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La maldición de las deserciones sigue persiguiendo al deporte cubano

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La selección cubana en Baltimore, sin los cuatro jugadores desertores / NICHOLAS KAMM (AFP)

La selección cubana de fútbol regresa este domingo a la isla con una doble amargura tras su paso por la Copa Oro. Una, la deportiva, al haber acariciado sus sueños de llegar hasta cuartos de final solo para ver cómo su rival, el favorito Estados Unidos, se merendaba al equipo cubano con un contundente 6-0 claro desde los primeros minutos de partido el sábado. Y otra, la política, porque la selección que regresa a La Habana no es la que marchó. Vinieron 23 a buscar una vez más hacerse un hueco en el fútbol americano. Regresan solo 19, tras haber desertado en las últimas semanas cuatro de sus jugadores.

En algún lugar de EE UU se han quedado el delantero Ariel Martínez, que se fue justo antes del partido en Baltimore, y sus compañeros Keiler García, Arael Argüellez y Darío Suárez, que solo jugaron los dos primeros partidos, según la Agencia EFE.

El problema de la deserción de los deportistas de élite -y los de no tanta élite- persigue al deporte cubano desde hace décadas, para gran frustración de unas autoridades para las que los éxitos deportivos fueron siempre una política de Estado.

El propio Fidel Castro llegó a calificar a los deportistas que desertan “como el soldado que abandona a sus compañeros en medio del combate”. Claro que la ira del entonces todavía comandante en jefe -corría el año 2007 y Castro estaba aún convaleciente pero todavía no había abandonado formalmente todos sus poderes- se dirigía contra dos deportistas muy concretos, Guillermo Rigondeaux y Erislandy Lara. Los dos eran boxeadores de élite que trataron de huir durante los Panamericanos de Rio de Janeiro de ese año. Regresaron a la isla -compungidos y castigados- en un confuso incidente, aunque no mucho más tarde los dos cumplieron su deseo y acabaron huyendo para hacer carrera en el extranjero.

Las deserciones de futbolistas, un deporte que sigue sin causar demasiado furor en Cuba, no importan tanto, estratégicamente, como las de boxeadores o, peor aún, jugadores de béisbol. Pero duelen, sobre todo cuando se producen a escasas horas o días del restablecimiento de relaciones diplomáticas con el archienemigo, EE UU, y recuerdan que en la isla aún hay muchos que sueñan con marcharse para siempre.

Cabe quizás enmarcar en ese contexto el enfado del seleccionador cubano, Raúl González, cuando tras la derrota en Baltimore el sábado, que puso punto final a la aventura cubana en la Copa Oro, tuvo que aguantar cómo buena parte de las preguntas solo se centraban en ese hecho.

“Estamos hablando todos los días de eso”, se lamentó González.

«Los que no estaban no representan nada, escogieron su camino», zanjó el entrenador con gesto serio. «No me interesan, no me preocupan, soy un hombre feliz, un hombre de fútbol», añadió, por si acaso.

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