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La impiedad de Piedad

Comencemos con un breve resumen biográfico, para que nos ubiquemos todos: Piedad Esneda Córdoba Ruiz nació en Medellín, el 25 de enero de 1955. Originariamente del partido Liberal, luego en otras organizaciones, siempre ubicada en posturas de izquierda. Senadora desde 1994 hasta su destitución en 2010, al ser acusada de ser colaboradora de las FARC. En 2016, la muy enmarañada justicia colombiana la absuelve, por falta de pruebas. Mientras, en todos esos años, viaja a Venezuela con frecuencia, amiga como es de Hugo Chávez, y defensora de su régimen. Se dice incluso que posee un apartamento en Caracas, donde al parecer han llegado a alojarse  algunos guerrilleros prófugos, como Jesús Santrich.

Siendo tan habilidosa la izquierda para ponerle hábitos de santidad a sus peores especímenes, las siempre dinámicas organizaciones sociales cercanas al socialismo del siglo XXI –sobre todo cuando este repartía dinero a manos llenas- postuló a la señora, famosa además por unos turbantes que probablemente no se quita ni para dormir (si no me cree, amigo lector, ponga su nombre en “imágenes” en Google y compruébelo), a cuanto premio humanitario hay en el mundo, desde el “Príncipe de Asturias de la Concordia”, hasta el Premio Nobel de la Paz.

Hace pocos meses declaró contra el ex-candidato (y seguramente futuro candidato) presidencial de la izquierda colombiana, Gustavo Petro, por haberse filtrado una comunicación privada, en 2008, entre Petro y el entonces  embajador de los Estados Unidos en Colombia, William Brownfield (el llamado “Petroleaks”), donde se señalaba que el senador Petro denunciaba ante el embajador que algunos congresistas tenían «vínculos inapropiados» con las Farc”. Uno de esos parlamentarios era Piedad Córdoba.

La reina de los turbantes retrucó afirmando que “jamás había votado ni votaría” por Petro, “porque es un mal ser humano”. Allá ellos, que entre escorpiones es mejor no meterse.

A quien ella siempre ha querido, sin duda alguna, es a Hugo Chávez. En un trino en marzo pasado, cuando se cumplieron seis años de la muerte del barinés –según la versión oficial, que pocos creen sea verdad-, afirmó que “el proceso de paz en Colombia se salvó por Chávez”. No es la primera vez que se desvive en elogios por el tirano venezolano; en Ecuador, durante el III Encuentro Latinoamericano Progresista (ELAP), en 2016, afirmó tajantemente que “Colombia le debe la paz a Venezuela, a Hugo Chávez, por su decisión valiente de reconocer a las FARC el estatus de beligerancia”. Esto dicho por una señora que se molestó con Petro por decir que ella tenía vínculos con las FARC; para no tenerlos, ¡cómo las defiende!

Pero el meollo de la impiedad de Piedad está en un artículo publicado el pasado 14 de agosto en Las2Orillas, titulado “El drama venezolano”, en donde la señora hace los usuales malabarismos expresivos de la izquierda latinoamericana para defender a la dictadura venezolana.

Poca originalidad y mucha nostalgia argumental, es lo que exudan los artículos de la progresía mundial acerca de sus amigos Maduro y compañía. Piedad Córdoba no es la única. Allende los mares, por ejemplo, Juan Carlos Monedero, el inefable profesor español, íntimo colaborador del chavismo, acaba de reafirmar las viejas líneas argumentales de esa izquierda borbónica caviar, dentro de un “relato” –palabra de moda- que, aplicado al artículo de la señora, iría por este extravío:

Primero que nada, un principio marxista-leninista válido urbi, orbi et internetila mentira no sólo es válida, sino incluso necesaria; y mientras mayor, más poderosa. Hoy en día, como Maduro es indefendible, se le acompaña con un “no solo”, o un “pero”. En palabras de la Córdoba: “los problemas de escasez de alimentos, de medicinas, etcétera, no son solo responsabilidad de Miraflores, sino que son producto del conjunto de medidas adoptadas para presionar al gobierno venezolano”. A la señora le resbalan las evidencias, cada día más frecuentes, que muestran una monumental debacle económica iniciada en vida de Chávez, muchos años antes que se aprobaran unas sanciones que son contra Maduro, su familia, o sus colegas en el liderazgo robolucionario.

Otro principio argumental de la izquierda es que el mundo es y será siempre bipolar: los buenos contra los malos, la paz (nuestra) contra la guerra (de los otros), el imperialismo vs. la fraternidad y solidaridad entre los pueblos, izquierda vs. derecha. Para ello, es obligante reducir la realidad al mínimo necesario, extrayendo solo aquello que conviene, ocultando lo que no calza con los principios socialistas:  en el caso venezolano, se insistirá en el peligro de la invasión yanqui, obviando la presencia de miles de solados cubanos, de guerrilleros colombianos, o incluso de soldados rusos. La realidad es solo aquello que me conviene.

Por ello, tampoco se puede mencionar nunca ¡vade retro! la más grande corrupción en la historia de América Latina, que salpica al Foro de Sao Paulo y a casi todos sus países y organizaciones integrantes, desde los gobiernos de Lula y Rousseff en Brasil, los Kirchner en Argentina, Tabaré Vásquez en Uruguay, Ortega en Nicaragua, Morales en Bolivia, etc.

Un tercer principio de estos señores es el uso y abuso de “frames”, de marcos argumentales sencillos, englobados en “palabras negativasque se bastan a sí mismas, y que excusan la necesidad de explicar los hechos como son; entre los ejemplos históricos destacan: “imperialismo yanqui”, “agente de la CIA” (si la CIA tuviera tantos agentes como han afirmado los dirigentes de izquierda a través de los tiempos, sería de lejos la mayor empleadora del mundo), “neoliberalismo”, “globalización”, y por supuesto, una favorita de siempre, “capitalismo” (no importa que en su ignorancia y desdén hacia los temas económicos confundan a menudo capitalismo con mercado).

En palabras de la colombiana, “se trata de indignarse ante las prácticas inmorales que se continúan cometiendo contra Venezuela en nombre del capitalismo, la globalización y las políticas neoliberales impulsadas por gobiernos e instituciones internacionales que siguen insistiendo en asumir una postura colonialista sobre nuestros países. Ese es el fondo verdadero del problema”. Señora Córdoba: ¿Cómo quedan según su argumento Cuba, Rusia y China?

Un cuarto principio es la necesaria búsqueda de un “chivo expiatorio”. Hay uno, favorito de siempre, que no se salvó ni siquiera cuando Obama era presidente y le tendió la mano a los Castro: los Estados Unidos. Para la izquierda mundial todo, absolutamente todo, es culpa de los gringos. Ni modo.

También se le ven las costuras a la señora, al final de su nota,  cuando se pregunta si resulta justo condenar a la ciudadanía a semejante drama humano, por un asunto de discrepancia ideológica. No se trata entonces de ser o no amigo del presidente Maduro, eso resulta simplista y demuestra un muy limitado entendimiento de las brutales dinámicas neoliberales. Se trata de defender el derecho de autodeterminación de cada Estado”.

La impiedad de Piedad resuelve el drama venezolano a una “discrepancia ideológica”. Hay que ser bien sinvergüenza para afirmar semejante dislate. En serlo, la señora de los turbantes tiene mucha experiencia.

 

 

 

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