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La represión castrista no ha cambiado, los tiempos sí

Gracias a internet y las redes sociales, el mundo está conociendo la verdadera cara de la dictadura castrista

Me inicié en la oposición a finales de los ochentas, cuando a raíz del derrumbe del campo socialista un grupo de mujeres del Frente Femenino Humanitario Cubano, acompañadas por otros opositores, entregamos una carta en el Consejo de Estado en la cual demandábamos a Fidel Castro libertad de expresión, elecciones libres y otros cambios políticos encaminados a democratizar el país.

A la salida nos fue rodeando una muchedumbre de represores de ambos sexos vestidos de civil. Salían de los ministerios aledaños a la plaza. Comenzaron a empujarnos y golpearnos. A algunos nos llevaron presos ese día, y al resto, en los días posteriores. No teníamos experiencia en las tácticas represivas de la dictadura y no habíamos tomado la precaución de convocar a la prensa internacional, con lo cual los represores tuvieron entera libertad para vapulearnos y golpearnos a su antojo.

Así empezamos a conocer el vasto arsenal de represión de la dictadura castrista. Vejaciones, intimidación, y las más inverosímiles formas de castigo de las que un régimen totalitario es capaz: eso les espera en Cuba a quienes desafían al gobierno. Nos hacen registros arbitrarios, donde nos despojan de cuanta pertenencia se les antoja. Amenazan a nuestros hijos y familiares, y a nosotros con hacerles daño a nuestros hijos y familiares. Arrojan piedras, excremento y ácido a nuestras casas. Matan a nuestras mascotas y rompen nuestras cerraduras. Pintan carteles ofensivos y denigrantes en nuestras fachadas. Ponen agentes a vigilarnos para impedir que salgamos o que entren visitas. Para esto también emplean a ancianos –ex milicianos y miembros del PCC– mediante engaños (por ejemplo, que escondemos delincuentes).

A veces por la calle nos tiran encima motocicletas, carros y hasta camiones. También nos montan a la fuerza en automóviles y nos dejan en zonas apartadas del tráfico y la ciudad, sin dinero y sin carnet de identidad, y generalmente de madrugada. Nos arrestan sin motivo y nos encierran con agentes entrenados en artes marciales, que hacen pasar por presos para que nos golpeen. Así perdí varios dientes en la 10ª Estación de Policía de la avenida de Acosta, en el reparto La Víbora, municipio Diez de Octubre. En una ocasión en que nos encarcelaron a mi esposo y a mí en esa unidad, a mi hija le decían que no estábamos allí, y a nosotros nos decían que nadie nos había ido a ver.

Al principio los vecinos nos rehuían porque tenían miedo de las represalias gubernamentales por relacionarse con disidentes, opositores, o como más comúnmente nos llama el pueblo, activistas de los derechos humanos. Algunos amigos y familiares también se apartaron de nosotros por miedo a perder sus trabajos o algo peor.

Entonces, como ahora, nos difamaron mediante videos en los que nos hicieron parecer delincuentes, personas vulgares y de baja catadura moral (contrarrevolucionarios, lumpen, gusanos, escoria), traficantes de drogas o personas, agentes asalariados del imperialismo que disfrutábamos de prebendas y una vida holgada, cuando en realidad no teníamos de qué vivir, porque en Cuba la primera acción de represión del gobierno contra los opositores es expulsarnos de nuestros empleos, como también frecuentemente a nuestros familiares.

Hace tres décadas, el único medio de prensa con que contábamos para denunciar las violaciones de derechos humanos cometidas por la dictadura y la represión contra nosotros y el resto del pueblo era Radio Martí. Pocos teníamos teléfono, que era nuestra única vía para ello, y a causa de estas denuncias nos intervinieron las líneas y nos cortaban el servicio durante meses, a veces mucho más de un año.

Mientras todo eso pasaba, Fidel Castro cacareaba ante el mundo que en Cuba no se torturaba en las prisiones ni había represión en las calles, y tenía a sus agentes bien entrenados para no golpear frente a las cámaras. La dictadura castrista torturaba y tortura. La diferencia es que en la era de internet ya no es tan fácil mantener oculta la represión. Hoy en día el pueblo dispone de herramientas como los móviles y las redes sociales, que cada vez dificultan más al régimen maltratarnos sin que el mundo se entere.

Secuestros, desapariciones, muertes en circunstancias inciertas, golpizas, vigilancia, encierros domiciliarios, intimidación, amenazas, desfiguración de rostro, difamación, actos de repudio, ataques, despidos injustificados, registros arbitrarios, violación de domicilio, juicios amañados, videos trucados: los métodos de represión de la dictadura castrista no han cambiado. Pero los tiempos sí.

 

 

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