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«La pandilla salvaje» cumple 50 años…

El 18 de junio de 1969 se estrenó «The Wild Bunch» (La pandilla salvaje), todo un clásico desde el primer día que apareció en los cines de los Estados Unidos y del mundo, así como un auténtico «shock» a la industria cinematográfica.

Compleja, amarga, a veces brutal, definitivamente fascinante. O sea, los atributos esenciales de una obra de Sam Peckinpah.

Sam Peckinpah y William Holden, durante la filmación de «La pandilla salvaje».

 

David Samuel «Sam» Peckinpah (Fresno, California, 1925 – Inglewood, California, 1984), logró reunir a todo un grupo estelar de actores veteranos de decenas de obras fílmicas; tres ganadores del Oscar (William Holden, Edmond O’Brien, Ernest Borgnine) y Ben Johnson, que lo ganaría un par de años después, además de un nominado, inmerecidamente no premiado, Robert Ryan. Peckinpah, a quien se le considera un vanguardista desde el punto de vista técnico – por ejemplo, el uso de la cámara lenta en numerosas secuencias, o de sorpresivos zooms -, protagonizó infinitas peleas y discusiones con los productores hollywoodenses, quienes criticaban el «estilo violento»  y de complejidad psicológica que había introducido en los westerns -y en sus otros filmes, seamos justos, como en «Los Perros de Paja» (Dustin Hoffman, Susan George, 1971) -. Por algo recibió el apodo de «Sam el sanguinario».

Al parecer, no eran esas las intenciones de Peckinpah al hacer la película. Para David Weddle, en su biografía del director («If they move…kill ‘Em»), «él creía que estaba filmando algo cercano a una obra teatral moralista; no contaba con la audiencia y su sed por «arterial spray». 

La leyenda señala que en 1967 Peckinpah fue a ver esa catarata de violencia llamada «Bonnie & Clyde» (Arthur Penn), y que al salir del cine le comentó a un amigo: «Yo puedo hacer eso». 

Algunos críticos afirman que Sam Peckinpah le puso con esta obra la lápida a las películas del Oeste; al contrario: les infundió nueva vida, ofreció nuevas posibilidades. Sus héroes no eran los John Wayne de los años 40, ya que al igual que sucediera en la evolución de los filmes policiales, con Peckinpah el Western tiene protagonistas tan complejos moralmente como la vida misma.

Quien iniciará la tarea de redimensionar al Western será uno de sus grandes creadores, John Ford, en «The Searchers» (Centauros del desierto, 1956), dándole un vuelco al arquetipo del vaquero; Peckinpah, eso sí, lo llevó a extremos jamás pensados.

 

 

Para el crítico Ty Burr, John Wayne en «The Searchers» es el tipo de hombre «que la civilización debe abandonar si desea avanzar». Exactamente lo que sucede con los protagonistas de nuestra película. Ello saben que ya les ha llegado la hora del retiro, y planean un gran robo final. La película está ambientada en 1913, y pueden verse los primeros modelos de automóviles, tomando poco a poco el lugar de la carreta, del transporte con caballos.

Las escenas inicial y final de «La pandilla…» son material a ser visto en todas las escuelas de cine del planeta. En la primera, vemos a Holden dando una orden sencilla: «If they move, kill ‘Em» (si se mueven, mátalos).

La película se filmó en México (Sonora), donde ocurre la historia fundamental. Peckinpah tenía una relación especial con el país vecino, y como afirma W. K. Stratton en su libro dedicado al filme, «no hay otra obra cinematográfica estadounidense con tantos roles mexicanos, asimismo interpretados por actores nativos». Encabezados por Emilio «Indio» Fernández.

Se necesitaron seis cámaras para filmar la escena del enfrentamiento final:

 

Para Charles Bramesco, en «The Guardian», quien ve similitudes entre los valores de la película y el mundo de hoy, para Peckinpah ‘la decencia puede ser un lastre en un mundo sin códigos», y «su trabajo resuena en cualquier lugar donde la traición pueda ser adoptada como una estrategia aceptable para el éxito». 

 

 

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