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«1984» cumple setenta: por qué seguimos leyendo el profético libro de Orwell

«1984» de George Orwell, publicado hace setenta años, ha mantenido una sorprendente vigencia como obra de profecía política. Ha sobrevivido en la conciencia pública a otros contendientes de su época, como «Brave New World» (Un mundo feliz) de Aldous Huxley (1932), «Fahrenheit 451» de Ray Bradbury (1953) y «A Clockwork Orange» (La naranja mecánica) de Anthony Burgess (1962), por no hablar de dos libros de los que es deudor, «We» (Nosotros) de Yevgeny Zamyatin (1921) y «Darkness at Noon» (El cero y el infinito) de Arthur Koestler (1940). «1984» es obviamente un libro de la Guerra Fría, pero la Guerra Fría terminó hace treinta años. ¿Qué explica su capacidad de permanencia?

En parte se debe al hecho de que, a diferencia de «El cero y el infinito», el libro de Orwell no describe cómo era la vida bajo el comunismo. Fue concebido como una advertencia sobre ciertas tendencias dentro de las democracias liberales, y así es como se ha leído. La sovietización de Europa Oriental de la posguerra produjo sociedades surgidas de las páginas de Orwell, pero los lectores estadounidenses respondieron a «1984» como un libro sobre los juramentos de lealtad y el macartismo. En los años setenta, se utilizó para discutir sobre Nixon y Watergate. Hubo un aumento en el número de lectores en 1983-84 -se vendieron cuatro millones de copias ese año- porque, bueno, era 1984. Y en 2016 recibió un nuevo impulso con la llegada de Trump.

La premisa fundamental de la novela es su característica más rápidamente desfasada, obsoleta casi desde el principio: la idea de que el mundo se dividiría en tres superestados totalitarios rígidamente jerárquicos, en completo control de la información y la expresión, y comprometidos en guerras perpetuas e imposibles de ganar por la dominación mundial. Este era un futuro que mucha gente había contemplado en los años treinta, el tiempo de la Gran Depresión y del surgimiento del estalinismo y el fascismo. El capitalismo y la democracia liberal parecían moribundos; las economías centralizadas y los regímenes autoritarios daban la impresión de ser la única manera de gobernar las sociedades de masas modernas. Este fue el argumento de un libro que ahora está casi olvidado, pero que al mismo tiempo fascinó y repelió a Orwell, «The Managerial Revolution»  (La revolución gerencial), de James Burnham (1941).

Es cierto que, después de 1949, el mundo se dividió en superestados -no tres, sino dos- y su rivalidad de cuarenta años causó mucho daño en todas partes. Pero no eran monstruos totalitarios gemelos, los Fasolt y Fafner de la geopolítica del siglo XX. A menudo se han asemejado en tácticas, pero eran sistemas diferentes que defendían ideologías diferentes. Orwell, que tenía poco interés en los Estados Unidos y ningún cariño hacia el país, no se dio cuenta de ello.

Sin embargo, hay algunas partes de la novela cuya relevancia parece no desvanecerse nunca. Una de ellas es la descripción del estado totalitario: el Gran Hermano (tomado de Koestler) y la pantalla de televisión, una concepción asombrosamente premonitoria que Orwell soñó cuando probablemente nunca había visto un televisor. Otra es Newspeak (Neolengua), un tema favorito de Orwell: el abuso del lenguaje con fines políticos.

Pero «1984» es una novela, no una obra de teoría política, y, al final, es probablemente como literatura que la gente sigue leyéndola. El material político evidente -como «La teoría y la práctica del colectivismo oligárquico», el libro (muy largo) que el comisario O’Brien entrega a Winston y Julia mientras los atrae a la trampa- hoy probablemente sea omitido por muchos lectores. (Su análogo  es «La revolución traicionada», el ataque de León Trotsky al estalinismo, publicado en 1937, pero «La teoría…» es también una parodia de «La revolución gerencial»).

El interrogatorio de O’Brien a Winston, aunque se supone que es el clímax del libro, y si bien la gente todavía lo invoca, no es completamente satisfactorio. ¿Cómo convence O’Brien a Winston de que dos más dos son cinco? Torturándolo. Esto parece una forma bastante primitiva de lavado de cerebro. En «El cero y el infinito«, que también termina con un interrogatorio, la víctima, Rubashov, a pesar de estar primero físicamente agotado, es derrotado intelectualmente. (Ambos novelistas intentaban entender cómo, en los Juicios de Moscú, durante la purga de Stalin de los viejos bolcheviques, entre 1936 y 1938, los acusados aparentemente por propia voluntad – admitieron los cargos más absurdos contra ellos, sabiendo que serían fusilados de inmediato. Después de la muerte de Stalin, se descubrió que dichos acusados habían sido, de hecho, torturados. Así que Orwell tenía razón en eso.)

Pero quién puede olvidar este momento: «Ustedes son los muertos, dijo una voz férrea detrás de ellos». Orwell creó una historia de suspense y personajes con los que los lectores se identifican.

Cuando salió el libro, algunas personas asumieron que el personaje con el que debían identificarse (con horror) era O’Brien. Eso es probablemente lo que Orwell tenía en mente. O’Brien era el tipo de persona contra la que quería advertir a la gente: el intelectual que se vuelve sádicamente fascinado por el poder. La figura de O’Brien correspondía a una comprensión popular acerca de la atracción del totalitarismo de la época: que se adentraba en algún rincón oscuro de la psique humana. «Hay un Hitler, un Stalin en cada pecho«, como dijo Arthur Schlesinger, Jr. en su manifiesto liberal, «El Centro Vital», publicado el mismo año que «1984».

Mucho más tarde, Schlesinger cambió de opinión y rechazó lo que llamó la «teoría mística del totalitarismo» de Orwell. Porque no todos somos O’Brien, esperando la oportunidad de torturar a los Winston del mundo. Es más probable que todos nosotros seamos Winston, sabiendo que algo está mal, que estamos perdiendo el control de nuestras vidas, pero también sabiendo que somos impotentes para resistir.

Un ejemplo trivial es cuando hacemos clic en «Acepto» en el banner que explica la nueva política de privacidad de nuestra aplicación. No sabíamos cuál era la antigua política de privacidad; estamos bastante seguros de que, si leemos la nueva, no entenderíamos lo que ha cambiado o lo que estamos entregando. Sospechamos que todos los demás sólo hacen clic en la casilla. Así que hacemos clic también y soñamos con un mundo en el que no haya casillas en las que hacer clic. Un ejemplo no trivial es cuando su proceso electoral es corrompido por una potencia extranjera y su gobierno habla de acusar de traición a la gente que trató de investigar esta interferencia. Eso es Orwelliano. Y ya no es una profecía. Es un titular de prensa.

  • Louis Menand ha sido escritor de plantilla en The New Yorker desde 2001. Asimismo es profesor de lengua inglesa en la Universidad de Harvard y ganador del Premio Pulitzer de Historia en 2002 por el libro «El club de los metafísicos». Fue galardonado asimismo con la Medalla Nacional de Humanidades en 2016.

 

Traducción: Marcos Villasmil

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NOTA ORIGINAL:

The New Yorker

Louis Menand

“1984” at Seventy: Why We Still Read Orwell’s Book of Prophecy

George Orwell’s 1984,” published seventy years ago today, has had an amazing run as a work of political prophecy. It has outlasted in public awareness other contenders from its era, such as Aldous Huxley’s Brave New World (1932), Ray Bradbury’s “Fahrenheit 451” (1953), and Anthony Burgess’s A Clockwork Orange” (1962), not to mention two once well-known books to which it is indebted, Yevgeny Zamyatin’s We (1921) and Arthur Koestler’s “Darkness at Noon (1940). “1984” is obviously a Cold War book, but the Cold War ended thirty years ago. What accounts for its staying power?

Partly it’s owing to the fact that, unlike “Darkness at Noon,” Orwell’s book was not intended as a book about life under Communism. It was intended as a warning about tendencies within liberal democracies, and that is how it has been read. The postwar Sovietization of Eastern Europe produced societies right out of Orwell’s pages, but American readers responded to “1984” as a book about loyalty oaths and McCarthyism. In the nineteen-seventies, it was used to comment on Nixon and Watergate. There was a bounce in readership in 1983-84—four million copies were sold that year—because, well, it was 1984. And in 2016 it got a bump from Trump.

The fundamental premise of the novel was its most quickly outmoded feature—outmoded almost from the start. This is the idea that the world would divide into three totalitarian superstates that were rigidly hierarchical, in complete control of information and expression, and engaged in perpetual and unwinnable wars for world domination. This was a future that many people had contemplated in the nineteen-thirties, the time of the Great Depression and the rise of Stalinism and Fascism. Capitalism and liberal democracy seemed moribund; centralized economies and authoritarian regimes looked like the only way modern mass societies could be governed. This was the argument of a book that is now almost forgotten, but which Orwell was fascinated and repelled by, James Burnham’s The Managerial Revolution (1941).

It’s true that, after 1949, the world did divide into superstates—not three, but two—and their forty-year rivalry did a lot of damage around the world. But they were not twin totalitarian monsters, the Fasolt and Fafner of twentieth-century geopolitics. They may often have mirrored each other in tactics, but they were different systems defending different ideologies. Orwell, who had little interest in and no fondness for the United States, missed that.

There are some parts of the novel whose relevance seems never to fade, though. One is the portrayal of the surveillance state—Big Brother (borrowed from Koestler’s No. 1) and the telescreen, an astonishingly prescient conception that Orwell dreamed up when he had probably never seen a television. Another is Newspeak, a favorite topic of Orwell’s: the abuse of language for political purposes.

But “1984” is a novel, not a work of political theory, and, in the end, it’s probably as literature that people keep reading it. The overt political material—such as “The Theory and Practice of Oligarchical Collectivism,” the (very long) book that the commissar O’Brien gives to Winston and Julia as he lures them into the trap—is likely now skipped by many readers. (The book’s analogue is “The Revolution Betrayed,” Leon Trotsky’s attack on Stalinism, published in 1937, but it is also a parody of “The Managerial Revolution.”)

O’Brien’s interrogation of Winston, though meant to be the climax of the book, and though people still invoke it, is not completely satisfactory. How does O’Brien convince Winston that two plus two equals five? By torturing him. This seems a rather primitive form of brainwashing. In “Darkness at Noon,” which also ends with an interrogation, the victim, Rubashov, though he is worn down physically first, is defeated intellectually. (Both novelists were attempting to understand how, in the Moscow Trials, Stalin’s purge of the Old Bolsheviks, between 1936 and 1938, the defendants, apparently of their own free will, admitted to the most absurd charges against them, knowing that they would be promptly shot. After Stalin’s death, it turned out that those defendants had, in fact, been tortured. So Orwell was right about that.)

But who can forget this moment: “ ‘You are the dead,’ said an iron voice behind them”? Orwell created a story that had suspense and had characters whom readers identify with.

When the book came out, some people assumed that the character they were meant to identify with (with horror) was O’Brien. That’s probably what Orwell had in mind, too. O’Brien was the type he wanted to warn people against: the intellectual who becomes sadistically fascinated by power. The O’Brien figure corresponded to a popular understanding of the lure of totalitarianism at the time: that it tapped into some dark corner of the human psyche. “There is a Hitler, a Stalin in every breast,” as Arthur Schlesinger, Jr., put it in his liberal manifesto, “The Vital Center,” which was published the same year as “1984.

Much later, Schlesinger changed his mind and rejected what he called Orwell’s “mystical theory of totalitarianism.” For we are not all O’Briens, waiting for the chance to torture the Winstons of the world. We are more likely all Winstons, knowing that something is wrong, that we are losing control of our lives, but also knowing that we are powerless to resist.

A trivial example is when we click “I Agree” on the banner explaining our app’s new privacy policy. We did not know what the old privacy policy was; we feel fairly certain that, if we read the new one, we would not understand what has changed or what we are giving away. We suspect everyone else just clicks the box. So we click the box and dream of a world in which there are no boxes to click. A non-trivial example is when your electoral process is corrupted by a foreign power and your government talks about charging the people who tried to investigate this interference with treason. That’s Orwellian. And it’s no longer a prophecy. It’s a headline.

  • Louis Menand has been a staff writer at The New Yorker since 2001. He was awarded the National Humanities Medal in 2016.

 

 

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