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La presión de Uruguay aconseja un Mercosur 2

Uruguay asegura que no va a dar marcha atrás en su deseo de establecer acuerdos de libre comercio con otros países –China y Reino Unido están en cartera–, a pesar de la negativa expresada por Argentina, de orientación más proteccionista, a consensuar nuevos acuerdos en el seno de Mercosur, el Mercado Común del Sur del que además participan Brasil y Paraguay. La reciente celebración de los 30 años de la constitución de Mercosur ha marcado el choque entre Montevideo y Buenos Aires. Esto podría llevar a la reformulación de la agrupación de los cuatro países, que desde su creación en 1991 ha puesto en evidencia tanto el acierto de una mayor integración de los vecinos de la cuenta del Plata como el problema de sus diferentes dinámicas sobre comercio.

«El mundo va muy rápido, se está entrelazando comercialmente, y Uruguay va para allá. Ojalá vayamos todos juntos», dijo el presidente uruguayo, Luis Lacalle Pou, en la cumbre de Mercosur de julio contestando a la advertencia de presidente argentino, Alberto Fernández, de que los países del grupo no pueden establecer acuerdos bilaterales de libre comercio con terceros si no lo aprueban también los otros tres socios. «El consenso es la columna vertebral constitutiva de Mercosur, su ADN, su razón de ser. Es una regla. Y menos debemos olvidar esas reglas en un contexto global de gran incertidumbre», había alegado Fernández.

Ambos mandatarios ya se habían encarado, en un sonado rifirrafe, en la anterior reunión de Mercosur, en el mes de marzo. El presidente uruguayo había afirmado que Mercosur no podía ser un «lastre» para el desarrollo de los países que lo forman, a lo que el argentino, malhumorado, invitó a los uruguayos a «tomar otro barco» si consideran que Argentina es un lastre.

Resolución motivo de discordia

La batalla está centrada en la «resolución número 32/00», aprobada por el Consejo de Mercosur en 2000. Su primer punto expresa «el compromiso de los Estados parte del Mercosur de negociar en forma conjunta acuerdos de naturaleza comercial con terceros países o agrupaciones de países extrazona en los cuales se otorguen preferencias arancelarias».

Uruguay ha venido cuestionando desde 2006 la obligación de esa resolución, ya que se adoptó en el marco de un «relanzamiento» de Mercosur, pensado para avanzar en una política comercial común, que luego no llegó a ejecutarse. Un informe del Gobierno uruguayo de 2017 indica que se trata de una resolución «meramente declarativa» que «no está en vigor, ya que nunca fue internalizada». Para que la norma obligara, según los uruguayos, debía haberse aprobado por el Parlamento, ya que supone una limitación de la soberanía nacional. Como destaca Montevideo, Mercosur no es una unión aduanera (no ha llegado a ese estadio) que exija una negociación en bloque.

El problema se ha suscitado con los cambios ideológicos producidos los últimos años en Argentina y Brasil. El largo gobierno del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva y Dilma Rousseff en Brasil y de los Kirchner en Argentina puso al mismo paso a los dos países, que adormecieron la vertiente económica de Mercosur para aunar intereses políticos, abriendo el grupo a las candidaturas de adhesión de la Venezuela de Chávez y la Bolivia de Morales. El cambio ideológico en Brasil con Temer y Bolsonaro y en Argentina con Macri significó una nueva atención a los fines económicos de Mercosur y alentó a la mayor apertura al comercio internacional siempre propiciada por Uruguay, independientemente del color de su Gobierno (Paraguay no es tan abierto, pero es menos proteccionista que Brasil y Argentina).

La caída de Macri dejó solos a Brasil y Uruguay reclamando el avance en las negociaciones de libre comercio de Mercosur con nuevos países (Corea del Sur, Singapur, Líbano, Canadá e India, entre otros), frente a un Alberto Fernández que pedía una pausa (1) alegando la emergencia por Covid-19 y aplazaba la ratificación del acuerdo Mercosur-UE. La grave crisis ha acabado restando iniciativa a Bolsonaro, ahora más «estatalista» a medida que se acercan las elecciones de 2022, y propiamente solo resta Uruguay en el deseo de mayor conectividad comercial con el resto del mundo (en un marco de progresivo «desacople» (2) económico de sus dos grandes vecinos).

Mercosur 2

La cuestión es que Mercosur tiene tanto sentido que las diferencias entre sus integrantes, manifestadas en sus treinta años de vida, no han logrado romper la asociación. También hay que tener en cuenta que el enorme peso de Brasil y el tamaño también grande de Argentina suponen un disfuncional desequilibrio respecto a Uruguay y Paraguay (Alemania y Francia pesan menos en el conjunto de la UE, por ejemplo), lo que no facilita la integración.

Los cuatro países debieran aclarar qué son y a qué aspiran. De momento siguen en el primer estadio de un proceso de integración económica (área de preferencia aduanera), sin haber consumado del todo el siguiente (zona de libre comercio), al mantenerse aún ciertos aranceles aduaneros entre los socios, y habiendo avanzado poco en la etapa de unión aduanera. El objetivo parece haberse quedado más bien en una unión aduanera imperfecta, en lugar del mercado común final que al principio se soñó como meta y se tomó por nombre.

Porque si el objetivo es en realidad algo intermedio, ¿para qué obligar a Uruguay a cortar sus alas comerciales, si quiere llegar a acuerdos bilaterales con terceros? Pero si el objetivo va más allá, ¿tiene sentido la entrada de una economía tan dispar como la venezolana? (La adhesión de Venezuela está en suspenso por abusos de los derechos humanos).

En un contexto de fuerzas que, por un lado, plantean una confluencia de Mercosur con otras organizaciones regionales, como la Alianza del Pacífico, y que, por otro, hablan de la revalorización que el Covid-19 ha aportado a las cadenas de valor subregionales, Mercosur se halla ante la conveniencia, si no de una refundación, sí de una reformulación.

 

 

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