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La cabeza perdida de Philip K. Dick

En octubre de 2005, apurado por alcanzar la conexión de un vuelo que lo llevaría hasta Santa Clara, California, donde lo esperaban para una cita en las oficinas de Google, el joven inventor David Hanson olvidó una maleta en el avión. Dentro de ella viajaba la cabeza de Philip K. Dick. La maleta extraviada, en cuyo interior se acomodaba entre gomaespuma la cabeza del androide PKD, fue rastreada por dos aeropuertos de Washington hasta que se le perdió la pista. Alguien la agarraría, burló los sistemas de seguridad, se la llevó a un lugar secreto. Y nunca más se supo de ella.

Imaginemos al poseedor de la cabeza perdida de Philip K. Dick que la guarda en un lugar oculto y oscuro, cierra la puerta como quien guarda un monstruo en una caja fuerte, echa doble llave. Dejemos la cabeza perdida allí, ya volveremos a ella; ahora toca dar un pequeño recorrido por el espacio interior de la mente del auténtico Philip K. Dick.

Es probable que pocas vidas se parezcan tanto a la obra de un autor como la de Philip Kindred Dick. Es probable, también, que –típico de él, pues la inmersión en la obra de Dick lo adentra a uno siempre un par de centímetros más en los derroteros de la locura– incluso después de su muerte, ocurrida en marzo de 1982, Philip K. Dick nos esté regalando una última historia que no se lee en libro alguno ni se ve en ninguna película, pero a cuyo universo delirante nos podemos asomar con una inevitable sonrisa nerviosa y las rodillas temblorosas por el vértigo.

Se sabe que Philip K. Dick nació en Chicago un 16 de diciembre de 1928. No nacería solo, junto con él venía una hermana melliza, Jane Charlotte Dick. Pero algo pasó con la pequeña Jane, pues apenas un mes más tarde tuvo que ser trasladada de emergencia al hospital y allí murió por razones no del todo esclarecidas. Algunos dicen que la niña fue ingresada desnutrida y malherida. Otros aseguran que se trató simplemente de un fallo respiratorio típico de los bebés prematuros, pues los mellizos Dick habían nacido seis semanas antes de lo esperado. Philip creció solo pero la presencia de su hermana ausente lo rondó toda la vida. Como si el fantasma de Jane Charlotte se hubiera quedado adosado para siempre a la existencia de su hermano. Es frecuente en la obra de Dick la inclusión de un gemelo fantasma o bien de un pensamiento dual, como si hubiera dentro de la mente del personaje una segunda voz o una segunda presencia que convive con él y a veces incluso lo desplaza o lo suplanta.

También se sabe que a lo largo de su vida Philip K. Dick escribió treinta y seis novelas, publicó ciento treintaiún relatos cortos, tuvo tres hijos (dos hijas y un hijo) y se casó cinco veces (un registro notorio para alguien que vivió apenas cincuenta y cuatro años). Estaba tan loco que estando médicamente fuera de sus cabales se le ocurrió inventar (y tenía el serio problema de creerse todo lo que inventaba) que quien realmente sufría de brotes psicóticos era su esposa y se las ingenió para que la internaran en un psiquiátrico mientras él se quedaba en casa y respondía por su salud mental.

Se sabe también que en una oportunidad, en 1974, Philip K. Dick estaba sufriendo de un terrible dolor en las muelas del juicio, llamó a la farmacia para pedir pentotal sódico, un potente analgésico que le fue llevado a domicilio por una repartidora. Cuando la chica que traía el medicamento se asomó a la puerta de la casa de los Dick, brilló sobre su cuello un dije con la forma de un ichtus (dos curvas que convergen y que forman un pequeño pez) símbolo con el que se identificaban secretamente los primeros cristianos. Ichtus proviene del griego IXΘΥΣ, un acrónimo que significa «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador»: Iota I=Jesús, Ji X=Christos, Theta Θ=Theou (de Dios), Ípsilon Υ=Uios (Hijo), Sigma Σ=Soter (Salvador). El punto es que esta visión del símbolo de los primeros cristianos destellando bajo el sol causó en el escritor un fenómeno psíquico que duró dos meses, en los que habló –sin conocerlas ni haberlas estudiado jamás– lenguas arameas y también el griego antiguo. Un período en el que su mente asumió por largos lapsos haber sido poseída por la identidad de un cristiano perseguido por los romanos, pero también por la desbordante presencia del creador de ese cristiano, Dios mismo habitando en su cabeza, explicándole los secretos de la existencia, girándole instrucciones demasiado grandes para ser concebidas o puestas en palabras por un simple mortal. De este episodio hay incluso una narración gráfica, «La experiencia religiosa de Philip K. Dick», hecha por el autor de cómics norteamericano Robert Crumb.

Varias de estas cosas las sabemos gracias a esa prodigiosa biografía, a medio camino entre la entrevista sostenida, la investigación profunda y la ficción novelada que le hizo a Dick el escritor francés Emmanuel Carrère en un libro cuyo título es ya de por sí un auténtico sacudón: Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. En esa monumental obra biográfica el autor de ciencia ficción llega a confesar, presa de la paranoia y dejando fluir el raudal de su trastorno esquizoide, que el Creador le ha hablado y le ha hecho saber que él era un ser programado, que no somos otra cosa que un experimento, que estamos inmersos en una simulación y que habitamos apenas en una trama de esa simulación a la que llamamos realidad mientras transcurren en simultáneo otras tramas, otras existencias donde habitamos con otras programaciones. Tener conocimiento de esa verdad confesada por Dios mismo lo convertía entonces en una especie de Sísifo: tengo conciencia de lo absurdo de mi existencia, tengo conciencia de lo titánica y estéril que es la tarea impuesta por los dioses y el simple conocimiento de esa verdad esencial me convierte en el único ser libre y con genuina existencia; por eso no tengo temor en sostener que «Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos».

 

Imagen de Hanson RObotics

 

Pero bueno, volvamos a la cabeza perdida de Philip K. Dick. Y para eso tenemos que viajar a aquellos días de 2004, veintidós años después de la muerte de Dick (o quizás de su transmigración a una trama paralela, en caso de que tuviera razón) cuando el joven inventor David Hanson, especialista en robótica de la Universidad de Dallas, apenas recién graduado, creó una piel sintética sumamente realista a la que bautizó «Frubber». Con ese material se había hecho un molde de su propia cabeza y también el de las cabezas de un par de exnovias de sus tiempos universitarios. Su más reciente y predilecta creación consistía en una réplica de la cabeza de su escritor favorito. Hanson se llevaría ese modelo de la cabeza de Dick a una convención de robótica en la Universidad de Memphis y allí ganó la atención de un grupo de investigadores que estaban desarrollando un programa educacional llamado AutoTutor. Decidieron sumar esfuerzos con la convicción de que combinando el Frubber con las habilidades conversacionales del AutoTutor y con motores para simular la expresión de los músculos del rostro podrían crear el más fabuloso androide: el PKD (iniciales que, obviamente, ya sabemos a quién corresponden).

PKD fue sentado en un sofá, vestido con ropas del mismo Philip K. Dick que sus hijos habían cedido para el proyecto. Recrearon una escenografía idéntica al saloncito de la última casa de la familia Dick e invitaron a un selecto grupo de privilegiados para que conversaran con el androide. PKD no solo hablaba como el escritor sino que literalmente tenía su voz: había sido programado con un software que contenía decenas de entrevistas realizadas al autor antes de su muerte. Si el entrevistador hacía alguna pregunta que ya había sido respondida por Dick, el androide era capaz de reconocerla y responderla tal y como lo había hecho en vida. Y si acaso se trataba de una pregunta fuera de libreto, PKD podía hacer uso de otro software con el que venía equipado para inventarse respuestas creíbles: un sistema llamado «Análisis semántico latente».

La misma hija de Philip K. Dick se sometió a la experiencia de sentarse a conversar con PKD y salió del encuentro confesando: «Es increíble, sentí que realmente estaba hablando de nuevo con papá». Por cierto, PKD –durante su fugaz vida pública– fue sometido al test de Turing (utilizado para evaluar inteligencia artificial y distinguirla de la inteligencia humana) y también sometido al Voight-Kampff (creado por Philip K. Dick en su novela corta Sueñan los androides con ovejas eléctricas que luego sirvió de inspiración a la película Blade Runner, de Ridley Scott). El primero de estos tests había sido criticado por Philip K. Dick pues según su parecer las preguntas evaluaban exclusivamente patrones de inteligencia y para él era importante formular un test más centrado en las emociones características de «lo humano». La respuesta del autor de ciencia ficción al test de Turing fue el test de Voight Kampff. Lamentablemente el pobre PKD reprobó ambas pruebas. Humano no era, así que si se topaba con un cazador de replicantes seguro acabaría metido en problemas.

Entonces llegó 2005 y Google –interesado en el curioso androide PDK– extendió una invitación a David Hanson para que se acercara hasta sus oficinas en Santa Clara a presentarles la famosa cabeza parlante de Dick. Y fue precisamente en ese viaje donde el joven especialista en robótica perdió la maleta que la contenía. No se supo qué fue de ella, nunca la hallaron.

 

 

 

 

En 2012 Hanson Robotics anunció la creación de PKD 2.0, un sustituto del modelo perdido en la maleta, una versión mejorada que ahora cuenta con 36 minimotores faciales más que su antecesor y provisto con un software capaz de hacer sentir al interlocutor que Philip K. Dick sigue entre nosotros más vivo que nunca. Actualmente PKD 2.0 se mantiene gracias al financiamiento de la corporación holandesa VPRO y sirve para investigaciones en la Apollo Mind Initiative, institución dedicada al desarrollo de máquinas más amigables e inteligencia artificial. Si las cosas salen bien (o mal, dependiendo de cómo se mire) PDK 2.0 será uno de los primeros replicantes que habite esta convulsionada realidad. Probablemente un sueño que ni el mismo Philip K. Dick pudo haber imaginado.

El incógnito poseedor de la cabeza perdida de PDK se acerca al lugar secreto donde guarda el inquietante monstruo. No puede evitarlo, es como un ritual al que se ha hecho adicto. Gira la llave dos veces, abre la puerta, sostiene la cabeza hecha de Frubber. El rostro abre sus ojos de un celeste pálido y despega la boca perdida entre la poblada barba canosa. Entonces dice una de estas tres cosas, a saber cuál de ellas más inquietante:

–Yo he visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

– Caminas por el desierto y te encuentras una tortuga patas arriba sobre su caparazón en la arena ardiente: ¿qué haces?

– Yo estoy vivo y ustedes están muertos.

 

 

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