que ninguno de los dos libros añada nada muy sustancioso a la bibliografía existente, y los dos son mejores en la narración y la descripción que en el análisis. Pero ambos demuestran que Estados Unidos y su actual escena social y política no pueden entenderse si las tierras y pueblos caribeños y los localizados al sur de la frontera con México son borrados de la historia. La clave se encuentra ante todo en las zonas de frontera, donde los límites, incluso cuando se trazaban, eran y todavía son muy permeables. Con una población hispánica en 2015 de 57 millones de personas, que representaba el 54% del crecimiento de población total entre 2000 y 2014, los estadounidenses de comienzos del siglo XXI deben conocer mejor las realidades de esa historia.

En medio de todas las afirmaciones que dicen que Estados Unidos está siendo inundado por oleadas de inmigrantes de habla hispana, con sus antecedentes criminales, drogas y pandillas, es saludable recordar, como hacen estos dos libros, que muchos de los territorios que ahora contienen grandes poblaciones hispanas fueron colonizados, aunque de manera dispersa, por gente de origen hispánico, y no por norteamericanos de origen nórdico. Lo que vemos en la actualidad es en cierto sentido una reconquista por parte de los hispanos de tierras que fueron gobernadas, al menos nominalmente, por la Corona española. El dominio español llegó a su fin cuando colapsó el imperio americano de España después de 1808, pero las ciudades de estilo español, como Los Ángeles, ya estaban fundadas y pobladas, y sus habitantes habían echado raíces, y los recuerdos, el lenguaje y la religión perduraron.

También es importante recordar que el movimiento no iba en una sola dirección. Los colonos de habla hispana pudieron moverse gradualmente hacia el norte desde México en los siglos XVII y XVIII, pero a medida que lo hacían era cada vez más probable que se enfrentaran a los colonos norteamericanos que avanzaban hacia el sur. A comienzos del siglo XIX, el influjo de esos norteños, hambrientos de tierra y de nuevas oportunidades que ofrecía la frontera, se transformó en un maremoto, que desplazó en su irresistible avance a los pueblos nativos americanos que podían reivindicar con derecho ser los auténticos propietarios de esas tierras. Como dice Gibson, para Andrew Jackson, nacido de una madre irlandesa en las fronteras de las Carolinas,

los indios de Florida debían ser destruidos y los esclavos fugitivos devueltos a sus propietarios, y no permitió que el asunto de la soberanía española se interpusiera en su camino. Jackson, un hombre de la frontera, se sentía cómodo empujando fronteras, políticas y físicas.

Para 1830, la presión sobre las fronteras había alcanzado tal intensidad que el gobierno de la recién fundada república mexicana tuvo que aprobar una ley para reducir el flujo de inmigrantes a su territorio desde el norte. Casi cien años más tarde, en 1924, Estados Unidos estableció una patrulla fronteriza. Fue el primer movimiento de un proceso que a su debido tiempo, y en una paradoja suprema, reflejaría la legislación que los mexicanos introdujeron en 1830. Para cada país, la identidad estaba en juego.

Ambos libros plantean en último término la misma cuestión: ¿Qué significa ser “americano”, “estadounidense”? La apropiación exclusiva del término por latinos o anglosajones solo puede conducir al enfrentamiento y el mutuo malentendido. “América” no fue la creación de un solo grupo de gente, sino de la interacción y la mezcla de muchos. Aunque el argumento de Herbert Bolton sobre la existencia de una “América más grande” presentaba algunos puntos flacos, tenía razón al reconocer que la exclusión de cualquiera de los muchos Estados Unidos distintos disminuye el conjunto. En su diversidad reside la riqueza de su civilización. Durante siglos el continente americano ha sido un mundo sin muros, y ojalá lo siga siendo durante mucho tiempo. ~

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Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en

The New York Review of Books.

 

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