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La hoja roja de Günter Grass

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Uno de los dibujos de Günter Grass incluidos en ‘De la finitud’. ALFAGUARA

‘De la finitud’, el libro que el escritor alemán terminó tres días antes de morir, revela a un hombre frágil y asustado pero aún risueño ante los últimos presagios de la muerte

Günter Grass nació zurdo pero, a partir de los seis años, aprendió a escribir con la mano derecha. Así hizo durante toda la vida aunque cada vez que tenía que agarrar algo, la izquierda tomaba la delantera y le recordaba aquel secreto. No es ningún gran drama, su generación estaba llena de zurdos contrariados‘, pero sirve para ilustrar una faceta nueva en la vida del escritor alemán. Grass, tantas veces desafiante y áspero en la política, tan poderoso y omnisciente en sus novelas, tan orgulloso y seguro ante los periodistas, era un hombre lleno de miedos. Como cualquiera. ¿Quizá un poco más?

La anécdota de la zurdera de Grass aparece en ‘De la finitud’ (Alfaguara, ya en las librerías), el libro póstumo de Grass, su despedida íntima más que su legado. Tres días antes de morir revisó la edición. «Es un libro pequeño pero es un muy buen libro. Yo tenía miedo a que fuese la clásica recopilación de descartes, pero está a la altura«, cuenta el académico Miguel Sáenz, traductor de Grass desde los años 80, desde la época de El rodaballo.

Sáenz ya ha contado alguna vez que trabajar con Grass significaba pertenecer a un club privilegiado. «Su francés era regular y su inglés, mediocre, así que sabía que la imagen que el mundo iba a tener de él dependía de nosotros». Con cada libro, invitaba a sus intérpretes a unos días de convivencia. Cocinaba para ellos, jugaba a los bolos, se emborrachaba un poco… Y dejaba claro lo que esperaba de sus invitados: «Nos alertaba de los problemas que podíamos tener con cada novela«. ¿Qué tipo de problemas? «Asuntos de ritmo, de sonoridad. Nos leía un pasaje en voz alta y nos decía: ¿Habéis pilllado ese sonido como de ametralladora, tatatatá? Bueno, pues me da igual lo que pongáis, pero conseguid que ese tatatatá no se pierda».

Seguro que Sáenz terminó por tener bien medido a Grass, por saber cuáles eran sus obsesiones y sus querencias. «No. Uno nunca llega a calar a otra persona. La imagen de Grass que sigo teniendo es la de una persona muy cordial, muy amistosa, muy buena persona». ¿Y lo de la inseguridad? «Eso sí que lo podía ver cualquiera. Te leía una página que había escrito, terminaba y te miraba de una manera que lo expresaba todo. Tenía mucha necesidad de aprobación. Las críticas negativas le sentaban muy mal. Se las tomaba por lo personal. Una vez se fue a vivir a la India por una crítica de Reich-Ranicki«.

‘De la finitud’ se puede leer como continuación del ciclo autobiográfico: Pelando la cebolla y La caja de los deseos (hay un tercer volumen inédito en español). Pero también como su refutación. Cualquiera se acuerda de Pelando la cebolla, el libro en el que Grass contó que, de adolescente, se enroló en las SS. Aquel libro se leía como una novela y aún transmitía la imagen del gran Grass omnipotente. Cuando medio mundo se lanzó a por él, a afearle su pasado, Grass, aún setentón, se revolvió y embistió a cualquier contrincante que se le pusiera en el camino. ¿Quiénes os creéis que sois?

Nueve años después, el último libro de Grass ya no tuvo la forma de un gran relato. «No tenía fuerzas para una novela«, recuerda Sáenz. Tampoco quedaban energías para buscar pelea, como en los viejos tiempos. De la finitud es, mas bien, un hilo de poemas, breves recuerdos en prosa y dibujos en los que Grass se van despidiendo de los amores, de los placeres, de los terrores. Del tabaco, del sexo, de los enemigos, de Portugal, de Polonia, de Angela Merkel, de los dientes, del sentido del gusto y de los lectores.

En el libro de Grass hay sueños, hay sexo y también hay escatología: tumbas abiertas (al parecer, el escritor y su mujer encargaron sus féretros y los guardaron en su casa con bastante antelación), ratas muertas y frutas podridas. ¿No hubo cosas así en todos los libros de Grass, ahora que caemos? Parece suficiente como para pensar que el escritor era un loco-de-Freud de los de manual. ¿Es así? «Yo creo que Freud no le interesaba mucho. El sexo, por ejemplo, lo veía como algo crucial y problemático y sabía que Freud había aportado mucho, pero él lo vivía todo con más naturalidad», explica su traductor. «Grass tenía una máxima: todos los días hay que cocinar y todos los días hay que hacer el amor».

Durante muchos años lo consiguió. Sáenz recuerda que su amigo era un hombre de mujeres, dispuesto a cambiar mil veces de pareja, siempre necesitado de su referencia, de su aprobación y de su cuerpo. Casi hasta el final de sus días. Hay un poema en De la finitud que se llama Adiós a la carne y que es lo que su título anuncia:

 

Pronto, ronco, le canto a él, el coño, la vulva, el chocho

y el caracol en su casita,

el refugio desde joven;

ahora sella la fuente

.

Lo único que no asoma la cabeza por ‘De la finitud’ es la política. Bueno, hay un poema dedicado a Angela Merkel, pero tampoco dice nada especialmente mordaz. «Grass era uno de esos intelectuales a la antigua que sentían que tenía que opinar sobre todo. Se apuntaba a cualquier causa justa a la que le llamaran y eso significaba que muchas veces se dejaba manipular y se equivocaba. Después, en las entrevistas, le preguntaban por política y él se enfadaba porque quería hablar de literatura. Pero, al final, volvía a picar«. Quizá fuera la famosa impulsividad de los zurdos.

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